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| 6/9/2007 12:00:00 AM

¡Conciertazo!

Yo-Yo Ma, el más grande violonchelista del mundo, toca este jueves en el Teatro Colón. Emilio Sanmiguel habló con él y hace una semblanza de su vida y obra.

¡Conciertazo! La carrera artística de Yo-Yo Ma comenzó a los 8 años de la mano de Leonard Bernstein, que lo presentó en un programa de televisión
Las visitas de superestrellas no han sido frecuentes en Colombia, donde no cantaron Enrico Caruso o la Callas, no tocaron Rachmaninov ni Sarasate, no dirigió Karajan ni bailaron Nijinski o Nurejev; con excepciones, casi siempre en el auditorio de la Biblioteca Luis Angel Arango (Argerich, Claudio Arrau y Frederich Gulda en1967, e Ivo Pogorelich en 1971, porque las presentaciones de Pavarotti, Domingo y Carreras en el Estadio El Campín o de Yehudi Menuhin en el Palacio de los Deportes no son para tomar en serio), se trata más bien de un balance magro. Un balance que se rompe con el concierto de Yo Yo Ma de este jueves en el Teatro Colón, de Bogotá, un evento organizado por TQ Producciones, empresa cultural con sede en Lima, encargada de realizar conciertos de excepción en Perú y Colombia.

Ma llega a Colombia en la cúspide de una carrera deslumbrante que comenzó a los 8 años, cuando el gran director de orquesta Leonard Bernstein lo presentó en la televisión ante millones de espectadores. Y es que hablar de él no es cualquier cosa. Si Pablo Casals fue el gran chelista de la primera mitad del siglo XX, Mtislav Rostropovich reinó hasta los 80, cuando empezó el ascenso de Yo-Yo Ma; con una diferencia: Rostropovich y Ma son superestrellas, un tratamiento históricamente reservado sólo a pianistas, violinistas y cantantes.

En el pasado hubo grandísimos chelistas. Pero Rostropovich, Casals y Ma, además del dominio superior de su arte, poseen carisma, un tipo de personalidad que trasciende la escena: la superestrella es un gran artista, pero no todo artista llega a superestrella. Ma lo ve así: “Es verdad que para ser un gran ejecutante hay que tener un ego fuerte, pero debe haber la certeza de que no sea el centro, sino que esté al servicio de la música”.

Rostropovich murió el pasado abril en Moscú, así que hoy Yo-Yo Ma es el más grande y el más versátil del mundo. Además, es inteligente y afable, con un halo de discreción que seduce en sus presentaciones.

Ma nació en París en 1955, se educó primero en Francia y luego en Estados Unidos. De ancestro chino, francés de nacimiento y norteamericano de adopción, el asunto no le plantea problemas: “Con esas circunstancias, honestamente pienso que soy nativo de este planeta. En ciertos aspectos soy cercano a tradiciones de Norte y Suramérica, también de Europa, Oriente y África. Creo que en muchos sentidos todos tenemos de diferentes culturas en diferentes tiempos; de ahí mi interés de explorar tantos aspectos de la música”.

Su padre, Hiao-Tsiun Ma, musicólogo y compositor, llegó a París en 1935; Marina Liu, la madre, llegó en 1949 a estudiar canto. El padre fue su primer maestro: “Yo empecé a tocar el chelo a los 4, pasó por accidente porque a los 3 empecé con el violín, pero no me entusiasmaba demasiado, quería ser contrabajista, un instrumento demasiado grande para mi edad. Entonces vino el chelo; afortunadamente progresé relativamente rápido, tenía facilidad. Pero no fui un niño prodigio, no en el sentido de tocar por todas partes y esas cosas: a los 5 gané un concurso. El único en toda mi vida. Después siempre perdí”.

