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| 9/19/1988 12:00:00 AM

EL No.1 DE LA CULTURA

Jorge Semprún, comunista arrepentido, guionista de cine y hombre de letras, nuevo zar de la cultura en España.

EL No.1 DE LA CULTURA EL No.1 DE LA CULTURA
"Cuando quiero óír ópera, me voy a Nueva York" --explicaba el Director de Cultura, o algo así, del presidente de Colombia Virgilio Barco. Su colega español, Felipe González, acaba de seguir el ejemplo de Barco, pero a la inversa: necesitado de algo de cultura para su gobierno, se hizo traer un ministro desde París.

Le trajeron a Jorge Semprún. Antes que un ministro, un personaje mitológico. "Un héroe de nuestro tiempo", lo saludó la prensa de España por encontrar en él a ese hibrido tan poco frecuente que es el del intelectual hombre de acción. Hubo que buscarle, inevitablemente, el paralelo de André Malraux, que después de haber sido de todo en esta vida --ladrón de antiguedades orientales, novelista de fama mundial organizador de la lucha intelectual contra el fascismo, comandante de escuadrilla aérea durante la guerra civil española, jefe de una guerrilla de la Resistencia francesa, condenado a muerte, agitador electoral, historiador de arte, opiómano--acabó convertido en ministro de Cultura del general De Gaulle, antes de terminar sus días casado con una mujer que había sido muy bella, había sido muy rica y había sido muy poetisa, Louise de Vilmorin. Malraux no era un ministro de Cultura, sino la cultura del siglo XX.

Semprún no llega a ser, como Malraux, uno de los grandes escritores de este siglo, ni uno de sus grandes mitos intelectuales. Pero está cortado por la misma tijera. Hijo de un ministro republicano, nieto de un primer ministro del rey Alfonso XIII, Jorge Semprún se exilió en Francia con su familia, a los 15 años, cuando acabó la guerra civil española. Pero empezaba entonces la guerra mundial, y Semprún se alistó en las filas clandestinas de la Resistencia francesa contra la ocupación alemana. Cayó preso, y pasó el resto de la guerra en Buchenwald, uno de los campos nazis de la muerte. Liberado por la derrota de Alemania, ingresó al partido comunista. Pero no al francés, que por aquel entonces participaba efímeramente en el gobierno, sino al español: al de la resistencia contra la dictadura del generalísimo Franco.

A principios de los años cincuenta, Jorge Semprún regresó a España bajo el seudónimo de "Federico Sánchez". Era, dicen los que lo conocieron entonces, "un intelectual elegante y fascinador". Y era también, clandestinamente, uno de los tres principales responsables del partido comunista en el interior. (Los otros dos eran Simón Sánchez Montero y Julián Grimau, fusilado luego por Franco; los grandes dirigentes --la Pasionaria, Santiago Carrillo-vivían en el exilio). Eran años de represión dura, de cárceles y fusilamientos, que Semprún relataría más tarde en su "Autobiografía de Federico Sánchez", tirada en 1977 a cientos de miles de ejemplares. Años difíciles, pero Semprún nunca cayó preso. "Habla nacido--cuenta él que decia entonces una amiga suya--con una flor en el culo".

En 1964 fue expulsado del partido en una purga interna contra los que --ya entonces-querian "renovarlo". Se dedicó a escribir novelas en español y en francés --"El largo viaje", "La segunda muerte de Ramón Mercader", la "Autobiografía", "La Algarabía"--, y a hacer guiones de cine: La guerre est finie para Alain Resnais, "Z" y "La Confesión" para Costa-Gavras, "Las rutas del sur" para Joseph Losey. Se convirtió de nuevo en un "intelectual elegante y fascinador" --o siguió siéndolo--expulsado de su partido y obligado por eso, ya sin la protección relativa de la clandestinidad, a volver al exilio en Francia, donde permaneció hasta la muerte de Franco.

Siguió viviendo sobre todo en París, sin embargo, hasta que Felipe González envió a buscarlo para ofrecerle un cuarto campo de acción en su vida, pasados ya los sesenta años: después de la acción armada de la Resistencia francesa, de la acción política del partido comunista, y de la acción intelectual de la literatura y el cine, el campo de la acción estrictamente burocrática.

A ver qué hace. --

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