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| 5/25/2014 6:00:00 AM

Chesterton en el Vaticano

Una novela satírica sobre el intento de canonizar al escritor inglés G. K. Chesterton.

El hombre que no fue jueves en una reseña de Luis Fernando Afanador Juan Esteban Constaín es el autor de ‘Naufragio del imperio’ y ‘Calcio’, también novelas históricas. Foto: Foto: Camila Rina - Jetset
El hombre que no fue jueves
Juan Esteban Constaín
Mondadori, 2014
182 páginas

Esta  novela  es sobre Chesterton aunque Chesterton aparece mencionado por primera vez en la página 42. Entonces, ¿de qué nos han hablado antes? Del encarcelamiento y la fuga de Casanova de una prisión de Venecia –que inspiró también a Alejandro Dumas en El conde de Montecristo-,  de Paul McCartney, de la pasión de los italianos por la comida, de Xul Solar y Macedonio Fernández citados por Borges y Bioy Casares.  “Me estoy desviando”, reconoce el narrador en la página 35, pero no parece importarle. Finalmente aparecen el personaje Chesterton y la trama, lo cual no será impedimento para que continúen las digresiones, las maravillosas digresiones de cómo la historia de la biblioteca de Aby Warburg o la de todo un pueblo francés que en plenas cruzadas emprendió camino a Tierra Santa y terminó en Hungría –engañado y ultrajado– ¡creyendo que había llegado a Jerusalén!

“Me estoy desviando”, dice el narrador de esta novela. Eso no lo hubiera dicho Cervantes, a quien poco le importaba desviarse, como lo prueba el episodio de la pastora Marcela, que no tiene nada que ver con Don Quijote y con Sancho. A Laurence Sterne tampoco le importaba la coherencia: su protagonista Tristam Shandy, en la novela homónima, nace bien avanzada la novela. El narrador de El hombre que no fue jueves se siente obligado a justificarse. Después de Flaubert, ¿qué novelista no se siente obligado a armar su trama como un mecanismo de relojería que no admite digresiones? Para aquel lector que no le molesta apartarse un rato del camino principal está escrita la novela de Juan Esteban Constaín. Y al final, “todas las cosas encuentran su cauce, todo el mundo encuentra su camino”. 

Su forma de hacer novela histórica no es menos llamativa y acaso ahí reside su valor literario, su novedad. Tratar de ceñirse a los hechos, de recrear una determinada época tal cual, es la falacia de la mala novela histórica. La mejor literatura histórica es la que inventa, como nos lo recuerda E. L. Doctorow: “Históricamente, existió algo parecido a una guerra de Troya, incluso, de hecho, a varias guerras, pero la que escribió Homero en el siglo VIII a.C. es la que nos fascina, porque es ficción”. Probablemente son ficción el Napoleón de Tolstoi en Guerra y paz, ese “gordito francés” que olía a “Eau de Cologne” y el rencoroso Ricardo III de Shakespeare, tan lejano del histórico, pero tan real. Constaín se inscribe en esa tradición y lleva al extremo esa libertad: Bernard Shaw juega un partido de tenis con Chesterton y este último termina bailando con Mussolini o algo todavía más audaz: colaborando con el papa Pío XI en los procesos de canonización de una manera bastante heterodoxa (no se puede contar, esta reseña no contiene spoilers). En esa liberalidad tampoco es pionero, pero acaso sí lo sean su desparpajo y su irreverencia que no terminan en burla porque el propósito final no es desacralizar sino homenajear al personaje histórico, hacerlo entrañable sin disminuir su importancia.

Como muchas novelas históricas, esta también parte de un hecho real sobre el cual existen muchos vacíos. Es cierto que al católico Chesterton lo intentó canonizar un grupo de sus devotos seguidores. Información suficiente para que Constaín, entre digresiones y exageraciones, vaya armando una trama desopilante que incluye intrigas vaticanas, robos, corrupción y varios papas, entre ellos al mismísimo Francisco. La paradoja es que, entre risas y divertimentos, esta novela termina reivindicando seriamente un cristianismo más auténtico: “Lo interesante era que Chesterton encarnaba una idea del cristianismo muy peligrosa: la del cristianismo de verdad, el hombre compasivo y bueno que era capaz de tolerar, de reconocer con ironía sus errores y su pequeñez”.  Otra feliz paradoja es que sin interponer una línea divisoria entre el presente –hay un momento en que el narrador nos habla de una mosca que aparece en la pantalla del computador– y el pasado, logra el objetivo que busca toda novela histórica: ampliar el horizonte de la actualidad. 

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