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- Foto: Víctor Galeano

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“La falta de consciencia es un crimen periodístico”: Juan Miguel Álvarez

‘Verde tierra calcinada’ es el más reciente libro del cronista bogotano. En él, desentraña las historias de numerosas víctimas del conflicto armado, al tiempo que retrata municipios marcados por la guerra y el olvido estatal.

Juan Miguel Álvarez (1977) tiene una ambición de vieja data: ser un periodista-escritor. A este cronista freelance, nacido en Bogotá pero con una estrecha relación con Cali y Pereira, los artículos de dos, cuatro o seis páginas se le quedan cortos. Aunque ha publicado gran parte de su obra en la revista El Malpensante, donde el espacio es mucho más generoso que en un diario, Álvarez se ha enfocado en ir guardando los temas que descubre en sus viajes para luego, con tiempo y esfuerzo, convertirlos en libros. Eso hizo con su primer libro, Balas por encargo, y ahora con esta novedad, Verde tierra calcinada*, ambos publicados por Rey + Naranjo.

El libro cuenta las historias de guerra y reconciliación de siete municipios colombianos a los cuales llegó, junto al foto-reportero Federico Ríos, como encargo del Proyecto Reconciliación Colombia de Publicaciones Semana. Aunque los viajes fueron en 2014, el proceso de escritura y edición duró cuatro años. Con una prosa ágil y certera, Álvarez cuenta el dolor y la angustia de las personas que han tenido a la guerra respirándoles en la nuca. Al mismo tiempo, logra reflexionar sobre los precios morales que debe pagar un reportero del conflicto armado en Colombia. SEMANA ahondó en estos temas con el autor:

SEMANA: En el primer capítulo usted deja claro que este libro tiene su origen en un trabajo encargado por el Proyecto Reconciliación Colombia. ¿Cómo nació la idea de volverlo un libro publicado por Rey + Naranjo?

Juan Miguel Álvarez: Yo siempre he tenido claro que cualquier trabajo que yo haga en la vida debe ser una puerta para hacer mi propia obra. Es decir: yo nunca me he concebido como un periodista de artículos semanales, ni siquiera mensuales. Siempre he querido ser un periodista-escritor, un tipo que publica libros, no artículos. Cuando me llamaron para hacer ese trabajo, sabía que iba a  hacer unos viajes que, de otra manera, nunca más podría hacer por los costos y la dificultad de acceso de esos sitios. Como tenía en mis manos un material tan valioso, desde el primer avión que tomé sabía que acababa de comenzar a hacer un libro.

SEMANA: ¿Cuál fue el mayor reto en torno a la edición? Usted ha mencionado que se demoró casi el mismo tiempo, si no más, editando que escribiendo.

J.M.Á.: Este libro, a diferencia del anterior, Balas por encargo, era un libro que surgía principalmente de mi memoria. No partía de una investigación muy sesuda sino del recuerdo, aunque hice reportería en todos los territorios: entrevistas y lecturas de documentos. Entonces, la primera escritura fue torrencial, pues escribí lo que recordaba de los viajes. Luego,  la edición fue drástica: de 220 páginas quedaron 180. Al editar, hice un ejercicio de contención, que es lo más difícil de hacer porque la memoria quiere contarlo todo. Digamos que la primera escritura fue visceral y la edición fue mucho más técnica.

SEMANA: En algunos fragmentos, Federico Ríos es una voz activa: pregunta, exclama, opina. ¿Cómo es trabajar con un fotoreportero tan involucrado como él?

J.M.Á.: Maravilloso, porque no es trabajar con el fotógrafo silencioso que está ahí como un observador omnisciente, medio fantasmal, a la cacería de una fotografía, sino estar con un reportero. Algunos fotógrafos son grandes observadores, pero Federico va más allá: consigue fuentes, tramita accesos. Eso hacía que mi trabajo se potenciara todo el tiempo. Trabajar con Federico, quien tiene semejante nivel de comprensión del país y que es capaz de conversar fluidamente con las comunidades, es una ventaja estupenda.

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SEMANA: Las fotos parecen estar ubicadas en el lugar ideal, texto e imagen siguen el mismo ritmo. ¿Federico también estuvo muy involucrado en el proceso de edición?

J.M.Á.: Las fotografías fueron decisión mía y de Raúl Zea, director de arte de la editorial. Si yo tenía que hacerle algo de edición a una fotografía, llamaba a Federico para preguntarle y siempre me dijo que lo hiciera sin problema pues confiaba en mi criterio. Él no tuvo ninguna preocupación con eso.

