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| 6/11/2001 12:00:00 AM

Bogotá por escrito

En los últimos años, más que en cualquier otra época, Bogotá se ha convertido en el escenario literario perfecto para decenas de escritores colombianos.

Bogotá por escrito Bogotá por escrito
Si Dublin fuera destruida se podría construir nuevamente, tal cual, gracias a la descripción que James Joyce hizo de la capital irlandesa en su obra”. Este comentario es uno de los que con más frecuencia se repiten en el ámbito literario. Como también se hace de Buenos Aires con relación a Borges y Cortázar. O de Onetti con Montevideo. Y qué decir de las descripciones literarias de las que ha sido objeto París. Bogotá, desde la última década, se ha convertido en el escenario literario de cientos de relatos y novelas de todo tipo. Varios escritores han optado por narrar sus historias en medio de las calles capitalinas, de sus teatros, sus parques, sus casas. Obviamente, hay decenas de autores que desde mucho tiempo atrás también han dado fe de Bogotá en diferentes momentos. Las crónicas de Osorio Lizarazo, Fémina Suite, de R.H Moreno-Durán o, más reciente, Sin remedio, de Antonio Caballero; Una lección de vida, de Luis Fayad; Opio en las nubes, de Rafael Chaparro; Lecciones de vértigo, de Pedro Badrán, y Botella papel, el libro en prosa escrito por el poeta Ramón Cote, son apenas una muestra de la intención de tomar un escenario real, lejos de lo perfectamente imaginado por García Márquez con Macondo. Pero, ¿ha existido una gran novela urbana en Colombia? ¿Es ese el propósito de los nuevos escritores que se apoyan en la ciudad? Parece ser que la cada vez más constante y concreta aparición de Bogotá en la literatura se debe en gran parte a la reivindicación del género negro. Alguna vez el escritor Héctor Abad Facciolince comentó: “Es curioso que el país con mayor número de facinerosos del mundo, que el país con más matones y delincuentes que se conozca, que el país donde más secuestran, donde más roban, donde más atracan y donde más asesinan, que en ese país (y me parece que se llama Colombia) no haya habido muchos intentos de escribir novela negra”. Bajo este rótulo han surgido importantes títulos como Perder es cuestión de método, de Santiago Gamboa. Es el caso también de Roberto Rubiano, Mario Mendoza y, ahora, de Antonio García. “El género policíaco se desarrolla de manera paralela a la ciudad. Desde que Edgar Allan Poe creó a Dupin. Pero mi fin no es hacer una gran novela urbana. Yo parto de lo irracional, yo invento un crimen y la ciudad está allí. Soy sensible a la miseria y al caos social que nos afecta y que ha sido algo propio de las metrópolis de América Latina desde los años 70”, comenta Mario Mendoza. Sobre esto último Mempo Giardinelli, en su libro El género negro, advierte: “Casi no hay novela policial latinoamericana que no aborde aunque sea tangencialmente las formas propias de racismo, violencia y desesperanza”. Tal como sucede en El informe de Galves y otros relatos, de Roberto Rubiano, en el que se hace alusión desde el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán hasta la violencia del narcotráfico. “Una de las dificultades de escribir sobre Bogotá es que la ciudad no tiene lugares literarios. Como, por decir algo, Corrientes en Buenos Aires, o La Plaza Garibaldi en México, o las calles de París. Son lugares de los que se ha escrito tanto que son fáciles de imaginar. Macondo es un lugar literario. Con Bogotá toca explicarlo todo. Otra cosa es que las calles son la 85, la 100, la 127,etc, y toca describirlas bien pues nadie tiene porqué saber cómo son”, opina Antonio García. El legado de esta nueva generación de escritores con el paso de los años es forjar en la mente de los lectores una Bogotá tan clara como ha sucedido con otras ciudades del mundo. Sin duda las calles capitalinas respiran por estos días un innegable ambiente literario.

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