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Cultura

Deportes canadienses: osadía pura

El coraje a la hora de enfrentar sus miedos y límites ha caracterizado a los deportistas del país. Así lo cuenta Nicolás Samper.

Nicolás Samper C*.
2 de julio de 2017

El parabrisas estaba cubierto por una pátina blanca, una nata que hacía invisible cualquier objeto animado o inanimado que se ubicara a centímetros del timón. Las llantas patinaban y era difícil mantener estable el automóvil que, jabonoso, se deslizaba por la vía como un toro mecánico. Entonces Gilles Villeneuve entendió que el miedo no podía ser su copiloto y empezó a aprender a conducir con destreza a partir de esas condiciones climáticas tan desfavorables de Quebec y eso lo convirtió en leyenda a pesar de nunca haber ganado la Fórmula 1.

La curva de Terlamenbaucht en el premio de Bélgica y una maniobra frustrada de sobrepaso en las pruebas previas lo traicionó. Aunque se fue esa tarde del 8 de mayo de 1982 cuando trataba de ganar un segundo más en el circuito de Zolder –justo el día que su hija hacía la primera comunión–Gilles Villeneuve se hizo inmortal porque nadie nunca había tenido tanto arrojo hasta ese día en la F1.

Ese ha sido el sendero por el que ha transitado históricamente el deporte de Canadá: el de la valentía. La misma que tuvieron varios estudiantes de la Universidad de McGill cuando se sentaron a diseñar en soledad y con fuego sagrado en su pecho un reglamento para ordenar el hockey sobre hielo y establecerlo como un deporte que hoy suma a más de 30 países que lo practican y que mueve millones de dólares cada año.

Esa determinación de su raza ha sido capaz no solamente de gestar deportes propios como el hockey o el lacrosse, también les dio aire en los pulmones para hacer los Juegos Olímpicos de 1976 en Montreal, en un momento crítico para el mundo después de la tragedia ocurrida en Munich 72 con la delegación de Israel, y dos ediciones de invierno en Calgary (1988) y Vancouver (2010). Fue en ese inolvidable 1976 que el mundo volcó sus ojos sobre Canadá por cuenta de una niña rumana llamada Nadia Comanecci, capaz de enloquecer los tableros electrónicos Omega de calificación con su rutina perfecta de gimnasia. El 10 no cabía en aquellos marcadores electrónicos porque nadie nunca había sobrepasado el 9,99 como puntuación máxima.

Las proezas individuales no se detienen: basta pensar en Terry Fox, basquetbolista de corazón que tuvo que superarse a sí mismo cuando el cáncer le cercenó una pierna. No se quedó lamentándose, sino que decidió hacer la maratón de la esperanza armado simplemente con sus ganas y la prótesis que le instalaron para que pudiera caminar. En esas condiciones recorrió 5.373 kilómetros y su esfuerzo lo transformó en ícono mundial de la lucha frente a la adversidad.

El deporte en Canadá es osadía pura: desde Wayne Gretzky, leyenda del hockey sobre hielo, hasta Christine Sinclair, capaz de hacer valer el fútbol femenino de su nación con dos medallas de bronce. Incluso en una categoría en donde Canadá no es tan fuerte como el fútbol masculino –solamente fueron a un Mundial, el de México 86– hay casos como el de Johnatan de Guzmán y Atiba Hutchinson que vuelven a demostrar que todo es una cuestión de desterrar los miedos propios.

Que lo diga Jacques Villeneuve, hijo de Gilles y que tuvo que enfrentarse cada vez que se subía al habitáculo de su carro al accidente mortal de su padre en Zolder. Su arrojo hizo que el miedo se quedara por fuera de su mente y así honró la memoria de su papá ganando el campeonato de Fórmula 1 en 1997.

*Periodista deportivo de RCN Radio.