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| 12/5/1988 12:00:00 AM

ALTA RENSION

Instrumentos arruinados y gargantas rotas por culpa de agudas notas, obligan a tomar medidas legales en Europa.

ALTA RENSION ALTA RENSION
Se trata de una amenaza de muerte para la música. Los cantantes están arruinando cada vez más a temprana edad sus voces y los precíosos e irremplazables instrumentos de la escuela de Cremona (Stradivarius, Amati, Guarneruis del Gesu), corren un alto riesgo de destrucción por la desenfrenada carrera hacia la conquista de sonoridades sobreagudas, que los directores de orquesta están imponiendo a los intérpretes para darle mayor brillo a sus ejecuciones.
La guerra del diapasón, en verdad, no es nueva. Ya el compositor Giuseppe Verdi, preocupado por tan incontrolada carrera, desató una protesta que llevó a fijar en Viena un acuerdo firmado por varios países, para que el diapasón fuese de 435 hertzios, mientras Napoleón III reunía en París -en 1859- una comisión internacional presidida por el compositor Halevy, para apoyar la exigencia de Verdi. Pero la decisión adoptada nunca fue totalmente respetada. Por el contrario, fueron los abusos que se cometieron los que motivaron que este siglo en Londres, en 1939, se definiera de nuevo el diapasón en 440 hertzios. Pero los directores siguieron imponiendo arbitrariamente sus criteríos y el asunto empezó a tomar caríz político cuando en fecha recíente dos senadores italianos, presionados por un movimiento musical europeo, pasaron al Parlamento en Roma un proyecto de ley -que en la actualidad se estudía-, para que el díapasón reconocido sea de 435 hertzios a fin de normalizar la entonación de base de los instrumentos musicales. La jornada tuvo tal resonancia, que cantante como Luciano Pavarotti y Plácido Domingo, y violinistas como Salvatore Accardo, luchan ahora para que la ley no sólo sea aprobada en Italía, sí no que el Parlamento europeo se manifieste al respecto.
El sonido y sus misterios es asunto que ha ocupado la atención de la humanidad desde la más remota antiguedad. Aristoteles definía el sonido como el producto de un cuerpo en vibración. Pitágoras, que su altura se medía en forma matemática. Pero fue el físico alemán Heinrich Hertz quien dio su nombre a la unidad de frecuencia moderna y el diapasón que hoy reclaman los luthiers de Cremona -y miles de musicos europeos- para "salvar" cantantes e instrumentos, es el de 432 hertzios. O sea, 432 vibraciones por segundo.
El problema que hoy víven ínstrumentos, construídos en los síglos XVII y XVIII para alcanzar sonoridades que sobrepasen los 440 hertzíos, es que la excesíva tensíón a que son sometidas las cuerdas va más allá del límite de resistencia de las barras de armonía, y está resquebrajando de manera irreparable la madera, inutilizándolos en forma definitiva. Los cantantes, por su parte, se enfrentan cada día con mayor frecuencía al rompimiento de cuerdas vocales, ante la exigencia de alcanzar registros sobreagudos que superan sus propias capacidades naturales.
Por razones acusticas complejas, la nota sobre la cual se afinan las orquestas es el "la", sexta de la escala diatónica sin alteraciones a partir del "do". Pero según se ha comprobado, al subir ciertos hertzios por encima del diapasón de base, para alcanzar el registro sobreagudo, el ser humano experimenta sensaciones casi histéricas, sobre todo cuando van acompañadas de un volumen agresivo. Y esto no compete en forma exclusiva a los intérpretes de la llamada música clásica. Afecta por igual a cantantes y ejecutantes del jazz y sobre todo del rock, quíenes están sometidos a las exigencias del público, que cada día espera más sonoridades exageradamente altas.Pero estas acrobacias vocales y malabarismos instrumentales están llevando a una carrera suicida a los intérpretes, que quizás pronto vean un límite, ya que grandes cantantes e instrumentistas se están negando a actuar con directores que hagan exigencias que arruinen sus instrumentos. Sin embargo, la polémica continúa y tal parece que políticos y legisladores tendrán que meter mano en el asunto, si no quieren desentonar.
María Teresa del Castillo

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