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| 3/13/1995 12:00:00 AM

EL MISTERIO DE ALEJANDRO

Aunque las primeras conclusiones sobre el hallazgo de la tumba de Alejandro Magno no son muy optimistas la discusión de los expertos apenas comienza.

EL MISTERIO DE ALEJANDRO EL MISTERIO DE ALEJANDRO
A CINCO AÑOS DE CULMINAR EL segundo milenio la arqueología y sus ciencias afines parecen estar en su cuarto de hora. En el corazón de París un grupo de expertos, entre ellos el colombiano Luis Gonzalo Valencia, vienen desempolvando, desde hace varios meses, importantes vestigios de los períodos merovingio y carlovingio que podrían revaluar la historia antigua de la Ciudad Luz. La misma Francia todavía no ha dejado de expresar su asombro por el descubrimiento, realizado hace pocos días por un equipo de espeleólogos, de cavernas prehistóricas mejor conservadas y tal vez más antiguas que las de Altamira y Lascaux, un suceso que ha estremecido a la comunidad científica internacional. Casi en forma simultánea, en Honduras otro conjunto de especialistas proclamaron el hallazgo de los rastros de una comunidad anterior a la civilización maya; y así... los arqueólogos del mundo andan alborotados, como intentando ver retribuida su paciencia, antes de que termine el siglo, con el hallazgo perseguido durante años y años de viajes y excavaciones.
A esta repentina ola de revelaciones se sumó la semana pasada la sospecha de otra no menos trascendental. La arqueóloga griega Liana Sowatzis no tuvo reparo en lanzar al mundo una proclama que iba a enloquecer de emoción a los historiadores del orbe: el hallazgo de la tumba de Alejandro Magno.
Muerto en 323 a.C. por una extraña enfermedad que muchos de sus seguidores atribuyeron a un envenenamiento, Alejandro el Grande, hijo del rey Filipo, de Macedonia, se convirtió en su momento en el hombre más poderoso del planeta. A los 17 años ya era comandante de los ejércitos de su padre y se daba el lujo de fundar ciudades. A los 21 asumió el trono macedonio y en escasos 12 años de gobierno expandió su reino desde Grecia hasta la India, sometiendo a su paso a Egipto y al amenazante imperio de Oriente llamado Persia. Jamás perdió una batalla, su poderío fue monumental y en general quedó retratado para la historia como un hombre de grandeza descomunal. No de otra manera se explica que hubiera construido un imperio semejante y morir en Babilonia, hoy territorio iraquí, antes de cumplir 34 años.
Aunque la gran mayoría de los expertos apuntan a que el cadáver de Alejandro fue trasladado a Alejandría, al norte de Egipto, para sepultarlo allí, su tumba se convirtió siglos más tarde en un verdadero enigma para los arqueólogos. Los 139 intentos por encontrarla han sido un fracaso. Tanto que los especialistas comenzaron a aventurar conjeturas acerca de la desaparición de la tumba de Alejandro como causa de un terremoto que habría, igualmente, sepultado la gran mayoría de los vestigios griegos y romanos en Egipto.
Pero todas estas suposiciones parecieron quedar también, por un momento, sepultadas por Liana Sowatzis y su equipo de colaboradores. Luego de sucesivas excavaciones, que le ocuparon más de cuatro años de investigación, la arqueóloga griega dijo haber encontrado la tumba de Alejandro a unos 25 kilómetros del oasis de Siwa, al oeste de Egipto. En Siwa estaba ubicado el templo del dios egipcio Amón, famoso por su oráculo. Alejandro lo visitó en 331 a.C. para consultarlo y, según algunas versiones, para de paso hacerse reconocer ante el mundo como hijo del dios. Según Calsineas, biógrafo de Alejandro, éste habría pedido, durante su visita al templo, que a la hora de su muerte fuera sepultado en él.
La leyenda llevó a la arqueóloga griega a excavar en la región, con la fortuna de haber encontrado algo similar a una tumba y en su interior dos placas inscritas con pasajes de la vida de Alejandro, incluido el de su muerte. Además la experta aseguró que los objetos encontrados alrededor hacían parte de la cultura macedónica y eran indicios claros de que se trataba de la tumba de AleJandro.
A pesar de que por un momento la noticia causó consternación mundial, la reacción de la comunidad europea de arqueólogos no se hizo esperar. La comisión de expertos enviada por el gobierno griego a Siwa para confirmar el suceso no dio muchas esperanzas al respecto. Yanni Tzedakis, director de antiguedades de Grecia, se encargó de aclarar que "evidentemente hay vestigios del periodo helenístico, pero lo más probable es que pertenezcan a una etapa posterior a la de Alejandro, tal vez unos 300 años después. Es más, aunque el descubrimiento es importante, no hay verdaderos motivos para asegurar que se trate de una tumba, ni mucho menos que sea la de Alejandro".
A los escépticos Liana Sowatzis los ha refutado con el hecho de haber encontrado entre los escombros la inscripción de la estrella octogonal que representa el escudo de Alejandro. Pero la verdad es que la discusión sobre la legitimidad del hallazgo apenas comienza. La revelación de la arqueóloga griega no ha hecho sino remover el espíritu de los expertos en la búsqueda de la verdad sobre Alejandro de Macedonia. Sin duda, el descubrimiento de la tumba sería uno de los eventos más importantes del siglo si se tiene en cuenta que Alejandro, quien llegó a convertirse con el tiempo en un verdadero persa, fue tal vez el eslabón más significativo del encuentro entre Oriente y Occidente y que hasta ahora los escasos documentos de la época sobre su vida no convencen a los expertos.
De esta manera, en estos años prolíficos en revelaciones, es probable que, de no ser cierto el hallazgo de la Sowatzis, en cualquier caso arqueólogos e historiadores vuelvan a lanzarse en una carrera frenética para desenmascarar el misterio alrededor de una de las figuras más prominentes de la humanidad.

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