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| 5/9/1988 12:00:00 AM

"ESTOY HASTA LA CORONILLA DE LOS EFECTOS ESPECIALES"

STEVEN SPIELBERG

"ESTOY HASTA LA CORONILLA DE LOS EFECTOS ESPECIALES" "ESTOY HASTA LA CORONILLA DE LOS EFECTOS ESPECIALES"
La última película de Steven Spielberg, "El imperio del sol", se exhibe actualmente en Colombia. Adaptada al cine por Tom Stoppard, de la novela autobiográfica de James Graham Ballard, la película narra. La historia de Jim, un niño inglés de 12 años, quien es separado de su familia en Shanghai en 1941 y es internado en un campo japonés durante cuatro años. Spielberg concedió una entrevista a "The Guardian" de Londres. SEMANA reproduce los apartes principales, por considerarla de interés para sus lectores.

P.: "El imperio del sol" es tanto un gran espectáculo con una taquilla de 35 millones de dólares, como una película íntima.
STEVEN SPIELBERG.: Fue un reto para mí poner una cantidad de ideas personales en la narración de la vida de un joven que se comportaba como el niño chiquito que nunca fue. Cualquier rasgo de inocencia que pudiera conservar fue destruido para siempre cuando fue lanzada la bomba de Nagasaki.

P.: Al final, Jim se reúne con sus padres, pero no es un final feliz convencional, porque el joven que regresa no es su pequeño, sino un sobreviviente.
S.S.: Exactamente. Es también la historia de cómo alguien se vuelve un escritor de ciencia-ficción: J.G. Ballard basó "El imperio del sol" en sus propias experiencias. Siempre pensé que escribir ciencia ficción era la cosa más racional de hacer para alguien que ha vivido algo tan irracional como la guerra. Encontré similitudes extraordinarias entre el niño que Ballard había sido y yo. Me hubiera gustado ser él --sí, estaba celoso de Jim. Siempre tiendo a hacer películas sobre personas a las cuales me gustaría parecerme.

P.: Hay un característico toque Spielberg en todas sus películas. Uno se pregunta si es un pequeño escondiéndose detrás del gran director en que se ha convertido, o un gran director ocultándose detrás del niño que sigue siendo.
S.S.: Me escondo, porque sinceramente no creo que yo sea tan interesante como las historias que quiero contar o los caracteres que quiero llevar a la pantalla. Un profundo complejo de inferioridad tine la forma como me miro a mí mismo. Soy un romántico. Necesité mucha autodisciplina filmando "El imperio del sol", para no imponer mi visión romántica usual en un mundo de guerra.

P.: Pero usted no se mantuvo enteramente en esa dirección...
S.S.: No, porque al final encontré un elemento romántico en la historia de Ballard: el amor de Jim por los aviones, no por la gente. Al comienzo de la película es un niño rico y malcriado.

P.: Usted hace lo correcto cuando lo muestra así. De esa manera los espectadores no se encariñan con él desde el comienzo.
S.S.: Quise por sobre todas las cosas evitar sentimentalizar su experiencia.

P.: Lo único que es terriblemente sentimental es la música de John Williams.
S.S.: ¿El coro del final fue demasiado para usted?
Sí.
S.S.: Quería recordarle a la gente que en su temprana infancia Jim cantaba en un coro, para sugerir que en el curso de un día que destruyó su inocencia, las voces de su infancia atormentaron su memoria --y la nuestra.

P.: La violencia no es precisamente su tema, ¿verdad? Sólo la filma convincentemente cuando el propósito es entretener, pero. parece contenerse cuando el tema es serio.
S.S.: Es cierto. Me encanta lo violento, películas espectaculares como "Los cazadores del arca perdida" o "Indiana Jones", porque la violencia en ellas se justifica. Pero cuando abordo historias de la vida real, la violencia deja de ser estimulante y se vuelve auto-indulgente.
Fui muy selectivo y cauteloso en el uso de la violencia en "El imperio del sol". En un drama de la vida real es muy fácil ir demasiado lejos, con el resultado de que los espectadores se sobresaltan, pero también pierden sus mecanismos emocionales de defensa: se sienten impactados, pero no conmovidos.