SEMANA: La estructura del libro llama mucho la atención. Las crónicas, que tienen el nombre de poblados o municipios, se entrelazan con las “Vueltas a la burbuja”. ¿Por qué sintió necesario incluir esos fragmentos tan reflexivos?

J.M.Á.: Porque un libro es un cuerpo vivo. A diferencia de una crónica publicada en una revista de periodismo literario, donde el texto debe tener un fin informativo, un libro permite escribir desde la hondura reflexiva. En este libro expreso la confusión moral que tenía cada vez que volvía a Bogotá y que era producida por el contraste de los dos países: el despedazado por la guerra y el virtuoso capitalino de cerveza BBC a $15.000.

SEMANA: ¿Qué tipo de preguntas se hacía en esas vueltas a Bogotá?

J.M.Á.: ¿Me siento bien con el mundo que tengo? ¿Me siento culpable por pertenecer a este mundo? ¿Me siento culpable porque más de medio país esté vuelto mierda por culpa de la guerra? Los momentos de reflexión tenían como objetivo que los lectores entendieran que los que escribimos sobre estos temas no somos un hielo, que siempre me pasaba algo internamente al salir y volver.

SEMANA: A partir del capítulo sobre Calamar, Guaviare, usted se cuestiona fuertemente por la validez o justificación periodística de hacer que una víctima cuente un testimonio doloroso. ¿Es posible hacer periodismo sobre el conflicto armado sin estos testimonios?

J.M.Á.: Yo creo que no se puede prescindir de esas voces, pero emocionalmente uno paga un precio muy alto. Hacer este tipo de periodismo tiene ese asunto, en mayor o menor medida uno termina devastado. Además, puede pasar que la víctima insulte al periodista por estarla utilizando sólo en función de la historia. La clave es tratar de que el esfuerzo emocional de la víctima y el precio moral que uno pagó  se vean recompensados en la transmisión de una historia con valor político y que le diga a este país algo. Ahí vale la pena.

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SEMANA: ¿Esa idea de responder con altura al testimonio lo motivó para seguir adelante con la escritura del libro durante cuatro años?

J.M.Á.: Uno toma la decisión de aferrarse a una silla, a un mismo tema, a una misma manera de escribir, a unos mismos personajes durante muchos meses o años. Si uno no está muy convencido del valor político o literario de un proyecto como este, lo abandona después de cinco meses. Yo tengo tres o cuatro libros olvidados en la memoria de mi computador. En cambio este libro, entre más avanzaba y entre más debate público había entre víctimas y victimarios, entre más ataques había al proceso de paz, más me convencía de que este texto tenía que llegar a buen puerto.

SEMANA: Los lectores perciben el desgaste emocional que le produjeron estas historias. En su caso, ¿cómo se repone de eso para luego volver a lanzarse a investigar otro tema sin volverse un cínico?

J.M.Á.: La opción del cínico es esta: me importa la historia en cuanto posibilidad literaria, pero no importa la persona, y esa opción abunda mucho en Colombia en diferentes campos del periodismo. La posición de mayor comprensión moral es: me importa la historia, pero me importa más usted como persona. Uno comienza la investigación con vigor y ánimo, pero a medida que va escuchando se deprime: hay pobreza, miseria, lejanía. Luego, cuando uno publica un texto que tiene dignidad tanto política como literaria, la emoción es enorme. En el momento que uno deje de sentir esas emociones, ese es el momento en que la escritura se industrializó. Ahí, uno tiene que dedicarse a otra cosa.  

SEMANA: A diferencia de muchas de sus crónicas donde el tono cambia dependiendo de la historia, todos los capítulos de este libro tienen una unidad estilística muy fuerte. ¿Cómo llegó a ese estilo?

J.M.Á.: Tiene que ver con dos cosas. Cuando se escribe crónicas para una revista jamás se va a lograr conseguir el tono de un libro periodístico. Ese tono es muy íntimo, emocional, y las crónicas en Colombia y en América Latina adolecen de distancia. Si uno es un cronista distante o aséptico, el editor lo aprecia más a uno. Pero en mi libro quería todo lo contrario: mostrar una mirada absolutamente honesta, con todos mis defectos y prejuicios. Le cuento al lector que veo con lo que puedo ver, como si me disculpara por no ver mejor. Tengo claro que los libros los escribo con mi voz interior, diferente a mi voz de cronista que está pendiente de los asuntos públicos y que necesita distancia para analizar y balancear.

SEMANA: Para obtener ese tono, ¿cuáles fueron sus referencias?

