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| 10/6/2007 12:00:00 AM

Adiós al maestro

El arquitecto Rogelio Salmona dejó para la posteridad una obra sólida que adquiere más valor e importancia con el paso de los años.

Adiós al maestro, Sección Cultura, edición 1327, Oct  6 2007 Salmona en un Salmona con vista a Salmona. Su estudio, ubicado en el último piso del edificio de la Sociedad Colombiana de Arquitectos, diseñado por él, tiene una vista privilegiada sobre las Torres del Parque, una de sus grandes obras maestras
La muerte del arquitecto Rogelio Salmona marca el final de su vida, pero también consolida un mito que se comenzó a edificar en Bogotá a partir de los años 70. Lo anterior se basa en una premisa: la buena arquitectura es como los vinos. Mejora a medida que envejece y sólo la arquitectura que trasciende en el tiempo es la que se vuelve indispensable. Esto es lo que ha caracterizado buena parte de la obra de Rogelio Salmona, quien falleció el pasado miércoles 2 de octubre a los 79 años de edad.

Fue un arquitecto que en más de una ocasión nadó contra la corriente del facilismo. El diseño y la construcción de las Torres del Parque, en Bogotá, su obra maestra, generaron toda clase de controversias porque en su momento se consideraba impensable que un proyecto masivo destinado a las clases medias fuera más allá de la premisa de “suplir las necesidades básicas” (la norma suprema de la utopía modernista) y también pensara en el goce estético de sus habitantes y sus vecinos, en el respeto por el espacio público circundante. Una obra maestra que respeta no sólo la topografía, sino también los valores culturales de la ciudad. Porque, como decía él mismo, “la arquitectura es ese punto donde se une la geografía con la historia”.

En su obra confluyen dos influencias antagónicas. Por un lado, el racionalismo extremo de Le Corbusier, y por el otro la arquitectura orgánica de Frank Lloyd Wright, lo que dio lugar a la aparición en Bogotá, a finales de los años 50, de la llamada “arquitectura de lugar”, a la que se apegaron no sólo sus contemporáneos Fernando Martínez, Enrique Triana y Guillermo Bermúdez, sino exponentes destacados de al menos dos generaciones posteriores de arquitectos que se han encargado de comprobar la vigencia de sus postulados.

Ahora les corresponde a quienes administran las ciudades defender con decisión este legado. Sus edificios no deben sucumbir ante el apetito voraz inmobiliario que ya se llevó por delante decenas de edificios de Fernando Martínez, Leopoldo Rother y otros maestros de la escuela moderna nacional. El mejor homenaje que se le puede rendir a Salmona es defender estos grandes ejemplos de la edad de oro de la arquitectura moderna en Colombia y hacer de la arquitectura un oficio más cercano al arte y al interés público que a los intereses monetarios.

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