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| 3/26/1990 12:00:00 AM

EL PROXIMO AÑO A LA MISMA HORA

A toros la gente no sólo va a ver, sino a ser vista.

EL PROXIMO AÑO A LA MISMA HORA EL PROXIMO AÑO A LA MISMA HORA

Hace unos años hubo una película que se llamó "El póximo año a la misma hora" (Same time next year). Se trataba de un hombre y una mujer, cada uno casado por su lado, que, después de tener un affaire, decidieron perpetuarlo encontrándose un fin de semana cada año, por el resto de sus vidas. Esto, proporciones guardadas, es lo que le pasa a los aficionados a los toros en Colombia. Después de haber tenido su primer affaire con la fiesta brava, pasan el resto de sus vidas encontrándose durante los meses de enero y febrero, para renovarlo. La temporada taurina es un rito de unas pocas semanas en el que un grupo de personas, que nada tienen que ver las unas con las otras en su vida cotidiana durante el resto del año, hacen un paréntesis para compartir las emociones de las tardes dominicales de oro, sangre y sol.

La semana pasada terminó la temporada de 1990. Estuvieron ahí las mismas caras de siempre. Los criticos: Roseta, Eduardo de Vengoechea, Aldo Buenaventura, etc. Los ganaderos: Fermín Santamaría, Isabel Reyes, Antonio García, los Rocha, etc. Los fanáticos: Hernando Santos Pacheco, Juan Manuel Núñez, Camilo Llinás y, como casi siempre Fernando Botero, ya que la temporada taurina coincidió con la de él. Y obviamente estuvieron presentes, al igual que todos los años, las mujeres bellas. Porque en los toros la elegancia y el peligro no están circunscritos al ruedo.

Y es que en toros la gente no va sólo a ver, sino a ser vista. El espectáculo se da en el ruedo y en los tendidos donde, entre toro y toro, todo el mundo reflexiona sobre la pinta de los vecinos, los cambios de parejas de la nueva temporada y las huellas que ha dejado el paso del tiempo en los rostros conocidos.

Como cosa curiosa, a pesar de que los asistentes llevan años de años yendo a las corridas, son muy pocos los que entienden de toros. Las demostraciones de conocimientos promedio se limitan en hacer un murmullo de aprobación cuando el toro irrumpe en el ruedo a todo galope, y un murmullo de expectativa cuando al final de la faena, el toro junta las dos manos señalando que está listo para el estoque. Otro punto de consenso viene cuando el matador lanza la montera tras hacer el brindis. Si cae boca abajo es de buen aguero y la exclamación es de felicidad. Si, por el contrario, queda boca arriba, malos presagios se ciernen sobre la plaza. La explicación de esto, que pocos en la plaza conocen, es que, según la tradición gitana, una montera boca arriba semeja a un ataúd abierto.

También hay unanimidad en chiflar al picador cuando pica y en aplaudir cuando deja de hacerlo. Esta es una particularidad colombiana, ya que en cualquier otra plaza seria del mundo sucedería exactamente lo contrario.

De resto, en una plaza de toros nadie está de acuerdo con nadie, tal vez porque todo el mundo se cree un experto. Siempre, no importa donde se esté ubicado, hay al lado algún anónimo quien con gran vehemencia y autoridad, comenta la corrida en voz alta imponiendo su criterio sobre los vecinos. En tono medio español, aunque nunca ha puesto un pie en España, afirma que la pica es buena mientras todo el mundo chifla. Es el primero en decir que el toro "está flojo de remos", que "Se vence por el lado izquierdo" o que "es vizco de un pitón", sin que el auditorio sepa muy bien a qué se refiere.Cuando la faena es apenas efectista y los amateurs sacan los pañuelos blancos este personaje se para invariablemente energúmeno, mirando hacia la presidencia y agita la mano para que el trofeo sea negado. Si la presidencia está de acuerdo con él, aplaude solitariamente en medio de la rechifla del resto de la plaza.

Catorce mil cuatrocientas personas llenan todos los domingos de enero y febrero la Plaza de Toros de Santamaría y un número parecido lo hace en las de Cali, Medellín, Manizales y Cartagena. Una boleta de barrera puede costar hasta 13.100 pesos, mientras la más barata arranca en 1.000 pesos. Y con todo este dinero, se le paga a los ganaderos poco más de un millón de pesos por toro y a los toreros hasta 25 mil dólares por tarde. Durante los pocos años que dura el estrellato, los mejores de España se pueden ganar hasta dos millones de dólares anuales.

Las figuras de esta temporada fueron Roberto Domínguez, por España, y César Rincón, por Colombia. El primero, considerado con Espartaco y Ortega Cano, uno de los tres mejores del mundo, se ganará solamente en la Santamaría, cerca de 50 millones de pesos por cuatro corridas. Por su parte, César Rincón, el mejor pagado de los colombianos, marca cerca de 7 millones de pesos por corrida. Esto podría parecer mucho dinero pero, por lo menos en lo que se refiere a Roberto Domínguez, como dijo un aficionado, "le quedamos debiendo plata". La temporada, que estuvo bastante regular, sin Domínguez habría sido un fracaso.

Lo paradójico de toda esta afición es que los toros, en el fondo generalmente son regulares. Normalmente, de media docena de corridas no hay más que una buena. Y no hay nada más lánguido que una corrida mala. Con frecuencia, en toda una tarde, no hay más que un destello fugaz de buen toreo. Unos pocos pases en los que la sincronización entre un hombre, un toro y un trapo rojo adquieren la dimensión de arte. Pero son esos pocos segundos los que pagan el abono de toda una temporada y los que compensan tantas tardes oscuras. La temporada acaba de terminar y el domingo pasado a la salida, todo el mundo, sin hablar, se comprometió a cumplir la cita. "El próximo año a la misma hora".--

EDICIÓN 1884

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