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| 4/28/2007 12:00:00 AM

El cazador cazado

En su segunda novela, Mauricio Vargas cuenta las vicisitudes de un periodista investigativo enfrentado a la corrupción.

El cazador cazado, Sección Cultura, edición 1304, Apr 28 2007 El cazador cazado
Mauricio Vargas

La última vida del gato

Planeta, 2007

217 páginas

"Lo primero fue el susto, hermano". Con una frase apelativa y urgente empieza esta novela que desde sus primeras líneas marca un tono y entra rápidamente en materia. 'Gato', alias de Camilo García, un periodista colombiano, le confiesa a alguien que se encuentra de vacaciones en Buenos Aires, pero una llamada insistente en el piso de su habitación ha interrumpido abruptamente su descanso al ofrecerle una información que no podrá rechazar.

'Gato' es un periodista investigativo, obsesionado con su trabajo, aun a costa del tiempo destinado a su familia. Precisamente para huir de su oficio absorbente y reencontrarse con los suyos, planeó un viaje de descanso a la capital argentina. Sin embargo, la llamada tentadora que le promete una gran primicia lo hará echar por la borda todas sus buenas intenciones de enmienda y aceptará sin vacilaciones una cita en el cortaziano café London con un equívoco personaje. La revelación que éste le hace no le deja otra opción que interrumpir su descanso: se trata de un documento que transcribe una conversación telefónica donde el coronel Mejía, adalid de la lucha contra la corrupción, acepta borrar de la Dirección Integrada de Inteligencia del Estado (Dinis), los antecedentes de un jefe paramilitar. El coronel Mejía no sólo es su amigo, sino un informante que le ha brindado datos claves para denunciar funcionarios corruptos, lo cual le ha ayudado a forjar su gran prestigio de temible periodista fiscalizador. Como si esto no fuera suficiente, Mejía le ha salvado la vida en seis oportunidades. (De ahí el título de la obra, La última vida del gato: al 'gato'sólo le queda una vida). Pero no hay nada que hacer: Mejía cedió a la tentación y el periodista incorruptible no tiene más remedio que tirarlo a los leones y acabar con su brillante carrera.

Haciendo un paréntesis en la investigación, aparece Jolie, una vieja ex amante de 'Gato', y la narración pasa a contarnos -con excesivo detalle- de qué manera transcurrió la vida sexual entre ambos y cómo ella sobrevive ahora en Costa Rica, capoteando a sus amantes furtivos y anhelándolo a pesar de los años y su injusta decisión de abandonarla. Es que hace 25 años, en plena década de los 70, cuando eran jóvenes y locos, 'Gato' y Jolie se plantearon una relación sin compromisos ni sujeciones, totalmente libre, que luego derivó hacia una pareja abierta y bastante perversa: 'Gato' se excitaba alentando a su amante a tener aventuras sexuales paralelas, y ella, para no perderlo, lo complacía. Son tan prolijas las descripciones sexuales, que por un momento el lector piensa que está haciendo zapping a un canal X: "vamos a jugar un jueguito, y a la media hora Jolie se dejó llevar por el Negro a su cuarto, se dejó caer en la cama, se dejó desnudar, se dejó voltear y volver a voltear, se dejó comer, casi ausente".

Pero no, el narrador incisivo en primera persona que va incorporando sin avisos los diálogos de los personajes en un continuo verbal, a la manera de Saramago, retoma el control y ratifica cuál es el asunto de la novela. El informante argentino reaparece y tienta de nuevo a 'Gato' con la investigación de su vida: tiene las pruebas que involucran a un prestigioso banquero colombiano con un narcoparamiltar. La narración -para fortuna del lector- no saldrá más de ese foco y a él confluirán todos los personajes y las situaciones. Como en un buen thriller, quedaremos enganchados y queriendo saber qué es lo que va a pasar (hasta le perdonamos su "descriptiva sexual" que, sin necesidad, vuelve una y otra vez). A propósito: lástima que la veta paródica de los informes policiales sobre las actividades sexuales de los protagonistas -bastante más interesante- se explote muy poco. Y que el final sea tan sorpresivo que ningún sabueso hubiera podido preverlo. En realidad, se trata de un verdadero Deus ex machina, con cierto tufillo a tesis: el investigador periodístico es un cazador cazado y tiene perdida de antemano su lucha contra la corrupción.

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