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| 3/3/1997 12:00:00 AM

El quinto mosquetero

SEMANA publica en exclusiva apartes de la entrevista realizada por el periodista español Juan Cruz al escritor Arturo Pérez-Reverte a propósito de la aparición de su nueva novela.

El quinto mosquetero El quinto mosquetero
Como periodista, Arturo Perez-Reverte fue cronista de guerra durante 21 años, tiempo suficiente para haber cubierto desde Vietnam hasta Sarajevo. Como escritor, sus novelas han vendido más de dos millones de copias,una cifra que lo ha colocado como uno de los autores más leídos de Iberoamérica. Fiel a su estilo, Pérez-Reverte acaba de publicar una nueva novela, una historia de aventuras ubicada en el Siglo de Oro español con el nombre de El capitán Alatriste, que narra la vida de un espadachín a sueldo que se codea con personajes como Quevedo y Velázquez. El libro, cuya investigación histórica corrió por cuenta de Carlota Pérez-Reverte, su hija de 13 años, es un homenaje a sus lecturas de infancia, cuando aprendió a imaginar guiado por los pasos firmes de Athos, Portos, Aramis y D'Artagnan. Pérez-Reverte, el quinto mosquetero, habló con el periodista Juan Cruz sobre su oficio como escritor en general y sobre El capitán Alatriste en particular. SEMANA reproduce a continuación apartes de la entrevista.Juan Cruz: Hay novelistas que se quejan de que les cuesta escribir, que sufren para contar sus historias. Parece que ese no es su caso.Arturo Perez-Reverte: A mí me cuestan tiempo, nada más. Escribir es un acto maravilloso de felicidad y ensoñación. Hay, claro, una disciplina y un trabajo; pero yo escribo porque estoy muy a gusto escribiendo. Y te aseguro que cada trago de vino, y cada estocada que da Alatriste, soy yo quien ha dado las estocadas y quien se ha bebido los tragos. Yo soy sobre todo homo ludens. Mi principal baza es mi capacidad de jugar.J.C.: ¿Y es usted feliz leyendo?A.P-R.: Es que es lo mismo. Escribir es rehacer, actualizados o pasados por tus filtros, para tu mundo de ahora, los libros que amaste. Yo soy yo más los libros que he leído en mi vida.J.C.: ¿Cuáles son sus autores preferidos?A.P-R.: No es que sean los preferidos, pero hay tres autores que, después de leerlos, ya nunca fui el mismo. Hubo tres libros que me marcaron, que me hicieron dar pasos adelante en la dirección en la que iba en aquel momento. Esos tres libros fueron Los tres mosqueteros, a los 9 ó 10 años. La cartuja de Parma, a los 14 ó 15, y La montaña mágica, a los 18. Tuve la suerte de que los leí cuando tenía que leerlos.J.C.: ¿La disciplina de documentarse tiene que ver con el periodismo?A.P-R.: No. El periodismo me ha servido para ordenar el material con rapidez. La urgencia del periodismo me ha proporcionado un hábito de preparación rápida, un método operativo de adquisición de material, me ha dado reflejos.J.C.: ¿Y en cuanto al estilo?A.P-R.: Al contrario, mi estilo es una continua lucha contra los muchos vicios que me ha dejado el periodismo. Cuando cojo las redacciones de los 14 ó 15 años..., escribía mucho mejor entonces. Tenía la sintaxis más limpia, ahora está llena de contaminación, de muletillas, de vicios, adverbios, adjetivos. Pero tengo una ventaja, yo leo mucho, y tuve la suerte de que leí buenos libros, buenas ediciones, y eso me ha salvado un poco. En la duda siempre digo: a ver, san Pérez Galdós, san Valle Inclán, san Pío Baroja, san Joseph Conrad...J.C.: En su nueva novela, El capitán Alatriste, uno de los personajes señala que, pese a todo, el Siglo de Oro merecía la pena vivirse porque era la época de Velázquez, de Quevedo. ¿Por qué merecería la pena vivir la época actual?A.P-R.: Somos más mediocres que en el siglo XVII. Por desgracia, cuando ahora uno sale a la calle no se encuentra a Lope en el mentidero de San Felipe, ni a Quevedo haciendo sonetos en una taberna, ni a Alarcón, o a Velázquez pintando. Pero esos personajes existieron, y aunque ya no están, tenemos el eco de lo que nos dejaron: el museo del Prado, los rincones de las calles, la memoria nuestra como españoles. El capitán Alatriste es eso también, es una especie de recorrido de recuperación. Y aunque ya no existe gente de la talla ni de la grandeza cultural del siglo XVII, sí podemos al menos disfrutar con ellos, mantenerlos vivos y cálidos y utilizarlos en nuestro beneficio.J.C.: Como en otras novelas suyas, Alatriste es el héroe que lucha desde el lado de los humildes contra los poderosos. ¿Alatriste representa para usted el paradigma del hombre moderno?A.P-R.: Sí, yo creo que es el único héroe posible. Mis héroes no tienen un objetivo moral en sus actuaciones, más bien luchan por su supervivencia. Como han abjurado de todos los principios, esa lucha les lleva a plantearse el enfrentamiento; pero no es un móvil moral, es pura supervivencia. Van más bien a la contra de los canallas que por limpiar el mundo de canallas.J.C.: No es la primera vez que emplea la esgrima para proporcionar una defensa a sus personajes.A.P-R.: Aparte de que hay una fascinación personal, yo soy un tipo que creció con las novelas de espadachines. Entonces hay una especie de cuenta pendiente personal con este tipo de acción. Y después, me gusta el arma blanca, quizás porque me he pasado la vida viendo guerras donde se mata a distancia. Quizás por eso, en cierta forma, reivindico la forma de matar clásica. Yo mato, pero sé a quién mato, oigo su respiración, y después ese es mi fantasma que me tiene de pie por las noches, y tengo que verme la cara con ese fantasma, con ese remordimiento, con ese lastre, con la sangre que me ha manchado la mano. Matar es malo siempre, evidentemente; pero puestos a matar, es mejor matar cara a cara, asumiendo lo que significa. Por eso el arma blanca tiene, no digo nobleza, pero sí unas consecuencias morales para el que actúa, mucho más intensas y definitorias de su futuro, su personalidad y su tranquilidad espiritual que las armas que se emplean en la guerra moderna. Yo creo que cuando se dejó de matar con arma blanca se excluyó la piedad en las agresiones del hombre contra el hombre. Y cuando se agrede y no hay lugar a la piedad, es algo muy grave y sin retorno. Y ese paso tan grave es de las pocas cosas que he aprendido de verdad trabajando durante 21 años de guerras.

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