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Hablan las ex secuestradas de Boko Haram

El documental ‘Stolen daughters’ captura los testimonios de mujeres que estuvieron secuestradas por el grupo terrorista. Gracias a un trabajo periodístico riguroso, los espectadores pueden conocer detalles de sus historias de supervivencia.


En 2014, 276 niñas fueron secuestradas por Boko Haram, grupo terrorista e islamista que opera mayoritariamente en Nigeria (también en Camerún, Chad, Níger y Malí). Ese día, el pequeño poblado de Chibok se quedó sin sus hijas: hombres armados hasta los dientes subieron a las niñas en carros, quemaron el internado donde estudiaban y arrancaron a toda velocidad para perderse en los bosques de Sambisa. Paradójicamente, la imagen que le dio la vuelta al mundo y por la cual muchas personas conocieron la tragedia de estas niñas no fue la de una de ellas o la de sus padres afligidos. Esa imagen la encarnó la ex primera dama Michelle Obama, cuando circuló en redes sociales una foto suya sosteniendo un cartel que decía “#BringBackOurGirls” (“Regresen a nuestras niñas”).

Este mes, HBO estrenó para toda Latinoamérica el documental Stolen Daughters (Hijas robadas). La pieza cinematográfica registra, por primera vez en un audiovisual de esta envergadura, las historias de decenas de mujeres que lograron escapar o que fueron liberadas por Boko Haram. SEMANA pudo hablar en exclusiva para Colombia con dos de las productoras detrás de este importante largometraje, el cual ya ha sido visto en países europeos como Reino Unido y Francia.

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Karen Edward, productora del filme, le contó a SEMANA que el gobierno nigeriano contactó a su equipo de trabajo (entre las que está la directora de Hijas robadas, Gemma Atwal) apenas ocurrió el secuestro en 2014. Ante la avalancha de mensajes (tanto de apoyo como críticos ante la inoperancia del gobierno nigeriano), los gobernantes nigerianos de ese entonces querían contarle al mundo, por todos los medios necesarios, que efectivamente estaban trabajando para recuperar a las estudiantes de Chibok. “Sin embargo, nosotras en ese momento no estuvimos de acuerdo con comenzar el rodaje -cuenta Edward-, pues éramos conscientes de que se trataba de una campaña publicitaria para exculpar la ineptitud del gobierno ante la situación”.

Ya en contacto con la historia, todo el equipo de trabajo se interesó por la historia y comenzaron a investigar sobre Boko Haram y sus secuestros masivos en gran parte del territorio nigeriano. La tragedia de las niñas de Chibok, al igual que muchas otras decenas de estudiantes secuestradas, tiene directa relación con lo que significa el nombre de Boko Haram: “la educación occidental está prohibida”. Buscan, con los secuestros, atacar simbólicamente la educación “liberal” de las nigerianas, al mismo tiempo que hacen una campaña de violencia sexual que atemoriza a la población: muchas de las secuestradas fueron violadas y quedaron embarazadas en contra de su voluntad.

Luego, en mayo de 2017, una buena noticia le dio la vuelta al mundo: el gobierno nigeriano negoció con Boko Haram la liberación de 82 secuestradas. Sasha Achilli, otra de las productoras del filme, le contó a SEMANA que esa noticia abrió una puerta mucho más interesante para hacer el documental, que estaba en el limbo desde 2014. “A partir de ese momento, volvimos a tener contacto con el gobierno nigeriano para acceder a la ‘safe house’ donde tenían protegidas a las chicas. Fue un privilegio, pues ninguna otra persona ajena al gobierno había podido entrar a filmar y hablar con ellas. Sin embargo, hubo restricciones”.

Karen Edward (izquierda) y Sasha Achilli, productoras de ‘Hijas robadas‘. Cortesía HBO 

El gobierno nigeriano enfatizó que nadie del equipo de filmación podía preguntarle a las chicas sobre las experiencias que vivieron esos tres años de secuestro. Es decir: se quedaban por fuera los testimonios más desgarradores o chocantes de esa dura experiencia. La justificación del gobierno se hace explícita en el documental, en una de las reuniones organizadas por la ministra de Asuntos de la Mujer de Nigeria, Maryam Ciroma: no volver a traumatizar a las chicas ni revelar detalles de el modo de actuar de Boko Haram, pues eso enfurecería al grupo fundamentalista y podrían temerse represalias de su parte.

