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| 9/22/1986 12:00:00 AM

"CARMEN" LA DE ROSI

De la mano de Francesco Rosi, en escenarios naturales y con sus amores escandalosos, Carmen vuelve al ruedo.

"CARMEN" LA DE ROSI "CARMEN" LA DE ROSI
Las casas pintadas de blanco y heridas por un sol que jamás cesa, las calles cubiertas de arena, las pequeñas plazas donde los toros buscan el lado más fácil de la muerte, el miedo agazapado entre los muslos suaves de una mujer, los ojos negros de los gitanos, el calor, el sudor que desfigura los rostros, las carretas y los bueyes, todos estos elementos llenos de violencia y sangre que repletan la nueva película de Francesco Rosi, "Carmen", elementos que han logrado sorprender a quienes estaban acostumbrados a otros temas, otros tratamientos, otros símbolos en la extensa y controvertida filmografía del realizador italiano, hay que buscarlos 26 años atrás cuando Rosi filmó en esos mismos escenarios, "El momento de la verdad".
En ese entonces Rosi, ya fascinado por un paisaje y un pueblo y un sentido de la vida y la muerte que siempre lo han deslumbrado, reconstruyó el delirante itinerario de un campesino que va de plaza en plaza buscando la fama y la propia destrucción mientras el trasfondo social y cultural de un país que se sentía estimulado por las cornadas, sirve para explicar el hambre y el miedo del personaje.
Ahora cuenta una historia de amor. También un conflicto social que gira alrededor del cuerpo deseado de esta mujer. Una historia que ya ha sido contada pocos años antes por Carlos Saura, Peter Brook y Jean-Luc Godard, cada uno a su manera, cada uno interpretando la simbología de la locura que se apodera de los personajes pero que, narrada por Rosi trasciende los simples límites de un género como la ópera que difícilmente se ha casado con el cine (a excepción de "Don Giovanni" de Losey, "La Traviata" de Zefirelli, "La flauta mágica" de Bergman y "Parsifal" de Syberberg), y se convierte en un drama que ocurre en escenarios reales, en Ronda, en el corazón rocoso de Andalucía, con los campesinos que han visto durante tantos años los mismos dramas, las mismas muertes, los mismos celos, la misma desesperación desplegadas por don José, el oficial que por ella, por Carmen, abandona su regimiento y su novia y su comodidad y busca la cercanía apestosa de los gitanos y se enfrenta a Escamillo, el torero, quien tiene tanto pavor de la mujer como de los toros.
Apoyado en la fotografía de su técnico favorito, Pasqualino de Santis (el mismo de "Crónica de una muerte anunciada"), y con cantantes de ópera que saben actuar: Ruggero Raimondi como el torero (ya habia filmado con Losey su "Don Giovanni"), Plácido Domingo como don José (actuó en "La Traviata"), y una revelación, una mujer sensual, de senos grandes y muslos duros, Julia Migenes Johnson, recomendada a Rosi por el coreógrafo Maurice Bejart, con un temperamento violento, una criatura salvaje que se adapta a la visión que el director tenia de su personaje, sin una belleza despampanante pero con una enorme facilidad para manipular los sentimientos ajenos.
Con ese escenario real y tangible, con tres excelentes cantantes y actores y una historia que siempre había querido narrar, Rosi logra que aún quienes detestan la ópera, se olviden de los gritos y los chillidos líricos para dejarse arrastrar por este drama que, para sorpresa de los más renuentes no está lejano de las otras historias contadas por el director en películas tan violentas y sangrientas como esta ("Cadáveres ilustres", "Salvatore Giuliano", "Manos sobre la ciudad", "Caso Mattei", "Lucky Luciano" entre otras), mientras se siente como un trasfondo cada vez más devorador la presencia de todo un pueblo, todo un país que participa activamente en las distintas etapas de esta tragedia.
A diferencia de otras películas musicales (clásicas o contemporáneas, como "Carmen Jones" de Preminger, West Side Story de Robert Wise, "Cantando bajo la lluvia" de Stanley Donen o Cotton Club de Coppola), en esta no se siente la presencia del telón o el borde del escenario porque los elementos humanos y dramáticos están ensamblados de tal manera con la música, con el canto, con el baile mismo, que el espectador se olvida a los pocos minutos de haber comenzado la proyección que está en la ópera y se olvida que están cantando y se dejará arrastrar por el huracán que ya se presiente desde esa obertura salvaje, aplastante.
La gran característica del cine de Rosi, la realidad, esa realidad que tiene que ver con jueces acribillados en Palermo o con concejales corruptos o con funcionarios destrozados en un avión o con jóvenes toreros que tienen hambre o con dos hermanos que buscan a un muchacho para abrirlo como si fuera un cerdo, esa realidad inmediata que la cámara capta en toda su fealdad, en toda su amargura, es la misma realidad que aparece en estas calles de Ronda que simulan la Sevilla de 1820 donde transcurre la historia escrita por Próspero Merimée y convertida por Georges Bizet en una música que es tarareada hasta por los colegiales en Pekin. Una realidad que rompe con todas las convenciones escénicas e impone un nuevo lenguaje, acezante, plástico, dinámico, que no deja tranquilo al espectador, que lo hurga todo el tiempo.
Varios años atrás hablando con el crítico francés Michel Ciment, Rosi le comentaba cómo el gran problema para la adaptación de una ópera al cine (él mismo ha montado varias obras musicales en festivales italianos), no estaba en el emplazamiento de las cámaras ni en la forma cómo los artistas interpretarán sus arias sino en la liberación absoluta del contexto musical de todas las ataduras naturales de la representación teatral. Que el canto, la música, la actuación, los diálogos, las luces, los vestidos, el maquillaje mismo lograrán una naturalidad, una simplicidad que no distanciará al espectador. Y, riéndose, añadía cómo en el cine resultaba cómico mirar a un actor gritando lo que podia decir en forma más sencilla.
Cuando le preguntan por qué escogió este tema de Carmen, esta ópera, Rosi lo piensa y responde: "Si uno mira bien todas las implicaciones que hay detrás de esta obra, descubre que es la ópera más realista de todas quizás la única realista en la música universal. Aquí no hay fantasía, no hay especulaciones metafísicas, hay dos hombres enloquecidos por el cuerpo y el corazón de una mujer. Por eso tenía que hacer una película real, en escenarios reales, reproduciendo la realidad social y cultural que originó la obra. Si uno mira detenidamente el argumento, los diálogos, los temas musicales, verá cómo aquí hay una revelación detallada de una España auténtica que uno no sospecharía si se limita a contemplar la obra puesta en un escenario. Por eso no quise filmar dentro de un teatro, ni tener cortinas ni luces, sino en la calle, en la plaza, en las esquinas que siguen existiendo después de finalizada la película".
Los fanáticos de la ópera quedarán fascinados. Los que apenas la soportan, sentirán toda la magia, toda la vitalidad, toda la pasión, todo el temblor captados por un director de cine que se divierte y también sufre contando la historia de amor de dos hombres obsesionados por una mujer que trabaja en una fábrica de cigarros y es amiga de gitanos y contrabandistas. El mismo director sobre quien volveremos a escribir cuando estrenen aquí su crónica del muchacho que muere el mismo día en que el arzobispo y su barco pasan de largo por un río de aguas quietas y enfangadas.




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