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| 8/4/2018 6:15:00 PM

“En la ausencia de compasión y de solidaridad está el origen de la crisis europea”

Gaël Faye escribió ‘Pequeño país’, una de las novelas más exitosas en Francia en mucho tiempo, una narración conmovedora del genocidio de Ruanda y Burundi. Detrás también hay una cruda historia de inmigrantes.

Entrevista con Gaël Faye, autor de ‘Pequeño país’, una de las novelas más exitosas en Francia. 'Pequeño país' ha sido traducido a 30 idiomas. Desde 2016 se convirtió en un 'best seller' que, por ejemplo, ha vendido en Francia 700.000 ejemplares. Ya está disponible en Colombia. Foto: AFP

Su padre es francés, su madre ruandesa, pero nació en Buyumbura (Burundi), donde le tocó vivir parte de la guerra civil que se extendió durante 12 años (1993-2005) y dejó unos 300.000 muertos. Ese conflicto étnico entre hutus y tutsis luego se extendió a su vecina Ruanda en 1994, y causó en cuatro meses una masacre impresionante: unos 800.000 muertos.

Faye cuenta esta historia desde la óptica de un niño, y causó sensación en 2016 en Francia, donde recibió el premio Gouncourt de los jóvenes. Pequeño país hoy ha sido traducido a 30 idiomas. SEMANA habló con este hombre, además un reconocido rapero y economista.

SEMANA: Con su novela quería mostrar una África distinta, lejos de los estereotipos. ¿Tenemos una visión errónea de este continente?

GAËL FAYE: No es una visión errónea, el problema es que tiene solo un prisma. La región de los Grandes Lagos de África, donde yo nací, siempre se asocia con masacres y violencia. Y los medios de comunicación tienen mucho que ver, pero también hay un vacío: no tenemos suficientes artistas que balanceen esa historia. Durante mi adolescencia, en Francia, tuve un conflicto interior: descubrí que para muchos era un exiliado, un refugiado, alguien que venía de otro mundo. Por eso en el libro muestro una infancia y una adolescencia común en Burundi. Yo tuve las mismas inquietudes que otros niños, jugué los mismos juegos, practiqué los mismos deportes. Con mi novela, quería reflejar cotidianidad y no solo violencia.

SEMANA: ¿Por qué insiste en decir que la vida de Gabriel, el personaje principal de la novela, no es la suya?

G. F.: Existen muchos libros sobre lo que ocurrió en Ruanda y en Burundi. Mi trabajo no es un testimonio, como esas obras. Siempre hago ficción con mis canciones, con mis novelas, con mi teatro. ¿Qué tenemos en común? Los mismos orígenes: Burundi y Ruanda. Él vive en Burundi en un periodo político que yo también viví. Pero la diferencia es que él es consciente de lo que sucede a su alrededor. Yo, en cambio, viví esa época con el miedo, con el silencio, con lo irracional. 

SEMANA: Pero el conflicto es latente en la novela… 

G.F.: Escribí la novela en 2015, luego de los atentados en Francia. La guerra en ese sentido, como aparece en el libro, es una pintura impresionista, en donde el análisis, las miradas de un niño y la observación de los detalles construyen los hechos. ¿Sabe? Detesto una palabra: tragedia. La tragedia es el lugar del teatro donde los dioses deciden los hechos… la tragedia es el momento donde todo es ine-vitable. Y en la realidad, nunca sucede. La guerra no es inevitable, la causan decisiones: no podemos hablar de la tragedia de la región de los Grandes Lagos porque nada de eso era inevitable.

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SEMANA: En sus palabras, ¿cómo definir un conflicto étnico como el de Ruanda y Burundi?

G.F.: Una fractura entre la historia precolonial y la poscolonial cuando traficaron con nuestra historia y cultura la Iglesia católica, los colonizadores, los alemanes, los belgas, los políticos de todo tipo, los políticos tutsis, los políticos hutus. Las potencias extranjeras, como Francia y Bélgica, cometieron infracciones y errores durante las masacres. Es una historia compleja que todavía genera mucho debate. Pero es un trabajo que

tienen que hacer los historiadores.

SEMANA: Burundi y Ruanda sin conflicto, ¿cómo serían?

G.F.: No tengo la respuesta. Mi mente creció con esquemas que me impiden imaginar un Ruanda diferente, un Burundi diferente. Conozco más la cultura hollywoodense que mi propia cultura. No puedo responder a la pregunta. El genocidio y su estructura fueron una importación europea. La racionalidad del crimen, la organización, no existían antes.

SEMANA: En cierta forma, se percibe que ‘Pequeño país’ humaniza el conflicto, hay dignidad. ¿Quería transmitir esto?

G.F.: Quería sobre todo mostrar que no había buenos ni malos. Los medios de comunicación contaron esa historia maniqueísta durante la guerra. En la novela busco que todos mis personajes sean comprendidos. Alguien como Innocent (un personaje), a quien se puede despreciar mucho por lo irracional, tiene una lógica. Los malos y los buenos los distribuye la política. La literatura es donde nos acercarmos a una cierta emoción, a una cierta sensibilidad, donde miramos y comprendemos incluso el odio y el vicio.

