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| 4/25/2006 12:00:00 AM

¿Arte o blasfemia?

Al dramaturgo cómico Leo Bassi le pusieron una bomba en el camerino en Madrid, que la policia logró desactivar. La Iglesia Católica se fue lanza en ristre contra él. El Partido Popular le quitó la subvención a su obra. Una mujer acabó en el hospital, agredida por comprar una boleta. Y todo por criticar la religión católica en su espectáculo. El caso de las caricaturas de Mahoma se repite, pero al revés.

¿Arte o blasfemia? ¿Arte o blasfemia?
Para el Ayatola Jomeini, en 1989, Salman Rushdie merecía la pena de muerte por haber escrito la novela Los versos satánicos. Cinco años más tarde, el cineasta holandés Theo van Gogh fue brutalmente asesinado tras la exhibición de su documental sobre la violencia contra las mujeres musulmanas. Lo mató, por blasfemo, un musulmán en nombre de Dios. Hace menos de un mes en Madrid se detectó una bomba lista para estallar durante el espectáculo del italiano Leo Bassi, un artista, bufón, provocador y cómico que representaba ante quienes voluntariamente habían pagado su entrada de teatro para ver la obra Revelación, un espectáculo que se había visto sin problemas en Noruega, Francia, Austria, Alemania y otras ciudades españolas.

Revelación es un monólogo en clave de humor que pretende ser un homenaje a la Ilustración, a los grandes pensadores y a Voltaire. “Lo que molesta tanto a ciertas personas es la fuerza con la que defiendo los valores del laicismo. La obra es básicamente una crítica al monoteísmo del Antiguo Testamento que pone en evidencia sus contradicciones peligrosas, omisiones e inconsistencias: el papel de la mujer subordinado al hombre, el miedo al sexo y el misterio del mandamiento ‘No matarás’”, explica el artista. En la obra, Bassi reflexiona y se ríe, por ejemplo, de las multitudes y del espectáculo organizado ante la muerte de Juan Pablo ii. El actor hace también una lectura irónica de pasajes de la Biblia y denuncia el apoyo de la Iglesia Católica a Franco o el ataque a la teología de la liberación.

Actualmente, la policía investiga el caso y busca a los autores de haber puesto medio kilo de pólvora que de haber explotado y según la propia policía, hubiese acabado en tragedia: la hoguera, si sirve el símil, con la que castigaba la Inquisición a los herejes. Días antes, unas doscientas personas del partido político Alternativa Española (aes) se manifestaban contra el espectáculo, una “apología del laicismo”, un show cuya única maldad, según el propio Bassi, es pretender hacer perder la fe al que la tenga. La Revelación acaba con el reparto de solicitudes de apostasía y con la petición al público de que rellenen y envíen los folletos al Vaticano, si ha sido convincente. “Las religiones no tienen el monopolio sobre el proselitismo. Los laicos también tienen derecho a expresar sus opiniones”, señala el bufón. El partido derechista en su página web (www.infonacional.com) rezaba: “Ante la obra blasfema que dirige e interpreta Leo Bassi, en la que ridiculiza e injuria de forma soez a los católicos, que somos la mayoría en la comunidad madrileña, Alternativa Española ha interpuesto una querella criminal contra el autor y organizadores de este espectáculo bochornoso para pedir la retirada y el secuestro de la obra...”. Para reforzar este pensamiento, y antes del incidente de la bomba, sacerdotes católicos repartían citas de la Biblia en defensa de su credo y en contra del espectáculo. “En mi obra defiendo mis valores y mis ideales, los del racionalismo. Si haciéndolo ofendo a los demás, lo siento. Criticando a los cristianos me han puesto una bomba; peor no puede ser”, se defiende el humorista.

Arte políticamente incorrecto
Pero en esta revelación del arte, ni las bombas ni las manifestaciones han sido el único detonante. Tras el ruido de artillería producido en Madrid, el espectáculo viajó a Toledo de gira por España, programado por el Festival de Teatro T + T. Y siguió el escándalo. Las proclamas en su contra salieron de la boca del arzobispo de la ciudad, Antonio Cañizares, que calificó el espectáculo durante su homilía del domingo de “blasfemo, anticristiano y un verdadero insulto a la Iglesia”. El poder eclesiástico censuraba el arte de Bassi. En el siguiente acto, el Ayuntamiento de la ciudad, en manos del Partido Popular (pp), retiró la subvención al festival por programar al cómico italiano. Y para avivar más el fuego, a esta peculiar hoguera se sumó el Partido Socialista desde el gobierno regional de Castilla la Mancha, que intervino para decir que no apoyaba la obra ni defendía que se gastase dinero público para subvencionarla. Eso a pesar de que los mismos socialistas, en la oposición en la alcaldía toledana, calificaron la retirada de fondos públicos como la “vuelta a la censura”.