J.M.Á.: Mi libro pertenece a la escuela de la crónica de viaje anglosajona. Mis influencias fueron George Orwell, con Homenaje a Cataluña; Paul Theroux, con Las columnas de Hércules; V.S. Naipaul, con Entre los creyentes y Ryszard Kapuscinski, con un libro incomparable y hermosísimo, Un día más con vida. Además, el tono también nace del trabajo de campo. Si yo camino hasta cierta montaña, puedo describir el paisaje que sería imposible describir desde un escritorio en Bogotá. En los viajes hice movimientos que me permitieran tener varios ángulos del punto de vista, que me permitieran ser reflexivo y muy íntimo.

SEMANA: En más de un momento se llama a usted mismo “carita blanca de ciudad”. ¿En qué consiste y por qué creó esa expresión?

J.M.Á.: Nosotros somos unos ciudadanos muy privilegiados. Fuimos a universidades privadas, podemos comprar cualquier libro que queramos, escribimos en los mejores medios del país y nos leen. Cuando uno llega a estos sitios, de manera inevitable lo miran a uno como un privilegiado, y en efecto es así. No lo hacen para maltratar o juzgar, que puede pasar, sino porque saben que ese citadino carita blanca es diferente y saben que esa diferencia es infranqueable. Los campesinos, las minorías étnicas como los negros o los indígenas, las víctimas de la guerra, el llanero que enlaza el caballo en la estepa, saben que uno es un blanquito cara limpia de ciudad. Es inevitable. No ser conscientes de nuestros privilegios a la hora de escribir es un gran crimen periodístico, hay que saber dónde está parado uno para luego poder escribir.  

SEMANA: En su carrera, ha publicado muchas piezas en El Malpensante. Hubo una época que se centró en largas entrevistas: a Gerardo Reyes, Billy Corben, Javier Cercas. Después de tanto trabajar el formato de la entrevista de largo aliento, ¿qué considera indispensable al momento de hacerla?

J.M.Á.: Tiene muchas cosas difíciles, pero destaco dos. La primera es lograr que el esquema Pregunta/Respuesta no sea aburrido. Hay que imitar la dinámica de una conversación y alejarse lo más posible del interrogatorio judicial. El periodista debe exigirle al entrevistado con sus preguntas y dejar que las respuestas fluyan, con posibilidad de contrapreguntar para perfilar mejor. Lo segundo es el cara a cara con la persona porque ocurren muchas cosas. Puede que uno tiemble al momento de preguntar, o muestre inseguridad o mala preparación.  Esas actitudes, que uno cree que son menores, tienen su efecto en la respuesta. La manera como uno afronta al personaje marca mucho el éxito del texto final.

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SEMANA: Usted ha hecho perfiles de personajes del mundo cultural como Hernán Hoyos, y también ha participado en especiales audiovisuales sobre la historia cultural del Eje Cafetero. Sin embargo, parece que de tres años para acá, se ha enfocado de lleno en el conflicto armado. ¿Ha dejado de lado el periodismo cultural?

J.M.Á.: Sí y es un poco inevitable. En efecto me he alejado de los temas culturales en el periodismo por mantener la nevera llena. El periodismo de derechos humanos trata temas de mucha importancia para medios, oenegés, organizaciones internacionales. Eso genera un mercado más amplio de producción para un periodista freelancer como yo, pero es muy difícil que las ofertas de periodismo cultural tengan un mercado similar. Por necesidad periodística me he alejado, pero quiero volver a tener el ojo sobre temas de cultura.

SEMANA: En el capítulo final usted le da, por única vez en el libro, la voz a dos victimarios. Aclara que es muy importante, pero que no lo había hecho porque esas voces ameritan tener un espacio de peso propio. ¿Quisiera trabajar en un libro que explore la versión de los victimarios?

J.M.Á.: Por supuesto. Tres relatos de personas que empuñaron las armas en diferentes bandos y que me ayuden a responder la pregunta de por qué lo hicieron, que es la pregunta que debemos responder en Colombia: ¿Por qué mataron los que mataron? En el momento que respondamos esa pregunta como Estado nos podemos proveer los medios para evitar que vuelva a pasar. A punta de víctimas no vamos a resolver esto. Sus relatos son muy dolorosos, pero si nos quedamos solo con esa parte, la historia de la guerra queda incompleta. Necesitamos una epistemología completa del relato del conflicto en Colombia y, con eso, proponer políticas públicas que eviten que esto vuelva a pasar. Y tengo la impresión, porque no le he hecho un seguimiento detallado, de que esa pregunta no la estamos haciendo, ni desde la academia, ni desde el periodismo.

*El lanzamiento del libro será en el Gimnasio Moderno de Bogotá, en la Biblioteca Fundadores, el jueves 25 de octubre a las  6:30pm. Entrada libre.