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| 9/24/2001 12:00:00 AM

Apartes del Capítulo I. La invitación. Del libro

Apartes del  Capítulo I. La invitación.  Del libro Apartes del Capítulo I. La invitación. Del libro
Fue especialmente difícil quedarme callada en esos almuerzos de cinco horas luego de mi visita al Hispanic AIDS Forum en Jackson Heights, Queens, en 1991.

Estaba allí para ver a la directora, quien iba a explicarme el patrón de transmisión del sida en la comunidad latina de Nueva York. Miguelina Maldonado hizo girar su silla y tomó una carpeta de plástico negro con el sello de la ciudad de Nueva York. Abrió el informe y, en voz alta, recitó la lista de categorías indicadas como de alto riesgo: homosexuales, MSM, IVDU y transfusiones de sangre. Sabía que la sigla IVDU correspondía a los adictos a las drogas intravenosas, pero tuve que preguntarle qué significaba MSM.

—Oh, ya sabe, m'hija. M-S-M—dijo con fuerte acento puertorriqueño—se aplica a los hombres que mantienen relaciones sexuales con otros hombres.*

—¿Hombres que tienen sexo con otros hombres?

—Ajá.

—¿Eso no se consideraría transmisión homosexual?

Negó con la cabeza y sonrió burlonamente, satisfecha de conocer algo que yo—otra latina—desconocía.

—¿Bisexual?—aventuré.

—No. Simplemente hombres que ocasionalmente tienen relaciones sexuales con hombres. No son homosexuales ni bisexuales.

—Ah, por supuesto—dije.

Por supuesto.

Siendo latinoamericana, apenas escuché esas palabras entendí de qué estaba hablando. Infinidad de bromas y comentarios volvieron a mi memoria: es un macho, se tiró a otro hombre; marica es el que lo da. Cosas que sin querer había escuchado decir a los muchachos se habían institucionalizado de repente y eran ahora porcentajes en un estudio sobre el sida. Miguelina y yo habíamos empezado a hablar del sida y de los hombres que tienen relaciones sexuales con otros hombres en el lenguaje esterilizado de

*Las siglas IVDU—Intra Venous Drug User—y MSM—Men who have Sex with other Men—se mantienen en inglés por no tener equivalentes en idioma castellano. (N. de la T) una estudiante de posgrado y una directora de agencia social financiada por el Estado. Después de mi segunda taza de café dejamos de lado las formalidades. Estaba alarmada. Coincidimos en cuanto a que, en la cultura latinoamericana, dos hombres pueden mantener relaciones sexuales y uno de ellos—el activo—estar convencido de que no ha tenido un contacto homosexual. Conversamos durante horas hasta dar con una suerte de explicación barroca: la combinación de virilidad, homofobia e influencia religiosa podía llevar a nuestros hombres al punto de autoconvencerse de que dos hombres podían mantener relaciones sexuales sin participar por eso en un acto homosexual. Pero lo que en realidad nos parecía más perturbador era lo que este comportamiento sexual implicaba para las mujeres, quienes estaban o podían estar en pareja con hombres que tenían relaciones sexuales con otros hombres, con la presencia del sida en el panorama.

—En este grupo—prosiguió—el uso de preservativos es menor que en cualquier otro grupo.

Me asaltaron los recuerdos de mi juventud en BarranquIlla: las vueltas en automóvil los viernes por la noche, los travestis que recorrían el adinerado bulevar donde crecí, las conversaciones de los hombres—algunos de mi misma edad—que se referían a otros hombres como machos o maricas, maricones, los que lo dan. Que a uno lo llamaran niña o mujercita era un insulto. Recordé lo que, en opinión de mi madre, significaba ser una niña, sus sugerencias de que me guardara para el matrimonio, y su desaprobación al verme usar esos shorts que me hacían parecer una puta. Pensé en la señora Gaspari, la profesora de religión, que se lo pasaba diciendo que Dios castiga a las niñas que miran sus cuerpos desnudos y yo, convencida de que lo había dicho mirándome directamente a los ojos, pensé ay Dios mío, lo sabe, Él se lo dijo. También pensé en Julieta, Ana María, Lali, Mercedes, Eugenia, mi prima Rosanna: niñas bonitas que se convirtieron en madres sin haber sido otra cosa que hijas mimadas que siempre vivieron de acuerdo con los códigos de nuestros fuertes padres. Teníamos estrictos toques de queda, no nos estaba permitido ir a E1 Gusano, y nos decían que allí sólo iban niñas de mala reputación. Cuando teníamos novios, ellos agregaban sus propias reglas autoritarias a las de nuestros padres: no hablar con otros muchachos, nada de faldas cortas ni de trajes de baño minúsculos y, en caso de que hubiera besos y caricias, jamás mencionarlo. Los chicos respetaban religiosamente nuestros permisos y nos dejaban en casa a la medianoche, ansiosos por encontrarse con sus amigos en E1 Gusano y, a veces, en algún burdel. Allí sentada, en 9ueens, mirando la cantidad de mujeres contagiadas de sida por sus maridos, comprendí lo peligrosa que era la conexión entre nuestra cultura sexual, la Iglesia Católica y el sida, no solamente para mis amigas sino para todas las mujeres latinoamericanas.