Su repertorio es enorme: del barroco a los modernos pasa por la música popular africana, asiática, brasileña, el tango. Un ecléctico con un alfa y omega, Bach: “Mi compositor favorito en todo lo que escribió, tanto para enseñar a sus hijos como su obra religiosa y secular. Objetivamente creo que desde la improvisación o desde sus textos es el gran padre del jazz y de los clásicos”.

Su padre le guió: “Fue una persona muy importante en esos años, me ayudaba, exigía y aconsejaba, tenía ideas muy originales para educar, ideas maravillosas, como estudiar las Partitas de Bach poco a poco, un par de compases al día, un método muy efectivo para memorizar”.

Formalmente su primera maestra fue francesa, madame Michelle Lepinte. En 1962 emigraron a Nueva York: “Mi padre encontró un trabajo, a los 9 me trasladé a Boston para ir a la universidad y graduarme en Harvard, pero eso se remonta a París: Porque toqué en el taller de un famoso ‘luthier’, Étienne Vateló, que le habló de mí a Isaac Stern y vino a oírme, él me recomendó con Leonard Rose, mi maestro desde los 9 en Boston donde formaba parte de un programa para menores de 18”.

Televisión a los 8, debut en el teatro Carnegie Hall de Nueva York a los 10 y solista de la Orquesta Harvard Radcliffe a los 15. Sin haberse graduado ya era un músico reconocido. Estaba agobiado, pensó claudicar, pero en 1970 vio en el Festival Malboro al gran chelista catalán Pablo Casals: “Su compromiso detrás de cada nota y la confianza que tenía fueron un ejemplo para mí”.

Luego, una escoliosis puso en compromiso su carrera. Se sometió a una operación y regresó, pero con otra visión: “No me interesa la notoriedad, éxito y reconocimiento desfilan ante uno y lo hacen esclavo, adicto de la fama: no, me interesan la música y mi familia”.

Así ve su arte: “La música no sólo debe entretener, no debería ser diversión; me veo como el medio a través del cual el compositor traduce sus ideas. Al tocar quiero donar un tesoro que debo hacer llegar a mi generación y a otras. Busco los medios para transmitir ese mensaje”.

Ma es dueño de cuatro instrumentos. “El violonchelo es mi voz”, dice. Dos de ellos son particularmente legendarios. El primero, de Antonio Stradivarius, el más grande luthier de la historia,; construido en 1712, fue propiedad de Jacqueline Du Pré: “La primera vez que toqué el Davidoff estaba muy asustado, de niño lo había oído en su disco del Concierto Elgar: ¡a mis 19 años iba a tocarlo! Poco a poco empecé a oír que venía de su interior ese mismo sonido del disco”. A la muerte de Du Pré, y por su decisión, pasó a sus manos. Su primer chelo fue un Domenico Montagnana, el Petunia, fabricado en Venecia en 1733. En ellos interpreta preferentemente los barrocos.

El tercero fue hecho para él por Moes & Moes: “Un instrumento extraordinario, últimamente lo utilizo con mucha frecuencia, lo tocaré en el concierto de Bogotá”. El cuarto: “Es obra de Mario Miralles, un argentino que vive en las afueras de Los Ángeles, me gusta muchísimo, aún no lo he usado en público. El Montagnana es más grande que el Stradivarius, el Moes & Moes está entre los dos, cada uno posee su voz característica”.

En 1999 estuvo a punto de ocurrirle una tragedia. “Yo estaba exhausto. Al día siguiente de un concierto en Carnegie Hall. Puse el Montagnana en el baúl del taxi que me llevó de Central Park West al Peninsula Hotel en la Quinta Avenida. Tenía un recital esa noche y al bajarme lo olvidé y el taxi partió, era la 1:20. La policía lo ubicó en un garaje de Queens: A las 5:15 de la tarde el Montagnana regresó a mis manos: justo en el momento de salir para el Anchorage de Brooklyn”.

Eficiencia de la Policía neoyorquina y del milagro de llamarse Yo-Yo Ma, una superestrella cuya magia trasciende más allá de las candilejas.

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