Es la corrección política o la mordaza ante el arte o manifestaciones incómodas que dicen trabajar por la tolerancia, el respeto mutuo y por no alimentar la crispación. Desde esa postura, políticos e intelectuales atacaron y criticaron recientemente la publicación de las caricaturas de Mahoma: porque incitaban a la violencia, esgrimían. Pero, ¿y la libertad de expresión? Para Ayaan Hirsi Ali, la diputada holandesa de origen somalí, amenazada de muerte por los mismos fundamentalistas que asesinaron a Theo van Gogh y guionista de la película que le costó la vida: “No podemos retroceder por los intolerantes y cuestionar la libertad de expresión. El disparate es no poder reírse del islam o de cualquier religión o pensamiento”, afirma. Para la diputada, ese falso multiculturalismo e hipocresía de los liberales que no quieren ofender a los que de hecho están considerando inferiores –por no entender de libertades– está haciendo mucho daño a la democracia y a los valores que ha defendido Europa desde la Ilustración.

Y esa misma corrección cierra salas. El pasado mes de marzo el Ayuntamiento de Pulheim, Alemania, clausuró de forma definitiva la instalación del artista español Santiago Sierra en una sinagoga convertida en cámara de gas. La instalación, en la que el visitante entraba equipado con una máscara de gas para protegerse de las emisiones de seis tubos que inundaban de monóxido de carbono el lugar, sólo llegó a estar abierta un día. Por temor de ofender a los musulmanes, el Museo Tate de Londres el año pasado canceló una exhibición de esculturas de John Latham.

No obstante, y a pesar de los rayos y truenos caídos de la catedral y políticos de la alcaldía y la oposición, la obra de Leo Bassi se representó en Toledo. Y con lleno total. Y se hizo sin dinero público y en un local cedido por los sindicatos. Por su parte, el artista, que reconoce tener miedo por la seriedad del atentado frustrado y las amenazas recibidas, entregó toda la recaudación del espectáculo al festival por el dinero otorgado y luego retirado. Y, con más o menos humor sigue y posa valiente con una vieja proclama de Voltaire que reza: “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defendería hasta la muerte tu derecho a decirlo” y recuerda orgulloso que su santuario es el escenario y su forma de quemar y hacer reflexionar sobre lo más Alto (un concepto que los ateos seguramente deberían escribir en minúsculas y que podría ser motivo de ofensa) es el humor.

Entre risas santas,
malditos artistas y leyes
“El hombre tiene derecho a divertirse y el teatro puede ser una diversión”, santo Tomás de Aquino dixit. Y sus palabras “fueron a misa” sirvieron para excusar el arte de numerosos autores teatrales españoles de los siglos xvi y xvii acusados de anticlericalismo por parte de la Iglesia. Y no fue el único: “Mantengan el corazón liviano en todo instante, porque cuando el corazón se cansa, el alma enceguece”, son palabras de Mahoma. Y provocador será Leo Bassi con sus monólogos o los hermanos Python, autores de La vida de Brian, pero también lo es la solución de Buda cuando tuvo que atravesar el desierto y para no disgustar a los dioses que le lanzaban cientos de sombrillas para protegerse del sol, optó por multiplicarse. E ironía tuvo Jesús al decirle a Pedro: “Te llamas Pedro (Petrus) y sobre esta piedra (petra) levantaré mi iglesia”.

Y si así se las gastan los dioses, los artistas, mucho más pegados a la tierra, mortales y falibles, han lidiado con su arte para provocar reacciones entre los mortales. Y en el límite entre lo que se acepta como blasfemia e insulto a Dios radica el problema (por no entrar en el debate de lo que pudiese ofenderle). Ya Borges apuntaba que resultaba muy difícil saber de los gustos literarios de Dios. ¿Sería así Blake un gran blasfemo por pintar a Dios como el Diablo y al Diablo como a Dios? En su trasgresión de valores el artista británico condenaba también la virginidad, porque para él la represión de lo sexual equivalía a la del amor. Bajo esa mirada, el poeta, grabador y pintor inglés hubiese merecido por lo menos una amonestación, como la interpuesta a Leo Bassi por un partido político.

Y para que las leyes de este mundo no se mezclen con el arte, un grupo de creadores y gentes del espectáculo del Reino Unido reclamaban durante el mes de marzo la abolición de las viejas leyes británicas contra la blasfemia. Y es que ofender a Dios está tipificado como delito en el Reino Unido por una ley de 1697, aunque sólo protege a la Iglesia Anglicana. “Lo peor sería extender su cobertura a otras religiones”, afirma el dramaturgo Philip Pullman en referencia el fallido intento del Gobierno laborista de tipificar como delito la crítica “abusiva e insultante” de cualquier credo religioso. “¿Dónde pararíamos entonces?”, se pregunta el autor británico, según el cual lo mejor sería “abolir la actual legislación y dejar que la religión se defienda a sí misma en abierto y libre debate, como cualquier otra forma de expresión del pensamiento”.

Ante el panorama, con bombas, protestas y riesgo de multas de unos y no otros, quizás invitar a blasfemar no sea lo más indicado. Por si acaso, y para no quemarnos, sí invitamos a seguir las indicaciones de dioses y cómicos con una cita de Bassi: “El humor es el arma de destrucción más poderosa que hay. Cuando uno consigue hacer reír, quita el miedo a los tabús. El oscurantismo se nutre de miedo”.

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