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| 12/19/1988 12:00:00 AM

EL DON DE LA PALABRA

Gregory Rabassa, el traductor al inglés de García Márquez y Cortázar, acaba de ser premiado como el mejor en su oficio.

EL DON DE LA PALABRA, Sección Cultura, edición 342, Dec 19 1988 EL DON DE LA PALABRA

Miles de lectores norteamericanos supieron que algo estupendo estaba ocurriendo cuando leyeron, en una entrevista concedida al New York Times, que Gabriel García Marquez afirmaba que Gregory Rabassa, un profesor universitario que trabaja en Nueva York, era el mejor escritor latinoamericano en inglés. Acostumbrados a las exageraciones del colombiano, sin embargo todos entendieron que esta vez la afirmación era real: Rabassa es el responsable de que durante los últimos 20 años los escritores latinos sean leídos, analizados y discutidos en universidades, colegios y hasta en la calle porque los ha traducido, con una fidelidad y una sensibilidad tan profundas, que con su trabajo echa por tierra el antiguo adagio que dice: "Quien traduce, traiciona".

Todo comenzó cuando Julio Cortázar, al aparecer "Cien años de soledad" le recomendó a su autor que confiara la traducción al inglés al mismo que había convertido su novela, "Rayuela", en un libro llamado Hopscotch de enorme éxito en Estados Unidos. El otro aceptó, buscó a Rabassa. El traductor se sorprendió y le dijo que tendría que esperar tres años porque tenía otros proyectos por delante. García Márquez le dijo que estaba bien, que no tenía prisa y por eso los lectores en inglés fueron de los últimos en leer la saga de los Buendía. Desde entonces nació entre escritor y traductor una complicidad tan curiosa, tan cálida, que con el tiempo se ha convertido en un auténtico oficio a cuatro manos cuando se trata de poner en inglés todos los disparates originados en Macondo.

Rabassa, a sus 66 años, ha traducido más de 30 libros, novelas y cuentos escritos en castellano y portugués. Ha logrado que el lector en inglés tenga acceso a escritores tan importantes como Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa, Amado y Octavio Paz, y su trabajo ha dado origen a una nueva generación de traductores. El reconocimiento a Rabassa alcanzó mayor notoriedad hace algunos meses cuando recibió el premio principal de la Wheatland Foundation, más de tres millones de pesos, por "su notable contribución al intercambio y entendimiento literarios internacionales". Para los escritores traducidos, Rabassa se ha convertido en su otro yo, en el milagro que les ha permitido entrar a un mercado tan difícil y pecualiar como el norteamericano, donde hace 20 ó 30 años, el lector común sólo se interesaba por novelas y cuentos que le hablaran de las planicies de Kentucky o las nevadas en Nueva York. De golpe, ese mismo lector, quedaría deslumbrado con el espectáculo de niños con cola de cerdo, militares alzados contra un dictador y ancianas que hacen el amor en la sombra y ante un espejo.

Rabassa es el menor de tres hijos de un cubano y una norteamericana. Nació y creció en Nueva York y, contra toda apariencia, en su hogar nunca oía hablar castellano porque su padre, como todos los cubanos, tenía una increíble obsesión con integrarse al medio norteamericano. Los Rabassa se mudaron a New Hampshire, el niño entró a un colegio donde por primera vez se enfrentó al idioma que lo convertiría en una celebridad internacional. Durante la Segunda Guerra sirvió en Africa del Norte e Italia y entre sus responsabilidades, tenía que recibir y traducir mensajes en clave sobre movimientos de tropas. En broma, afirma que ese fue el origen de su destino como traductor.

Graduado en Columbia, realizó varios cursos y maestrías y ayudó a la edición de Odyssey Review, una revista que se especializó en publicar autores desconocidos de Europa y Latinoamerica. Descubrió entonces que no existían traducciones de autores latinos y que las pocas que había, eran pésimas. Ahí comenzó todo. En 1967 se ganó el "National Book Award" por su traducción de "Rayuela" y desde entonces, se amontonan ante su puerta los libros latinoamericanos que debe traducir. No hay autor que se respete que no escoja a Rabassa como traductor aunque, como en el caso de García Márquez, tenga que esperar varios años.

Actualmente enseña en el Queens College, que forma parte de la Universidad de Nueva York, y alterna las clases con su trabajo. Dice que podría traducir más libros si dejara de enseñar pero eso le interrumpiría el contacto con los jóvenes. Para mejorar su oficio ha viajado por casi todos los países latinoamericanos, conoce sus costumbres, sus comidas, sus expresiones populares, la geografía rural y urbana, sigue de cerca sus conflictos políticos y sociales, sus mitos. Por eso, las traducciones se convierten en auténticos originales.

Cuando lo felicitan por su trabajo, Rabassa dice que el crédito pertenece a los escritores que, como García Márquez y Borges, han seguido las huellas mágicas y realistas de un gran fabulador como Cervantes. Lo importante dentro de su oficio, dice, es tener presente que todos estos autores han quebrado las reglas del idioma, han inventado un lenguaje que no puede ser vertido impunemente al inglés. Hay que trabajar de una manera especial, con más humor, con más imaginación y ese puede ser el secreto de su éxito: haberlos entendido dentro de su mundo, no haber tratado de "norteamericanizar" a escritores que escriben en el patio de sus casas, bajo los mangos y los matarratones.

Paradójicamente, Rabassa tiene una explicación curiosa para la calidad de sus traducciones: su devoción al idioma inglés, a las palabras, a todos los juegos que caben en esa lengua, le ha permitido acercarse mejor al castellano y el portugués, logrando versiones tan perfectas que ha opacado el trabajo de otros traductores, tan dedicados y disciplinados como él, pero menos imaginativos.

EDICIÓN 1888

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