Salí de la oficina de Maldonado con las estadísticas y el corazón desbocado. Si se considera que sólo los homosexuales se infectan con el virus del sida, mientras que los hombres que mantienen relaciones sexuales con otros hombres prefieren pensar que lo suyo no es un acto homosexual sino simplemente algo que hacen de vez en cuando, ¿en qué posición quedan sus mujeres? .¿Esas novias que han sido educadas para pensar en su propia sexualidad como un pecado innombrable y esas esposas que mantienen relaciones sexuales cuando se les ordena hacerlo?

Pasé los siguientes seis meses viajando por Sudamérica, entrevistando epidemiólogos, sociólogos, activistas homosexuales, travestis, prostitutas, esposas. Mi temor se vio confirmado cuando leí un estudio del epidemiólogo colombiano Juan Eduardo Céspedes. Según el doctor Céspedes, un ama de casa latinoamericana corre más peligro de contraer el sida que una prostituta.

—¿Por qué?

—Por la bisexualidad oculta de los hombres latinos.

Esa misma semana me dijeron que el ochenta por ciento de las esposas cuyos análisis de VIH habían resultado positivos en el Hospital Simón Bolívar de Bogotá se habían infectado debido a la actividad bisexual de sus maridos. La mayoría de esas mujeres se habían casado vírgenes. Sus esposos eran los únicos hombres con quienes habían hecho el amor.

Le envié mi historia por fax a Tom Schroder, del Miami Herald.

—Caramba—dijo—. Esto es dinamita pura. ¿Estás segura de lo que dices?

—Sí—respondí.

—Bien, vamos a verificarlo con nuestros corresponsales allí mismo. Necesitamos estar completamente seguros, ¿sabes? En América Latina, cuando el Miami Herald dice algo, se convierte en un hecho. La gente lee con suma atención este diario, y estamos a punto de decir que todos los hombres casados mantienen relaciones sexuales con otros hombres y que, además, no creen que eso sea mantener relaciones sexuales con un hombre. Jamás escuché algo parecido.

—Estoy segura, Tom—dije—. Escucha, hay muchas referencias en la literatura. Vargas Llosa lo menciona en La ciudad y los perros.

—Eso es literatura. Esto es afirmarlo. Tengo que tener muchísimo cuidado. Debo estar preparado para responder montones de llamadas y cartas furiosas.

El Miami Herald no recibió cartas ni llamadas telefónicas, lo cual significó para mí que es mejor dejar la tierra sin remover cuando lo que se está por desenterrar podría resultar imposible de negar.

Cuando decidí escribir este libro, sabía que gran parte de mi interés era puramente egoísta. De este modo podría analizar la sarta de preguntas que, como nubes sobre mi cabeza, me han acompañado en mis viajes desde mi pequeño apartamento en Nueva York, pasando por el de Ana María en Bogotá, hasta la casa de mis abuelos en Barranquilla. Mi experiencia no es única. Es la de una mujer blanca—café con leche, en realidad—privilegiada que creció como la princesa de un cuento de hadas y tuvo la oportunidad de respirar un poco del aire que se respiraba fuera de su palacio provinciano. Las mujeres como yo hemos sido acusadas de caer bajo la influencia de los Estados Unidos; suelen decirnos que nuestras ideas son extranjeras e imperialistas respecto a nuestras sociedades, que todo el mundo está contento con las cosas tal como son, que el machismo es un hecho de la vida. "Relájate. Cálmate", me aconsejan todas cuando intento explicarles. "Te estás volviendo demasiado norteamericana. Búscate un marido, cásate." En otras palabras, cásate y cierra la boca. Ellas reconocen que sus maridos pueden ser imposibles, pero vamos, los hombres, m'hija, son hombres, y por mucho que hables no vas a cambiar eso. Lo único que vas a conseguir es espantarlos. Un poquito de astucia femenina, un poquito de resignación, y cada una con su cruz.

