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| 10/10/1988 12:00:00 AM

INTERIORES

El Glasnost permite conocer, por primera vez, la verdadera historia del genio soviético del cine, Sergei Eisenstein.

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Así como Peer Gynt, el vigoroso personaje de Ibsen, atraviesa una tormenta de hojas secas que son sus pensamientos inconclusos y sus actos inacabados, de tal manera Serghei Eisenstein se imagina a sí mismo al escribir las páginas dispersas que fueron sus memorias: atravesando tormentosamente los 50 años de su vida. Una vida consagrada al arte, a la reflexión estética, al cultivo de la inteligencia, a la construcción de la que ha sido considerada la más formidable formulación de una teoría cinematográfica y, claro está, una vida vivida en función de la realización de un cine, que marcó profundamente una de las más brillantes épocas de su historia.

Son numerosas las biografías que se han escrito sobre Eisenstein y no son pocos los estudios acerca de su obra, ni los análisis y comentarios, tan exhaustivos como exigentes de sus películas, desde los primeros documentales hasta la altamente dramática "Iván, El Terrible".

Dado el carácter críptico del Estado soviético, la imagen de Eisenstein sólo ha venido apareciendo gradualmente, con mayor nitidez a medida que los tiempos del "aggiornamiento" han soplado sobre la gestión oficial. Son conocidos los lamentables episodios de las persecusiones de la censura, que han logrado ocultar partes fundamentales de su obra sin las cuales el conocimiento del genial director sería solo fragmentario.
Los tiempos han cambiado y en los últimos 20 años puede decirse que se ha perfilado por fin la imagen definitiva del más estimulante hombre de cine. La edición de un libro de memorias, "Yo, memorias inmorales", ha contribuido enormemente a ello.
Aquí aparece Eisenstein, el teórico y el hombre de letras, el hombre apasionado, el viajero, el solitario, el amante, el observador agudo y el hombre atormentado. Y las revelaciones de toda una vida se suceden una tras otra: en realidad, cada uno de los 44 breves capítulos aporta un nuevo punto de vista, ya sea de su manera de entender el arte o de la existencia misma. De Quincev. Bernard Shaw, Gordon Craig, Marcel Proust, Maeterlinck, Chaplin, Stefan Sweif, Schopenhauer aparecen en una reflexión personal en un relato vivido, en una relación de hechos curiosos, pero siempre ligados fortuitamente a una narración, que más que en el formalismo trascendental de las memorias, tiene sus raíces en la escritura automática de los surrealistas. Un tema sucede a otro por pura asociación de ideas y no bajo los imperativos de un plan trazado de antemano.

Si bien estas "Memorias inmorales" lo son porque no tienen propósitos moralizantes ni pedagógicos, y porque han sido extraídas de la vida personal profundamente experimentada, no poseen sin embargo el propósito de relatar episodios escabrosos, pero tampoco recalar en una obra teórica. Son, más bien, pequeñas narraciones memorísticas que aparecen porque su autor quiso dejar vagar su recuerdo por el pasado, como le gustaba hacerlo entre los vendedores de viejo y los viejos anticaurios.
Entonces surgen las anotaciones imprevistas, las nuevas conclusiones, los retratos de quienes fueron sus amigos, la estampa de un viaje y también la exigente y cruel autocrítica. Pero aunque escribiera sobre su impresión de personas o paisajes sociales o culturales, aun sobre hechos menudos de la vida, Eisenstein estaba escribiendo en realidad sobre sí mismo. Y así lo reconoció. Por primera vez, puede decirse sin error, Eisenstein se nos presenta en estas "Memorias", verdadera, total y sinceramente de cuerpo entero. Ha sido necesario que transcurriera un largo tiempo para ello. Y nos ha llegado al conocimiento actual no como un héroe, sublimado por la revolución, ni como un disidente rescatado por la reacción, sino naturalmente conservando su talento y su carácter, que proyecta en estos escritos más allá de las circunstancias históricas o del "hombre reflejado en la conciencia" de su época. El propio Eisenstein lo advierte cuando señala que en estas memorias puede comprenderse el proceso mediante el cual un hombre llega a convertirse en lo que realmente llegó a ser. Y de Eisenstein se ha dicho que fue el último hombre del Renacimiento. --

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