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| 2/26/2011 12:00:00 AM

El discurso del rey

La favorita de los Óscar es un drama compasivo, esperanzador y con sentido del humor que logra el milagro de ponernos del lado de un monarca.

El discurso del rey, Sección Cultura, edición 1504, Feb 26 2011 El discurso del rey
Título original: The King's Speech

Año de estreno: 2010

Género: Drama

Dirección: Tom Hooper

Guion: David Seidler

Actores:
Colin Firth, Geoffrey Rush, Helena Bonham Carter, Derek Jacobi, Guy Pearce, Timothy Spall, Anthony Andrews, Michael Gambon, Jennifer Ehle.

Se sospecha, en la escena final, que El discurso del rey es una película estupenda. Ahí están, una vez más, esos extraños decorados de obra de teatro que parecen describir el estado de los personajes. Ahí se pueden ver las extraordinarias actuaciones de sus tres protagonistas: Colin Firth, Geoffrey Rush y Helena

Bonham Carter. La efectiva banda sonora del brillante Alexandre Desplat se crece como tendría que crecerse el personaje principal: la música avanza, en el clímax del drama, como la adrenalina del héroe. El guion sonríe en ese final, así suene extraño, porque recoge todo lo que ha plantado desde el principio. Ni los encuadres ni el montaje dan un solo paso en falso. Y por fin sucede, por supuesto, el ingenioso título de la historia: el rey tartamudo Jorge VI, que recorrió en puntillas los pasillos de la nobleza con la seguridad de que su hermano mayor sería el monarca, y que hace lo mejor que puede por ir a la par con su destino, se prepara en una pequeña habitación para pronunciar un discurso que no puede fallar.

Es posible que falle. Ya no es el príncipe Albert, ya no es el duque de York. Desde el principio, ante la evidencia de que un líder, en tiempos de la radio, tiene que tener mucho de actor, ha quedado muy claro que lo peor que podía ocurrirle era convertirse en rey: se había acostumbrado a pasar desa-percibido porque su penoso tartamudeo, que empeora cuando le toca hablar en público, lo hace ver frágil e incapaz. Y sin embargo, como los monarcas también vienen al mundo a vencer sus circunstancias, la vida ha conspirado (su hermano ha abdicado por una norteamericana, su país se ha ido quedando atrapado en la Segunda Guerra Mundial) para que se vea en la obligación de superar su impedimento. Tiene que pronunciar un discurso determinante en ese micrófono que parece un monstruo: eso es. El mundo entero lo está oyendo. Y es posible que falle.

No es fácil estar del lado de la realeza: solo los grandes dramas, de Edipo a Hamlet, nos llevan a sentir compasión por los poderosos. Pero ahí estamos al final, sufriendo en esa pequeña habitación, con el Jorge VI de El discurso del rey. Nos estremece ese momento de la verdad, como un poema que llega a su último verso, porque todo, desde el guion hasta los decorados, desde el montaje hasta la banda sonora, nos ha presentado a los personajes con sumo cuidado; porque el director, discreto pero ingenioso, nos ha hecho ver la historia de la mejor manera posible; y porque los actores, encabezados por un Colin Firth que desaparece en el cuerpo del rey tartamudo, no nos dejan quitar la mirada de la pantalla como si nos miraran fijamente. Es un final contundente: contiene todo el humor, todo el patetismo, toda la emoción que ha avanzado como una bola de nieve desde el comienzo.

Es un gran final: todo está, por fin, en su lugar. Y solo habría podido sucederle a una película estupenda.

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