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| 7/2/2001 12:00:00 AM

Ahora que ha vuelto la memoria

Dos relatos que reflexionan sobre la importancia de la memoria cultural.

Ahora que ha vuelto la memoria Ahora que ha vuelto la memoria
Bernardo Atxaga
Dos Letters y Cuando una serpiente
Ediciones B, 2000
126 paginas

Cuando en los años 60 se hablaba de la muerte de la novela —un tópico que reaparece cada cierto tiempo—, surgió con toda su vitalidad la nueva novela latinoamericana y le mostró al mundo que se trataba de un entierro prematuro. La narración aún tenía infinitas posibilidades.

Todos se deslumbraron: los escritores franceses que languidecían con los insípidos experimentos del noveau roman, los norteamericanos que no habían sabido leer al maestro William Faulkner, también los italianos, los ingleses; incluso hasta los árabes que creían perdida para siempre en el vértigo del presente su rica tradición de Las mil y una noches.

Y el descubrimiento de los latinoamericanos no era nada extraordinario: sólo supieron ver el mestizaje que bullía bajo el pálido barniz de nuestras sociedades falsamente modernas. Las inmensas posibilidades que le podían proporcionar al arte de contar todos esos mitos de negros e indígenas que no habían muerto, que yacían bajo el rostro multiforme del sincretismo. García Márquez y la decisiva influencia de su abuela guajira, y hacia atrás, los precursores, Juan Rulfo y la visión de la muerte de los códices náhuatl, las metamorfosis y el animismo de los negros haitianos en El reino de este mundo de Alejo Carpentier, Asturias y la cosmogonía maya.

¿Qué le puede aportar la tradición al género más reciente y en perpetua renovación como el novelístico? Una noción más amplia de realidad —hay siempre un plano invisible fundamentando el plano visible—, una fe a toda prueba en los indestructibles poderes del relato. Cuando el horizonte se cierra en los estrechos límites de lo individual, el mito le recuerda al artista que la originalidad absoluta es un suicidio, que su obra sólo es trascendente cuando logra ser portadora de los sueños colectivos.

El escritor Bernardo Atxaga pertenece, sin duda, a aquella estirpe de novelistas que, sin caer para nada en el folclorismo, derivan gran parte de su fuerza en la influencia benéfica de la tradición. Una relación que, como lo muestran estos dos excelentes relatos, Dos Letters y Cuando una serpiente, no deja de ser difícil y conflictiva. Y ahora, en la época de la globalización, podría agregarse: dramática.

En Dos Letters un anciano vasco de 80 años ha vivido casi la mitad de su vida en las montañas de Idaho, Estados Unidos. Los lazos con su country Basque son muy frágiles según se infiere de su spanglish y del hecho que el único contacto con su tierra natal sean esporádicas cartas de familiares. Por cierto la parodia del spanglish —o vazconglish si tenemos en cuenta que leemos una traducción del vasco— es uno de los aciertos de este texto. La llegada de dos letters donde le informan de la muerte de dos amigos de su juventud, será la chispa que accione sus recuerdos. Y quien dice recuerdo, dice relato, memoria e identidad: “Así es como me pasó a mí. Tuve una iluminación y todo mi pasado en el pueblo se me vino de golpe a la cabeza”. Old Martín intentará reconstruir la historia de su vida para su nieto Jimmy.

En Cuando una serpiente, Sebastián, un adolescente que ha pasado toda su vida en la ciudad va de vacaciones al pueblo de Obaba —el equivalente de Macondo en la narrativa de Atxaga—. Allí tendrá una relación profunda y ambigua con su abuelo, un campesino capaz de entenderse con los animales y ya en las puertas de la muerte.

Dos narraciones en que unas memorias a punto de extinguirse intentan comunicar algo esencial. En el primer caso una experiencia desoladora; en el segundo, una plenitud. Pero ambas importantes, dignas de conocerse, preferibles al silencio. Porque el silencio y la ausencia de memoria nos pueden llevar a la misma situación de los criminales a quienes, como es sabido, no les gusta contar nada de su vida.

EDICIÓN 1888

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