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| 7/4/2004 12:00:00 AM

Adiós a Lenin

Un hijo hace lo que puede, en el Berlín de 1990, para que su madre enferma no reciba una terrible noticia. ***1/2

Adiós a Lenin, Sección Cultura, edición 1157, Jul  4 2004 La ferviente socialista Christiane Kerner (Kathrin Sass) despierta, después de pasar nueve meses en estado de coma, en el Berlín de 1990: no sospecha que ya ni siquiera se encuentra dividido por un muro.
Título original: Good Bye, Lenin!
Año de producción: 2003.
Alemania.
Dirección: Wolfgang Becker.
Actores: Daniel Brühl, Kathrin Sass, Chulpan Khamatova, Maria Simon, Florian Lukas, Alexander Beyer, Burghard Klaussner.

Un hijo persigue el buen morir de su madre: así podría resumirse, en la pequeña columna de la izquierda, la historia de la estupenda Adiós a Lenin. No, no habría espacio para explicar que sucede entre 1989 y 1990 en el apartamento de la familia Kerner, en un Berlín Oriental del que poco sabíamos hasta el momento, cuando es demolido el muro que dividía la ciudad en dos y el increíble equipo de fútbol de la Alemania unificada trata de llevarse la Copa del Mundo de Italia. Habría que decir, en cualquier caso, que se trata de una comedia conmovedora, de una película necesaria, de una historia de amor que nos deja llenos de preguntas. Sí, su final se enreda más de la cuenta -no se resiste, igual que tantas obras memorables, a usar todas sus ideas-, pero, como el drama jamás pierde sentido, como sus personajes consiguen ponernos de su lado y nos son sugeridos ciertos misterios en el largo proceso de la resolución, no es eso lo que pensamos en la puerta de salida de la sala.

Pensamos que la situación de la ferviente socialista Christiane Kerner, que sufre un infarto cuando ve a su hijo Alex en una marcha de protesta contra el gobierno, se parece muchísimo a la del viejo Rip van Winkle del cuento de Washington Irving: como el Van Winkle de finales del siglo XIX, que despierta después de un sueño de 20 años en unos Estados Unidos que ya no le pertenecen al rey de Inglaterra, la señora Kerner sale de un estado de coma que dura nueve meses simbólicos en ese Berlín que para bien o para mal también se ha quedado sin dueños. Un giro en el argumento, sin embargo, convierte a Adiós a Lenin en un relato irrepetible: el hijo, a medio camino entre la culpa que carga desde la revuelta y el respeto que le producen esas ideas que dividieron en dos al mundo por un tiempo, se dedica de lleno a simularle a su madre una realidad en la que el socialismo sigue siendo la forma ideal de vivir en sociedad, consciente de que una mala noticia, como la de la caída del muro, puede vencer la resistencia de aquel corazón débil.

Sí, Alex está convencido de que lo mejor que puede hacer es negarle la verdad a su mamá. Pero ni su hermana sin suerte, ni su cuñado torpe, ni su novia angelical parecen estar de acuerdo del todo con aquella hipótesis. Al director del largometraje, el realizador alemán Wolfgang Becker, no le interesa determinar quién tiene la razón: quiere decirnos, acaso, que ponemos en escena familias, sociedades y sistemas políticos para que no se nos escape el mundo; busca hacernos caer en cuenta de que solemos recobrar la humanidad, librar la mente de teorías y ponerlo todo en perspectiva ante el fantasma de la muerte; pretende recordarnos que cualquier narración que nos encontremos -y es aquí, por supuesto, en donde su magnífico elenco no lo deja solo- en el fondo cuenta nuestro conmovedor intento de ponernos en contacto con los otros.

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