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| 9/24/2001 12:00:00 AM

El lado oscuro del corazón 2

Eliseo Subiela se empeña en que su personaje favorito, Oliverio, logre volver a volar.

El lado oscuro del corazón 2 El lado oscuro del corazón 2
Direccion: Eliseo Subiela
Protagonistas: Dario Grandinetti, Ariadna Gil, Nacha Guevara, Sandra Ballesteros, Manuel Bandera, Carolina Peleritti

La segunda parte de El lado oscuro del corazón es, quizá, mejor que la primera. O sea que apenas es muy mala. Hay que ponerle una estrella, creo, porque esas son las normas del Ministerio de Educación, pero la verdad es que podría ponérsele media. Si divierten su historia, sus frases ingeniosas y sus escenas robadas del futurismo, es porque ahora se es consciente de la farsa. Lo que significa que divierten por lo malas. Porque se hace evidente que su autor, el argentino Eliseo Subiela, les ha dado un marcado tono de comedia para que, cuando comiencen a lloverle las críticas, y se señale que su cine no hace poesía, los productores puedan responderle al público que todo era una broma.

Y no, no es una broma. Es en serio. Que se haya hecho una segunda parte nos demuestra, como para cerrar las discusiones que abrimos hace años, que todo era un engaño. Que era mentira. Que la idea era deslumbrar, y ya. O bueno, no, tal vez no haya mala fe en el proyecto. De pronto esté, detrás del desastre, una confusión sobre qué es y qué no es poesía. Sí, si bien no podemos decir con claridad que lo es, es fácil afirmar que no es poético, como cree Eliseo Subiela, todo aquello que sea ingenioso. ¿Por qué? Pues porque, en ese orden de ideas, “la bola va rodando, el tiempo va pasando” y otras frases de William Vinasco Che, por ejemplo, serían versos inolvidables. Y no, tampoco.

Oliverio, el personaje central de la película, regresa, nueve años después de la primera parte, sin nada de pelo y sin tanto dolor, a la búsqueda de una mujer a la que no deba lanzar al calabozo que tiene debajo de la cama: una mujer que lo haga volar. La Muerte y el Tiempo, así, con mayúsculas, lo rondan. La primera, que es una mujer sombría y está enamorada de él —las náuseas regresan, sí, es la secuela—, trata de convencerlo, con la asistencia del segundo, que parece un superhéroe tercermundista, de que, como morirá “el día menos pensado”, debe dedicarse a buscar al amor de su vida. Y él, que se siente solo, que ni siquiera se adapta a una mujer que lo enciende como a un bombillo durante el acto sexual, toma la decisión de viajar a Barcelona porque allá, en un pequeño apartamento del barrio Gótico, sometida por la rutina y los convencionalismos, está Ana, la prostituta que le enseñó a volar.

El encuentro es lamentable. Después de un rato descubren que ya no flotan ni nada, y ella confiesa, avergonzada, que ya no lee a Mario Benedetti. Que es como leer a Armando Manzanero, pero un poco peor. Aunque, claro, en los sospechosos términos de la película, leer al ingenioso autor de Táctica y estrategia estaría muy bien. Mucho mejor que leer a César Vallejo o a Walt Whitman, de quienes, si fuera consistente y responsable, Oliverio se alejaría de inmediato. Sí, que no los recite nunca más. Que se calle. Que no los toque. Que los deje en paz.

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