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Biotecnología, la clave para tener cultivos más sostenibles

La incorporación de la tecnología en los procesos biológicos toma cada vez más fuerza en Colombia. Además de beneficiar a los productores y al medioambiente, la biotecnología moderna es una herramienta útil para combatir la inseguridad alimentaria. Aquí le explicamos por qué.


Hace 15 años se sembró por primera vez una semilla transgénica para ser comercializada en Colombia. Los resultados durante este tiempo en cuanto a beneficios socioeconómicos y a la reducción del impacto ambiental de estos cultivos han sido muy positivos. Por ejemplo, los agricultores han tenido un aumento de ingresos de 301.7 millones de dólares. Esto demuestra las bondades del uso de estas semillas pues, entre otras cosas, gracias a ellas hoy somos capaces de producir alimentos y fibras de una forma sostenible, rentable y competitiva.

Sin embargo, el mejoramiento de organismos vivos ha generado un profundo debate ético en el mundo. Ante este temor, varios especialistas se han pronunciado al respecto. Algunos de ellos, como el académico Moisés Wasserman, exrector de la Universidad Nacional y miembro de la Misión de Sabios, recuerdan que cada nuevo avance en este campo se produce bajo un estricto sistema de regulaciones. Nada se deja al azar. Y cabe recordar que la biotecnología ha facilitado un conocimiento sin precedentes sobre cómo funcionan los seres vivos.

Uno de los resultados de incorporar la ciencia a los procesos biológicos son los alimentos derivados de cultivos transgénicos, que cada vez cobran más fuerza en Colombia. Cerca del 90 por ciento del algodón y el 45 por ciento del maíz que se cultiva en el país son genéticamente modificados. Entre 2003 y 2018 se han sembrado 1,07 millones de hectáreas de estos cultivos.

El estudio ‘Uso de los cultivos genéticamente modificados en Colombia: beneficios económicos y ambientales en el campo’, de Graham Brookes, que comprende el periodo de 15 años de los transgénicos en Colombia, señala las ventajas de estos cultivos. Según la investigación, los primeros en beneficiarse son los agricultores, pues el retorno de inversión es mayor que el de los cultivos convencionales: por cada dólar invertido de semilla transgénica de algodón y de maíz, los productores han recibido 3,09 y 5,9 dólares, respectivamente.

Los beneficios también se ven en la reducción del uso de plaguicidas. En los cultivos de algodón transgénico se usa un 27 por ciento menos de insecticidas y en el caso del maíz esta cifra es del 65 por ciento. La utilización de herbicidas también disminuyó entre 5 y 22 por ciento, respectivamente. Con estas reducciones se logra un ahorro de 3,28 millones de litros de combustible, que equivalen a 5.410 vehículos menos por año. Se estima que, en total, los cultivos tuvieron una disminución del 26 por ciento en el impacto ambiental en comparación con los cultivos convencionales.

Aunque algunos anhelan regresar a las técnicas agrícolas milenarias, Wasserman advierte que “el conocimiento ancestral puede dar algunos indicios que conviene profundizar con instrumentos modernos. Pero una de las características de esas técnicas es que son de muy baja eficiencia y productividad. En un mundo con algunos cientos de millones de habitantes funcionaban. A principios del siglo XX un campesino alimentaba ocho personas, hoy alimenta unas 300”.

En conclusión, la evidencia demuestra que durante estos 15 años de adopción de los cultivos transgénicos en el país -en comparación con los cultivos convencionales- se ha generado mayor rentabilidad y productividad, y se ha reducido el uso de plaguicidas y combustibles, siendo más amigables con el medioambiente. Así mismo, se registraron mayores ingresos en los hogares agrícolas y se han producido más alimentos con menos recursos.

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