Para nosotras fue un reto desde el punto de vista periodístico, pero lo superamos”, afirma Karen. En el documental se hacen explícitos los recursos que utilizaron. El primero de ellos, consistió en acceder a los diarios que algunas de las chicas escribieron durante su cautiverio y que, de manera confidencial, le prestaron al equipo de filmación. En el documental, se evidencia que las razones que da el gobierno no son creíbles, y el espectador logra concluir que más bien el silencio sobre el tiempo del secuestro tiene que ver con cierta vergüenza estatal: en parte, las niñas pasaron por ese infierno por el abandono y la debilidad del Estado nigeriano.

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Gracias a los fragmentos de los diarios, los espectadores se enteran de que las estudiantes mencionan como Boko Haram les daba de comer una masa de maíz sin sabor y difícil de tragar. También relatan que dormían en pequeños cambuches improvisados, con muy poco espacio personal para cada una. Son relatos llenos de temor y tristeza.

La segunda estrategia  de las documentalistas para acceder a las vivencias del secuestro fue mucho más allá: hablaron en los barrios marginales de Maiduguri, una ciudad al noreste de Nigeria, con ex secuestradas que no estaban bajo la tutela del gobierno. Tal como las llaman en el documental, estas mujeres son las “Forgotten girls” (“Las chicas olvidadas”). Ellas estuvieron meses o años con Boko Haram, pero como no tuvieron el mismo tratamiento mediático que las estudiantes de Chibok, el Estado no se ha esforzado por brindarles protección, educación o atención.

Es una de esas chicas, Zahra, la que cuenta cómo Boko Haram forzaba a mujeres secuestradas a participar en más secuestros y a adoctrinar a las nuevas chicas raptadas. Relata violaciones en masa y distintos asesinatos. Sin embargo, incluso si con mujeres como Zahra no tenían las mismas restricciones que con las niñas de Chibok, Karen cuenta que fue difícil hablar de temas tan traumáticos con ellas. “Muchas de las ‘Chicas olvidadas’ llevaban muy poco tiempo de ser liberadas o de haber escapado de Boko Haram. Recordar sus tragedias fue muy difícil, y nosotras no las presionamos para que hablaran sobre lo que no querían hablar”, puntualizó.

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Para Sasha y Karen, este documental le recuerda a los espectadores que Boko Haram, aunque mucho más débil que en 2014, sigue atemorizando a gran parte de la población del noreste nigeriano. De manera general, la pieza audiovisual también resalta que las mujeres suelen sufrir todo tipo de violencias en los países que atraviesan conflictos sanguinarios y destructivos: Yemen, Siria o Afganistán. Al preguntarles por la distancia que tomaron con las chicas entrevistadas, confesaron que al final de la filmación se ofrecieron a pagarle un año de arriendo a una de las ex secuestradas quien, además, había adoptado a dos niños que nacieron en el campamento clandestino de Boko Haram.

Muchas de las mujeres que estuvieron en cautiverio no hablaron con sus familiares en años. El reencuentro fue duro y emotivo. Cortesía HBO

Es difícil separarte emocionalmente de estas historias”, comenta Karen. “Ofrecimos pagar ese arriendo porque, al año, no significa una gran suma de dinero en dólares y sólo lo hicimos al final de la filmación. No queríamos intervenir mientras la historia se desarrollaba”, añadió la productora.

Hijas robadas busca, de cierta manera, que las historias de estas mujeres no se vuelvan a repetir. Las documentalistas creen que si los espectadores se enteran de lo que pasó, subirá la presión internacional para cambiar el estado de cosas que permiten que se secuestren, torturen, violen o asesinen mujeres en distintos conflictos del mundo. La voz de las ex secuestradas ya puede ser escuchada. Esa voz pide que nunca más una hija sea separada de su comunidad o familia.