Supongo que es más fácil justificar ciertas cosas si una vive entre grandes comodidades y disfruta el estatus de una mujer casada. Para ellas, mi vida podría ser tan misteriosa y extranjera como una película francesa e igualmente poco atractiva. No tienen el menor interés en vivir como yo. Nueva York es grandiosa—con sus teatros, tiendas, restaurantes—, pero por unos días. ¿Quién podría soñar una vida sin sirvientas?

Pero cuando hablo con mujeres a las que no conozco tan bien —mujeres que viven en los tugurios de Río de Janeiro o Sao Paulo, mujeres que pelearon contra la dictadura de Somoza en Nicaragua, jóvenes que se ganan la vida prostituyéndose en Bogotá o Recife, chicas de la calle que huelen pegamento y mendigan dinero en Montevideo, sirvientas de casa de largas trenzas negras y rostros incaicos en Quito—, comprendo que no puedo aceptar esas respuestas y que las nubes de preguntas se vuelven más grandes, más oscuras. Una tormenta de resentimiento se cierne sobre aquellas—incluso amigas mías—que no ven que son víctimas de su propia condición "perfecta".

Mi necesidad de salir corriendo, de escapar de los almuerzos e investigar por qué hay tantos travestis en las principales avenidas de las ciudades latinoamericanas, por qué millones de muchachas y muchachos prefieren abandonar sus casas por la vida en la calle, donde quedan expuestos a las inclemencias del tiempo, la brutalidad, el peligro y la enfermedad, no se debe a que quiera saciar una curiosidad personal aislada sobre prácticas sexuales no tradicionales ni a que mi corazón se desgarre cuando un chiquillo "ocho años y mejillas rosadas me pregunta si puedo darle posada. Se debe a que ahora reconozco la cadena de acontecimientos que llevan a un muchacho de dieciocho años a vender su cuerpo para pagar un cuarto barato donde pasar la noche, aun cuando sepa que es seropositivo. La mayoría de las mujeres podrían pensar que los travestis son criaturas del carnaval y que los muchachos de la calle son desdichados pero también delincuentes potenciales a los que hay que mantener a distancia incluso cuando se les da limosna en la calle; yo los veo como la consecuencia de un conjunto de prácticas y creencias que están más cerca de las alcobas de esas mujeres de lo que ellas mismas creen.

—¿Mis clientes?—dice el chico de dieciocho años sentado en los escalones del Terrazas Pasteur, el centro comercial de Bogotá donde ofrece sus servicios todos los días desde las tres de la tarde—. No puedo responderle con exactitud, porque son muy diferentes. Mis clientes son militares, viejos borrachos, hombres de negocios, tipos casados, obreros de la construcción, incluso hombres ricos que vienen en sus Mercedes Benz.

Los travestis me han explicado cómo trabajan, quiénes son sus clientes, cuántas voces usan preservativos. Los muchachos de la calle me contaron por qué escaparon de sus casas. Las mujeres que se unieron a los movimientos armados de liberación en Cuba, Nicaragua y Brasil confirmaron que los hombres que creían en el Che Guevara también creen que el lugar de la mujer es en las montañas pero haciendo la comida. Los sacerdotes que desafiaron la ortodoxia de su Iglesia y exigieron justicia social no están dispuestos a desafiarla por los derechos reproductivos de las mujeres.

Aquí es donde este libro deja de ser mi propio grito privado y empiezo a verlo como un llamado a todas las mujeres desde México a la Argentina: un llamado a reflexionar, sólo por un segundo, sobre el mundo del comportamiento que resulta cuando los hombres deciden por nosotras y dictan nuestras leyes. A menos que detengamos este proceso, podemos morir a causa de un peligroso aborto autoinducido, podemos descubrir que somos seropositivas habiéndonos acostado con un solo hombre o podemos vernos obligadas a casarnos con nuestros violadores.

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