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| 7/31/2000 12:00:00 AM

En la vida real…

Detrás de algunos de los personajes más importantes de la literatura existieron hombres o mujeres de carne y hueso que los inspiraron.

En la vida real… En la vida real…
Madame Bouvary soy yo”. Esta confesión que hizo Gustave Flaubert una vez terminó su famosa novela ha trascendido con el tiempo pues, además de convertirse en una importante revelación, hizo que el escandaloso personaje necesariamente cambiara en la mente de los lectores. Algo parecido aseguró Milan Kundera sobre Sabina, la protagonista de su libro La insoportable levedad del ser. El es Sabina, la amante de Tomás y el permanente tormento de Teresa.

Pero no siempre los escritores emplean a sus personajes para representarse a sí mismos ni tampoco todos han surgido de la imaginación de los narradores. Hay algunos que han sido inspirados en seres de carne y hueso.

Entre las muchas interpretaciones que ha tenido La divina comedia, la que hizo Jorge Luis Borges señala que Beatrice Portinari, la mujer que inspiró el libro, siempre fue el amor platónico de Dante aunque ella ni siquiera llegó a acceder a la sonrisa que él le pedía. En La divina comedia ella finalmente sonríe. Gabriel García Márquez ha confesado que su personaje Jeremiah de Saint-Amour en El amor en los tiempos del cólera fue una evocación de un hombre que conoció en Aracataca cuando tenía 4 años. Le decían ‘Don Emilio’ o ‘El belga’. Ernesto Sabato también ha asegurado que el sargento Sosa, uno de sus personajes, nació de la mezcla de un obrero llamado Lorenzo Pepe y de un vecino suyo de nombre Custodio Díaz.

Las anécdotas sobre el tema son numerosas. En una entrevista que concedió a Eligio García el propio Sabato reveló que en una ocasión, cuando se encontraba en Manizales como jurado del festival de teatro, vio en las calles de la ciudad a Alejandra, la protagonista de su libro Sobre héroes y tumbas. La vio, tiempo después de haber escrito la novela, tal cual como la imaginó y como la había construido con su pluma. Los críticos llegaron a afirmar que Alejandra era el símbolo de Argentina, a lo que Sabato respondió irónicamente: “Me propuse poner una mujer muy argentina y lo bastante complicada como para que me apasionase a mí (no puedo escribir sobre personajes que no me apasionen). Una mujer con la que tal vez me habría gustado tener algo. Pero, por lo que veo, desearía acostarme con la Argentina”.

Mario Vargas Llosa ha insistido en que cualquier personaje tiene algo de autobiográfico y que la virtud del novelista no está en crear sino en disimular los sentimientos personales en la escritura. “En construcciones literarias que parecen producto de la pura fantasía se esconde en el fondo, como núcleo vital, como motor, un hecho al fin intrascendente de una existencia”, dice. Lo cierto es que estos personajes trascienden de tal forma que llegan al alma de los lectores y saber cómo nacieron siempre será una curiosidad casi inevitable.

EDICIÓN 1879

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