P.: Yo sentí mucho que no se ex tendiera la filmación en Shanghai. Usted filmó la ciudad en forma soberbia.
S.S.: Cuando filmé las escenas de multitudes en Shanghai, las visualicé como la crecida de un río. Continuaba viendo analogías acuáticas con los ojos de mi mente --el flujo y el reflujo, el borboteo, los remolinos y el golpe de las aguas que hunden y ahogan las calles y las casas. Era una forma de hacer tangible el pánico-- las mezcladas aguas de chinos y extranjeros huyendo de sus perseguidores japoneses, todos barridos por la marea prácticamente incontrolable.

P.: ¿Tenía en mente otras escenas de multitudes?
S.S.: No, no estaba inspirado por las famosas secuencias de Eisenstein, sino más bien por los documentales que muestran la evacuación de las concesiones de Shanghai en 1941, con rusos blancos, franceses, holandeses e ingleses, tratando todos de abandonar la ciudad en botes.

P.: ¿Hubo grandes problemas técnicos?
S.S.: Sí, tuve que dirigir siete mil extras chinos --trabajadores, estudiantes, turistas-- que nunca antes habían visto una cámara. Pero todo salió bien, gracias a que yo mismo los dirigí (con la ayuda de cinco intérpretes) y los traté con el respeto que se les debe a los actores profesionales.

P.: ¿Cuántas cámaras utilizó?
S.S.: No muchas. Todos los movimientos de las multitudes fueron tomados con dos cámaras. Pero tenía que ser extremadamente preciso en la forma como montaba cada escena y siempre tenía en mente la edición final. Lo difícil era dar la impresión de filmar la escena indiscriminadamente, como en un noticiero mientras creaba al mismo tiempo un movimiento continuo de un lado al otro de la pantalla --la corriente de que hablaba antes.

P.: La película cambia la clave completamente, después de la primera hora que tiene lugar en Shanghai.
S.S.: Si, se vuelve otra película; empieza en el campo japonés donde es internado Jim, y el cual recreamos en España. En este aspecto me mantuve fiel al libro --Ballard afirma que es ahí donde empezó su nueva vida. Es ahí donde las cualidades del actor que hace el papel de Jim, Christian Bale, son cruciales. Lo vemos madurar y crecer física y mentalmente a lo largo de la película. Al final de la historia, en 1945, se supone que tiene 15 años y aparenta tener 15 años. Pero solo tenía 12 cuando hicimos la película.

P.: ¿Cómo lo descubrió?
S.S.: Vimos cuatro mil niños. Personalmente les hice audiciones a 400. El fue el quinto. Era la primera semana de audiciones. No podía creer en la suerte que había tenido y pase cuatro meses más viendo otros candidatos --hasta que me di cuenta que era el correcto.

P.: ¿Cuál método de trabajo utilizó con él?
S.S.: Le hablaba mucho y le remedaba lo que tenía que hacer.

P.: ¿No podía evitar que saliera a flote el actor que hay en usted?
S.S.: No, porque si él hubiera reproducido exactamente lo que yo estaba haciendo, su desempeño hubiera sido espantoso. Su propio talento de actuación, inteligencia, aún genialidad, lo hicieron capaz de asimilar mis sugerencias y transformarlas de repente en algo totalmente británico.

P.: Hay muchos aviones en esta película, como en muchas de las que usted ha hecho.
S.S.: Siempre me han fascinado los aviones, especialmente los viejos. Cuando era pequeño, en los años 50 y 60, armaba modelos de la Segunda Guerra. No me interesaban ni los misiles, ni los jets.

P.: ¿Se imagina usted mismo como un heroico piloto de guerra?
S.S.: Hice lo que Jim hace al comienzo de la película. Lograba hacer decolar mis aviones antes de prenderles fuego, de tal forma que podía ver cómo se estrellaban. O también echaba toda mi flota de buques a la piscina, me trepaba al tejado con mi ametralladora de plástico y los hundía a todos. Después, mis padres me hacían poner el vestido de baño para que limpiara el fondo de la piscina, lleno de restos de naufragios.

P.: ¿Le daba sensación de poder ser capaz de librar usted solo una guerra?
S.S.: ¡Claro! Me daba al menos el poder y la autoridad de un Eisenhower. Era una hermosa visión esa de los barcos hundiéndose y los aviones incendiándose y cayendo. Pienso que fue lo que probablemente me convirtió en cinematografista --quería recapturar esos momentos excitantes de mi vida.
No soy un buen contador de historias, lo digo con franqueza. Muy pronto me convencí de que si les decía a mis amigos: "Hago mis aviones para incendiarlos mientras vuelan", ellos no me iban a creer. Me hubieran dicho: "Tus padres nunca te dejarían hacer eso".Por eso, cuando tenía 12 años, empece a hacer películas. Así podía probarles a mis amigos que no estaba mintiendo, que los recuerdos son volátiles y preciosos y que vale la pena conservarlos. Sí, realmente pienso que fue por eso que empecé a hacer películas.