"Los inmigrantes africanos somos franceses únicamente en la victoria"

SEMANA: Usted se fue a vivir a Kigali. ¿Quería conocer un país que no conoce?

G.F.: Cuando pequeño no conocí Ruanda. Supe de él a través del relato doloroso de mi familia, pero era una visión parcial. Quería conocer al país en su normalidad. Era importante para mí transmitir a mis dos hijos el mestizaje, no a través de un fantasma, sino de la realidad. Quería impedir que ellos fantasearan como yo lo hice con el país de mi madre. Muchos hijos de inmigrantes acá en Francia se imaginan su país de origen como algo completamente hermoso o feo, según el relato de los padres.

GÄEL FAYE tiene 35 años y es, además de escritor, un reconocido rapero que vivió una dura infancia en África, en medio del conflicto de Burundi, su país. Foto: AFP.

SEMANA: Luego de algunos años allá, ¿qué imagen tiene hoy de Ruanda?

G.F.: Es joven porque 1994 es el año cero. Tocaba reconstruir todo. El país se busca. Lo vemos en la realidad cotidiana. Por ejemplo, existe una fractura entre los padres y los hijos. Hay una parte de la juventud que no se definió con los esquemas étnicos de antes. Desde 1994 está prohibido ubicarse como miembro de una etnia, lo que era improbable antes, incluso para mí. Es un país que no se revela a primera vista. Entre más tiempo paso allá, me parece que es más difícil entenderlo.

SEMANA: ¿Pertenecer a una clase social acomodada en su país le permitió darle una perspectiva distinta al conflicto?

G.F.: Vengo efectivamente de una clase considerada alta en mi país. En Burundi, donde hay mucha pobreza y campesinos, basta vivir en la capital para que lo consideren rico. Pero mi familia ruandesa vivió modestamente en un barrio de refugiados. Tuve la suerte de conocer mejor el país porque mi padre amaba la naturaleza. Cuando no estábamos en la capital, íbamos al bosque. Mi padre atrapaba serpientes. Allí tuve ocasión de conocer los pigmeos, los twa, de los que hablo en el libro. Así conocí la realidad del país rural.

SEMANA: Ahora con el triunfo de Francia en el Mundial de fútbol parece haber una mirada positiva sobre los migrantes. ¿Cree que a través de la literatura también puede ocurrir?

G.F.: Es un debate complicado. La literatura no es una cuestión de inmigración, sino de sociedad. ¿Quién toma la palabra en los libros? Si la literatura francesa está hecha por hombres blancos de más de 50 años, que viven en París, no habrá una historia diferente. La diversidad es necesaria. Es importante que los jóvenes puedan escribir, que las mujeres, los negros y los árabes puedan hacerlo. El año en que salió mi libro, Leïla Slimani y otros autores franceses con orígenes diferentes publicaron y eso ofrece una visión distinta de la sociedad.

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SEMANA: Pero los eventos colectivos, como el Mundial, ¿contribuyen a una mirada diferente sobre los inmigrantes?

G.F.: En 1998, cuando Francia ganó su primer mundial, teníamos el slogan Black Blanc Beur (Negro, Blanco, Árabe)… Las palabras black y beur son deformaciones para decir negro y árabe. Pero blanc (blanco, en francés) no cambia. ¿Por qué no podemos decir negro y árabe? El tema es sensible. Francia en ese entonces descubría su mestizaje. Hoy no hay eslogan, pero existe mucha sensibilidad. Lo demuestra el debate entre el embajador francés en Estados Unidos y un humorista sobre el origen africano de los jugadores de la selección. Para el embajador, esos jugadores eran franceses y no podían ser africanos. Debemos buscar el equilibrio, ¿por qué no pueden ser franceses con orígenes distintos? Somos franceses, pero pareciera que únicamente en la victoria. 

SEMANA: ¿Qué piensa de la acogida de refugiados en Europa?

G.F.: Me escandaliza. Me parece que Europa no está a la altura de los principios que fundan sus textos, su moral, su historia, la idea misma de Europa, sin mencionar Francia… En esa ausencia de compasión y de solidaridad está el origen de la crisis europea. Los europeos se encierran en ellos mismos, se ufanan de sus identidades fantaseadas. Pero Europa es un continente de inmigraciones. Hoy, cuando se rechaza un barco como el Aquarius con 600 personas… ¿quién puede pensar que 600 personas pueden desestabilizar un continente de millones de personas? Hay una crisis de utopía y de ideales que es peligrosa.

SEMANA: ¿Cómo traduce su música en literatura? 

G.F.: Una novela es la prolongación de una canción, pues esta es una forma reducida y concisa de un cuento. Una melodía bien hecha no puede ser muy intelectual, no debe ser percibida con el cerebro, aunque haya una intención.

SEMANA: ¿Y cuál medio cree que tiene mayor impacto dentro del público?

G.F.: En muchas sociedades, como en Burundi o en Ruanda, la música une. No se puede concebir una fiesta, una celebración o una reunión sin música. Leer es marginarse, de cierta manera. La literatura es un viaje solitario que no se comparte como la música.

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