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| 7/27/2019 12:00:00 AM

El insólito juicio contra el gallo Maurice en el suroeste francés

Esta es la historia de un animal que cacarea todas las mañanas cuando recibe el día y de unos vecinos inconformes con su “ruido”. También es la historia de un proceso que divide a la Francia urbana y a la rural.

El juicio contra el gallo Maurice en el suroeste francés Margarita Rojas, directora de información internacional de Caracol Televisión.

Es mucho más que una disputa judicial insólita. La demanda contra el gallo Maurice y su propietaria, Corinne Fesseau, que hace curso en un tribunal de Roquefort, en el suroeste francés, es considerado como un pulso de principios y derechos entre la nación rural y urbana. Los cantos tempraneros del animal molestan a una pareja de vecinos jubilados que van dos semanas del año a su casa de veraneo en la isla de Oleron.

Por eso la comparecencia de Corinne ante el juzgado a comienzos de julio se convirtió en un pintoresco cruce de argumentos. Maurice, esperado por todos, no asistió. La dueña aseguró que estaba cansado. Pero acudieron en su apoyo Pompadour y Jean-René, un pollito y un inmenso gallo. Su criadora explicó que teme que el veredicto siente jurisprudencia. Es decir, que más temprano que tarde afecte también el destino y el cacareo de sus aves de corral.

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Los demandantes, que llevan dos años trenzados en un conflicto de cartas quejosas para que la vecina encierre el gallo en las noches –y puedan estar tranquilos hasta las ocho y media de la mañana–, tampoco fueron a la audiencia, quizá abrumados por el alcance mediático que ha tomado la querella. El abogado insiste en que se trata de un caso simple de “perjuicio sonoro” y alega que la urbanización está en una zona residencial en el pueblo, no en el campo.

Corinne, que lleva 35 años viviendo en Saint Pierre de Oleron, asegura que el gallo tiene derecho a cantar y, más aún, que el campo tiene derecho a sus ruidos. El alcalde cerró filas en su favor y se pregunta si, a medida que aumentan los citadinos con sensibilidad auditiva, reclamarán también por el ruido de las gaviotas o, incluso, por el acento local y el volumen al hablar.

Los reclamantes intentan quitarle al asunto las proporciones que adoptó y mostrarlo como cualquier demanda por exceso de ruido de pitos o por una fiesta bullosa, como aquellas que son nuestro pan de cada día. Pero en un país que tiene en sus cimientos el debate entre los derechos y los deberes las líneas son más delgadas.

El alcalde de Gajac, otra localidad del suroeste francés, le pidió al gobierno que los sonidos del mundo rural sean declarados patrimonio nacional. Suena exagerado, pero no lo es tanto, pues existen otros antecedentes singulares. El año pasado en un pueblo de la región de Doubs los propietarios de una residencia estudiantil se quejaron por el tañir de las campanas a las siete de la mañana y en Perigord una pareja tuvo que tapar un estanque tras una demanda por el ruido de las ranas. El gallo, que desde la antigüedad ha sido un emblema potente de los galos; que los ha acompañado en monedas, escudos, óleos y grabados, recupera su relevancia simbólica por cuenta de Maurice. La justicia debe pronunciarse pronto sobre su derecho a despertarse y cantarle al día, a la hora que le marque su instinto natural. Eso, para muchos, es prenda de garantía de la supervivencia de la campiña francesa.

*Directora de información Internacional de Caracol Televisión.

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