P.: ¿Utilizó modelos a escala?
S.S.: No. La secuencia donde los japoneses son atacados desde el aire, fue filmada con Mustang P 51 reales de la última guerra. Estaban funcionando perfectamente. Pertenecían a coleccionistas privados y con frecuencia hacen parte de espectáculos que se presentan alrededor del mundo. Contratamos un equipo de pilotos acrobáticos ingleses, "Los bombarderos".

P.: ¿Y los aviones japoneses?
S.S.: Eran Mitsubishi Cero. Los únicos modelos a escala que usamos fueron bombarderos americanos B 21 y el avión japonés que explotó en pleno vuelo. No quería que "El imperio del sol" fuera otra película de efectos especiales.¡Estoy hasta la coronilla con las películas de efectos especiales! Sólo los he usado cuando no había otra salida humana o financieramente, para llevar a escena una idea. Cuando filmo una película basada en la vida real, los efectos especiales son superfluos.

P.: ¿Asume riesgos?
S.S.: ¡Claro! Siempre lo he hecho. Me arriesgo cuando no hago lo obvio o no escojo la alternativa segura, como las películas de aventuras o de, ciencia ficción, y me obligó a abordar otro género como "El color púrpura" o "El imperio del sol".

P.: "El color púrpura" le causó problemas, ¿no es cierto?
S.S.: No propiamente problemas. El rodaje fue una delicia, algo así como unas vacaciones de verano. La película tuvo mucho éxito en la mayoría de los países. Pero naturalmente algunos críticos no pudieron aceptar que una película hecha enteramente con negros podía ser realizada por mí.
Hubiera sido totalmente diferente si hubiera sido filmada por Sidney Poitier --exactamente de la misma manera-- o aún por otro director balnco, como Sidney Lumet, quien tine credenciales impecables como fensor de causas. Los críticos no me autorizaron --sí, autorizar es la palabra-- para hacer "El color púrpura". El público, del otro lado, lo hizo. Con "El imperio del sol" ha sucedido exactamente lo contrario. Obtuvo muy buena crítica, pero mucho menos buena taquilla. Es como si el público se hubiera quedado mudo --tal vez no lo encontraron suficientemente "spielbergiano". No quiero sonar como un excéntrico, ni hablar como Shirley McLaine, quien se comunica con el otro mundo, pero realmente creo que los cinematografistas tienen un sexto sentido. Ellos saben qué quieren ver aún antes de que aparezcan los primeros afiches en las carteleras. No estoy diciendo que el público es siempre acertado desde el punto de vista artístico. Si cantidades de personas van a ver "Tres hombres un bebe", por ejermplo, no significa necesariamente que la película sea buena artísticamente hablando. Simplemente significa que estaba en el menú en ese momento y que el público sintió que prefería un escalope de ternera más que unas salchichas. En o que a mí respecta, ofrézcame escalope de ternera todos los días en lugar de "Tres hombres y un bebe".

P.: ¿Siente la misma disposición cuando va a realizar un "Indiana Jones" que antes de hacer una película como "El imperio del sol"? S.S.: No. Me oculto a mí mismo cuando preparo un "Indiana Jones" Pero para "El imperio del sol" era yo mismo, y un adulto por primera ve en la vida. "Indiana Jones" es entretenimiento, vuelvo a ser niño, me deleito, mi cara se siente untada con algodón de azúcar...

P.: ¿No es difícil cambiar de estado de ánimo?
S.S.: No es difícil, es vital, porque creo que la prioridad de cada adulto debería ser escapar del atractivo proyecto de una vida burguesa sin sobre saltos. Me siento capaz de pasar una otra vez de la responsabilidad a la frivolidad. Requiere práctica. Uno tiene que saber que para volver al estado de gracia, a la infancia, todo lo que hay que hacer es quitarse las gafas de adulto por un rato. Es lo que estoy haciendo ahora, cuando voy de "El imperio del sol" a "Indiana Jones III". Y es lo que haré cuando vaya "Indiana Jones III" a otra película --una película muy adulta, muy seria, una historia de amor...

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