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| 4/23/1990 12:00:00 AM

EN VOZ ALTA

Reconocida como actriz, ahora Adelaida Nieto se descubre como interesante dramaturga.

EN VOZ ALTA, Sección Cultura, edición 412, Apr 23 1990 EN VOZ ALTA
El recurso es tan antiguo como el drama mismo: el teatro dentro del teatro. Pero no por ello ha perdido su atractivo poder asociativo.
Entonces más que un recurso, en "Una voz en el espejo" se transforma en un sustrato profundo y necesario en las exigencias dramáticas de la obra. Un sustrato oscuro, una fuerza indiferenciada, un emblema objetivo si se quiere, del inconsciente. Y como al principio fue lo indiferenciado, el caos y la oscuridad, conviene al origen de la obra pero, claro, no como su metáfora, porque allí no hay nada metafórico. Lo que hay son pasos, vacilantes o resueltos, desplazamientos, descensos y ascensos, y al final... el vuelo. De aquí que resulte secundario el hecho que en el texto literario sean tan reconocibles sus fisuras o que la obra se muestre de pronto débil en su aspecto formal o inapropiado el tono por momentos o también, que recaiga en el lugar común y por ello flote entre sus líneas una inocente incertidumbre.
Allí hay un pasado remoto, individual, acaso innombrable e inaccequible y por ello es un lugar vacio que ocupará ese otro pasado, imaginario, colectivo y transgresor: esa voz que configurará un misterio medieval, ese que define a María, el personaje incesante que representa Bárbara en algún momento de su vida.

Aunque se pueda limitar la obra a un tiempo y a un espacio bien definidos y se pueda circunscribir su acontecer a una anécdota de final dramático, lo escencial de la pieza, de su íntima construcción, no está allí, sino más bien en aquello que la desborda en sus pasos a uno y otro lado del espejo, en sus migraciones innombrables, en sus profundos e hirientes motivos interiores. Y si la autora ha logrado allí un cúmulo de aciertos, más que a la fuerza del texto, se debe a que ella ha sabido resolver con indudable tino y maestría el juego escénico de la experiencia límite, en la composición de los diferentes niveles con los que se articula la certidumbre. Esto es secundario porque si la estructura de la obra ha sido sólidamente construida, los problemas menores de ejecución y de forma no van a afectar de manera determinante la fuerza poética de su acción, ni su arriesgada impetuosidad.

Adelaida Nieto, quien escribió la obra como un reflejo arduo, duro y problemático de la vida, ha creado su personaje con verdadero carácter dramático y que si resulta enormemente inquietante es porque más que la figura del rebelde, ha proyectado la imagen del transgresor. Es el transgresor que va juntando sus pedazos dispersos para construir sobre sí mismo un dibujo terrible y fascinante. Y es que la obra está concebida como un torturado flujo de conciencia que en su larga marcha atrás va configurando, también, una toma de conciencia y por eso sus líneas dramáticas se prolongan hacia el pasado, hacia un sentido de la historia y también de su propia historia. pieza. En el sentido más inmediato está el discurso pasional de una mujer entristecida por la falsedad y la hipocresía que la rodea. Su tenaz determinación de poner en ridículo la imagen de su esposo, candidato de algún movimiento, si bien no comparte una elaborada crítica hacia lo político, por lo menos es un rechazo a un estilo y a la manera como se concibe esa actividad. El perfil rápidamente trazado de esta mujer provoca obviamente una identificación, que si se resuelve sobre la cotidianeidad es más intensa porque es proyectada, al cabo, sobre toda una condición existencial vivida por la mujer. La autora tuvo el arrojo de singularizar su escritura en términos eminentemente femeninos. Pero es claro que en la lucha que ella libra consigo misma, con su pasado, con su ideal, con sus fantasmas, no puede hacer honor más que a su verdad, en la desesperada fuga que la conduce al callejón sin salida en que se convirtió su existencia. La verdad del otro desaparece, no tiene la más mínima posibilidad de ser enunciada y menos articulada. Pero se comprende que no puede ser de otra manera ya que el retorno de lo largamente reprimido no tiene otra forma de enunciación: en el imperativo de su apremiante discurso se descubre su verdad, tan fuertemente arraigada al impulso de su catharsis.

Se diría que frente al mundo edificado por los hombres, la mujer levanta una arquitectura caótica y oscura, quizás como reflejo o paradigma, o quizás como resultado del choque con el mundo masculino. Y ese es un acto de su propia creación, de ahí que el final de la obra no provenga de un caprichoso impulso demencial, sino más bien de una necesaria y excesiva coherencia. Una idea de la vida, pero también una idea del arte se elabora y reelabora del principio al final de la acción ¿Acaso en su manera de representar el teatro dentro del teatro no es ya una forma de aludir al carácter ficticio del arte escénico?, ¿no es una "forma" de penetrar en la conciencia acerca de la naturaleza del arte?
El montaje ha sido realizado con un fuerte sentido de la experiencia escénica. Adelaida Nieto en su actuación tenía suficientes motivos para llevar un papel a un alto grado de mimesis, de lucido trabajo actoral. El director hizo lo más apropiado en este caso, sustraerse de toda visibilidad; retirarse discretamente para hacer que su presencia fuera casi intangible.
Carlos Duque desarrolló una idea justa, hermosa y equilibrada de la escenografía, con un exquisito sentido visual. -

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