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| 7/3/2000 12:00:00 AM

El placer se llama Martirio

‘Flor de piel’ es la incursión de la vocalista flamenca Martirio en el terreno de boleros y tangos. Ella los llama “cantes de la otra orilla”.

El placer se llama Martirio El placer se llama Martirio
Es muy posible que todas las canciones de este planeta traten de lo mismo, y lo único que varíe —aparte del idioma— sea el modo de entonar esas vivencias. En ese caso, la existencia de distintos géneros musicales se debería tan sólo a las diferencias de forma, pero no realmente a incompatibilidades de espíritu. Cuando la cantante española Martirio (Maribel Quiñones) anunció que quería grabar un disco de música latinoamericana, tal vez ni ella misma sospechaba que desafiaría las limitantes de los géneros y haría vencer, sobre todo, el sentimiento.

Y por eso, luego de unos segundos iniciales en que suenan curiosamente nuevos un bolero o un tango entonados con acento andaluz, entiende uno que lo que prevalece es la expresión pura, más allá de las formas. Al fin y al cabo el amor o la melancolía, las temáticas más presentes en este repertorio, son sentimientos universales. ¿Por qué ha de ser menos válido pasarlos a través de una guitarra flamenca o de las inflexiones del cante jondo?

Martirio ha sido siempre experta en derribar esos muros. El mundo la conoció a mediados de los 80 como integrante del grupo de rock Veneno. Pero a diferencia de tantas otras vocalistas pop de entonces, Martirio dejaba en claro que su arte era de aquí y allá: las gafas oscuras, propias de una estrella de rock, alternaban con peinetas y faldas de volantes que acusaban orgullo por su procedencia española. Su atavío es, por ende, la metáfora perfecta de su música.

Ella misma es a la vez muchas cosas. Abandonó el rock porque descubrió el jazz y trabajó con el pianista Chano Domínguez. Grabó un par de temas al lado del cubano Compay Segundo para el álbum Lo mejor de la vida (1998). Y ahora nos confiesa, en el disco Flor de piel, su pasión por la obra de grandes figuras de la canción latinoamericana como María Grever, Bola de Nieve o Carlos Gardel.

Esa trashumancia daría a sus detractores buen material para una crítica por inconstante, de no ser porque en su paso por cada uno de estos géneros prevalece la voz única y el sentimiento pleno al cantar. El cante jondo es apenas la técnica, la vestimenta de su voz, digamos. El verdadero placer al escucharla es el de sentir que cada frase está pasándole primero por el alma. Curioso placer llamado Martirio.

Y el subtítulo que escogió para este disco lo corrobora: ‘Cantes de la otra orilla’, que quiere decir que para ella todas las canciones comparten, en esencia, un mismo espíritu. No importa de qué lado del océano se ubique quien las compuso, el amor o la melancolía que habitan en estas canciones merecían desde siempre la voz de Martirio.

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