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| 9/16/1996 12:00:00 AM

EL ILUMINADO

La luz interior del artista y la luz exterior del Caribe se confunden en la obra del gran pintor venezolano Armando Reverón.

EL ILUMINADO, Sección Cultura, edición 746, Sep 16 1996 EL ILUMINADO
Armando Reverón fue un artista integral, un visionario que logró no solo una manera de expresión original y profunda, sino que consiguió sustentar con su modo de vida los valores y conceptos que sintetizaba en su pintura. Una exposición pequeña pero perceptivamente seleccionada de su obra tiene lugar en el Museo Nacional, ofreciendo por primera vez en el país la oportunidad de comprender su desarrollo artístico, de seguir el emocionante curso de sus enceguecedores resplandores, y de experimentar los rasgos y los gestos de su genialidad. La exposición incluye trabajos que se inscriben en los tres períodos cromáticos y cronológicos azul, blanco y sepia en que Alfredo Boulton, su primer biógrafo, clasificó su obra, conformando una visión elocuente acerca de los intereses creativos y vitales de quien es una de las figuras más sobresalientes del arte del siglo XX. Es posible encontrar relaciones del trabajo de Reverón con el impresionismo en su obsesión por la luz, también con los Nabis, especialmente con Bonnard, en algunos aspectos de su técnica, y desde luego, con el expresionismo, en su ejecución espontánea y gestual y en la intensidad que aflora en cada toque, en cada línea, e inclusive en cada pedazo vacío de sus telas. Su trabajo refleja además la búsqueda de un estilo original que le permitiera la expresión de apreciaciones personales sobre el mundo y sobre el arte, lo cual consigue magistralmente. Pero Reverón es mucho más que un pintor moderno. Por ejemplo, con su manera de trabajo evocativa de rituales y emparentada con la magia, y con la creación de un mundo ideal donde primaban la imaginación y el juego, Reverón estaba trascendiendo los valores inherentes al estilo e incursionando en señalamientos pertinentes al comportamiento humano. De la llamada época azul, etapa formativa en la cual no aflora aún su personalidad artística pero que permite comprobar su aguda sensibilidad, se presentan en esta muestra dos retratos, uno de grupo, Familia, que incluye su propia imagen, y otro individual, Enrique Planchard, que deja al descubierto cierta inclinación tenebrista sin duda adquirida durante sus estudios en España. También de este período se expone Paisaje del Calvario, cuyas pinceladas testimonian su paulatina evolución hacia la materia, la espontaneidad y la luz. Pero es a mediados de los años 20, una vez instalado en las playas de Macuto, cuando el artista descubre lo que se convertiría en la estructura y objetivo de su obra: el deslumbrante fulgor de la luz en el Caribe. Y comienza entonces el período blanco en el cual Reverón alcanza un logro de primer orden en la historia de la pintura, puesto que inventa el lenguaje adecuado para expresar inéditas observaciones acerca de los efectos de la luz sobre las formas y contornos, así como para plasmar la luz solar un instante antes de ser descompuesta en los varios colores del espectro. Las obras de esta época, considerada como la cima de su creatividad, representan el paisaje a través de efectos lumínicos, y así puede comprobarse en Cocoteros en la playa, Paisaje azul, y El rancho, y también en dos trabajos pertenecientes a colecciones colombianas: Paisaje, del Museo Nacional, y Paisaje con rancho, pintura recién adquirida para la Biblioteca Luis Angel Arango en la cual se reconoce ese frenesí de rápidos y pequeños toques que llevaron a la comparación de su manera de pintar con los movimientos y actitud de un esgrimista. De su período sepia se incluyen dos desnudos demostrativos de la carga erótica que impregna sus figuras femeninas, y también algunos retratos, entre ellos Autorretrato con muñeca barba y pumpá, donde se alcanza a vislumbrar una angustiosa búsqueda de sí mismo a través de la pintura. A este período en que el soporte es generalmente una tela de costal burda y gruesa, pertenece también Puerto de la Guaira, paisaje que aparece poblado por estibadores y obreros en clara contraposición con la soledad que embarga sus paisajes del período blanco. La muestra se completa con algunos objetos que el artista construyó para ayudarse en su labor (como el caballete, el parasol y los tacos de madera con textiles en la punta que empleaba para pintar), y que otras veces hacían parte del mundo imaginario que creó en El castillete, un refugio que construyó en la playa con piedras marinas y techo de paja, que pobló con muñecas y con objetos lúdicos (también representados en la exposición) y donde se retiró como un anacoreta para entregarse a la pintura y confrontarla en estados de gran exaltación que lo dejaban exhausto, sudoroso y con el pecho salpicado de colores. El aislamiento de la sociedad, la total enajenación cuando pintaba y los excéntricos rituales que llevaba a cabo en el ejercicio de su arte se han tomado como tempranas señales de desequilibrio mental. Pero es evidente que al retirarse a Macuto, Reverón estaba ejerciendo un acto de rebeldía contra los preceptos de la sociedad de su tiempo. Su aislamiento estaba destinado a liberarlo de todo lo superfluo para poderse concentrar en los valores de la vida y del arte, entre los que no contaba los hábitos de la cotidianidad urbana, pero sí el amor y la naturaleza. Reverón plantea una estrecha unión del arte con la vida abriendo camino a conceptos que han empezado a tomar carácter definitorio 50 años después de su muerte. Su aporte no consiste solo en haber descubierto determinados fenómenos ópticos o en la excelencia de sus ejecutorias, sino también en los señalamientos que hizo acerca de la humanidad a través de su desprendimiento de los estereotipos y de su concentración en los aspectos fundamentales de la creatividad y la existencia. Razón tienen los críticos que lo apodaron 'El iluminado'.

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