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| 12/4/1995 12:00:00 AM

ESE OTRO QUE TAMBIEN ME HABITA

Dos novelas suyas a punto de aparecer confirman que el poeta Darío Jaramillo aspira a ser tan leído en prosa como en verso.

ESE OTRO QUE TAMBIEN ME HABITA ESE OTRO QUE TAMBIEN ME HABITA
EN CLARO DESAFIO A LA TECNOLOGIA y para sorpresa de quienes como García Márquez encontraron en el computador la bendición de los escritores, Darío Jaramillo Agudelo escribe a mano en libretas de taquigrafía. Lo hace, eso sí, de noche, al igual que muchos de sus cómplices, pero no a diario. Adquirió el hábito de los fines de semana hace 10 años, cuando asumió la Subdirección Cultural del Banco de la República y sus ocupaciones ejecutivas desplazaron poco a poco sus ambiciones literarias al breve lapso que hay entre el viernes y el lunes siguiente. "Por suerte existen los festivos", afirma uno de los más destacados representantes de la poesía colombiana contemporánea y quien, luego de varios años alejado de sus publicaciones personales -salvo el divertimento llamado Guía para el viajero, de 1991-, hoy está a punto de reencontrarse con sus lectores con dos novelas y un libro de poemas.
El de poesía nació de un reto que le propuso el pintor Antonio Roda. "Los poetas son muy pedantes, le dijo el maestro al poeta en tono humorístico, siempre son ellos los que piden a los pintores ilustrar sus poemas y nunca sucede al contrario". Jaramillo captó la intención de Roda y fruto de esa indirecta es el libro que aparecerá a final de año con el título Del ojo a la lengua, en el que 12 dibujos abstractos de Roda tendrán la interpretación de Jaramillo hecha palabra en una edición especial realizada por Taller Arte Dos Gráfico.
En cuanto a las novelas, una de ellas es sobre fantasmas y será publicada por Norma, luego de una apuesta que Darío Jaramillo le hizo a la editora Margarita Valencia: "Todavía existen los fantasmas en la literatura", inició el diálogo Darío hace algunos años; y ante la incredulidad de su interlocutora, continuó: "Si soy capaz de escribir una novela con fantasma, tú me la publicas". El resultado es una historia contemporánea que Jaramillo tituló, precisamente, Novela con fantasma y es probable que aparezca en las estanterías en la próxima Feria del Libro de Bogotá.
La otra se llama Cartas cruzadas y verá la luz a finales de este mes bajo el sello editorial de Alfaguara, seis años después de haber sido concebida por su autor, a mediados de 1989, cuando notó desde la ventana de su habitación en su casa de Medellín cierto ritmo indeclinable en la cotidianidad de su vecina de enfrente. La anciana iba y venía, de día y de noche, por el balcón del enorme apartamento recién regalado por su hijo, quizás un acelerado multimillonario hecho magnate a expensas del narcotráfico. Darío pensó entonces que en la historia de aquella madre había una novela. Y si bien partió de la imagen de su vecina, la historia final terminó siendo una totalmente distinta de la idea original.
"Es una serie de cartas -entrelazadas con un diario- que se envían los protagonistas, cada una con diferentes versiones de los mismos hechos y que en últimas son de alguna manera el reflejo de la sociedad contemporánea", comenta Darío Jaramillo. En medio de múltiples tramas con sus propios desenlaces, que suceden entre principios de los años 70 y comienzos de los 80, aparecen en la novela temas de la más diversa índole, desde teorías ingeniosas sobre el arte de la seducción y la infidelidad hasta la descripción del mundo universitario y las consecuencias del comercio de cocaína.
Su condición de lector voraz y poeta irremediable le facilitaron adquirir desde joven la disciplina del escritor -virtud fundamental del novelista que consiste, precisamente, en escribir-, y además de tres libros de poemas había publicado ya una primera novela en 1983: La muerte de Alec. Para ese entonces Darío Jaramillo, más que novelista era un poeta consumado que incluso ganaría el Premio Nacional de Poesía en 1987 y viviría tiempo después la retribución de su público, cuando uno de sus poemas -aquel que comienza "Ese otro que también me habita..."- salió elegido el mejor verso de amor en el marco del evento 'La poesía tiene la palabra', que viene organizando desde hace varios años la Casa de Poesía Silva.

INERCIA DE MONOPODO
El azar de la violencia colombiana sumaría una condición más a su disciplina. En enero de 1989, mientras abría el portón de la finca de su amigo, el famoso arquitecto ya fallecido Fernando Martínez Zanabria, sintió bajo sus pies la explosión de una bomba que le destrozó el tobillo derecho. Pronto ambos supieron que el atentado era contra El Chuli, pero Darío había asumido los estragos de la pólvora. Recluido en su casa de Medellín, primero incapaz de caminar y luego pudiendo caminar muy poco con ayuda de una prótesis, Darío Jaramillo tenía todo el tiempo para observar y pensar. "Preso en mi inmovilidad, el ambiente estaba dado para escribir, afirma. En mis condiciones, empecé a hacerlo casi por inercia de monópodo". De esa inercia de monópodo, que lo llevó a dedicar docenas de fines de semana a su tarea, salió una primera versión de Cartas cruzadas, la cual terminó a principios del 91 después de haber llenado 33 libretas de taquigrafía escritas por una sola cara. Dejó reposar la novela un año y le sacó una copia mecanografiada con el ánimo de practicar la prueba de Flaubert, quien solía corregir sus textos mientras los leía en voz alta. Jaramillo hizo lo mismo pero con ayuda de una grabadora. La novela ocupó 21 casetes. Volvió a escribirla y a principios del 94 su secretaria levantó en computador la versión que finalmente en enero de este año presentó a la editorial. "Yo, que le temo a la lectura de los libros demasiado largos, terminé escribiendo una novela que en un comienzo ocupó 900 páginas en la edición definitiva tien 592", dice Darío con cierta ironía; pero es que llegó u momento en que los personajes empezaron a vivir y no hubo manera de atraparlos"
Los tres libros por salir, nacidos de extenuante jornadas al frente de su libreta taquigráfica, son el reflejo de que las ocupaciones de administrador cultural no han impedido que Darío Jaramillo siga siendo el poeta intacto de su juventud. Por el contrario, ese otro que también lo habita lo ha transformado también en novelista.

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