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| 12/11/1980 12:00:00 AM

Karajan: el inmortal

Esta antología le rinde homenaje al director de orquesta más famoso de los últimos 50 años.

Karajan:  el inmortal Karajan: el inmortal
Dicen que en una oportunidad Herbert von Karajan tomó un taxi y el conductor le preguntó "¿A dónde le llevo?". "A donde quiera, en todas partes quieren verme", respondió. No es verdad, pero podría serlo: ningún director del siglo XX -quizá de todos los tiempos- logró el prestigio que él mismo cimentó, un poco contra viento y marea.

Porque Karajan fue una especie de sobreviviente artístico de la guerra. Primero porque padeció el odio visceral que despertaba en Wilhelm Furtwängler, quien entonces era titular de la Filarmónica de Berlín. Después se le sindicó de haber accedido a la dirección general de la Opera de Berlín por recomendación expresa de Goering, su protector (Goebbels lo era de Furtwängler). El odio con Furwängler era mutuo: en 1951 demoró el inicio de una función en Bayreuth: cuando se enteró que éste se encontraba en la sala se negó a salir hasta tanto no abandonase el teatro.

En 1954 murió Furtwängler. Para entonces Karajan era el más prestigioso director de Europa, había sobrevivido a las acusaciones por su militancia en el nazismo y hasta sedujo a los franceses, pese a que durante la guerra dirigió en la Opera de París para celebrar la entrada de los alemanes; la Filarmónica de Berlín le ofreció la dirección titular y aceptó, pero no en las condiciones de su antecesor y rival: midió sus fuerzas y exigió un nombramiento vitalicio. Los filarmónicos bajaron la cabeza.

Karajan dejó de ser un director para convertirse en un fenómeno, pues hasta atrajo la atención de Theodor Adorno, uno de los grandes pensadores alemanes del siglo, y John Culshaw afirmó: "Sin buscarlo, llenó el vacío que dejó la muerte de Hitler en esa parte de la siquis alemana que ansía un líder".

¿Cómo lo hizo? Tan sencillo como decir que con su arte. De los grandes directores del siglo fue el paradigma de la corriente 'clásica': poseyó una técnica por fuera de cualquier sombra de duda, no se permitía la subjetividad, era austero y preciso en el podium, y como cualquier director, buscaba la perfección del sonido. ¡Y la alcanzaba!, algo que muy pocos logran.

Esa relación íntima y trascendental entre Karajan y su orquesta es el tema de la colección Karajan forever, de Deutsche Grammophon, que trae el testimonio de su arte en 10 álbumes dobles que resumen las facetas más relevantes de su arte sinfónico, desde Bach y Vivaldi hasta Dvorak, Smetana, Sibelius, Debussy, Ravel y Richard Strauss. Por una especie de fortuna Colombia es el único país del mundo donde la colección ha llegado con precio inferior al internacional.

Algo que vale la pena no pasar por alto es la parte visual de las carátulas de los discos. A simple vista llaman la atención las fotografías que desafían el tiempo y parecen realizadas ayer, pese a que Karajan murió en 1989 a los 81 años: cuatro lo muestran reflexivo, en otra trabaja en la consola de sonido (una de sus obsesiones) y en cinco está, o bien conduciendo, o bien al lado de vehículos.

Es la mejor metáfora y testimonio del hombre y el artista que, en 1929, al ser nombrado director de la Opera de Ulm cuando enviaba su ropa a Salzburgo para que su madre la lavase, con su primer sueldo compró una Harley-Davidson. Luego, en 1938, cuando logró el reconocimiento internacional adquirió un BMW deportivo y no mucho después un yate que bautizó 'Karajanides', porque en el 55 celebró su nombramiento en Berlín con una limosina de lujo. Por fin en el 89 adquirió su propio Jet Falcon 10.

Su obsesión por la velocidad y el riesgo van más allá de la anécdota. Hay que tener un poco de sentido del peligro y mucha autoridad para manejar autos de velocidad, para comandar un yate en alta mar y para pilotear un avión, pero también hay que ser muy frío y calculador para conseguirlo.

Así era Karajan. Capaz de enfrentar la música de Bach y Vivaldi con orquesta de instrumentos modernos en plenos tiempos de la restauración del sonido 'de época', con el rigor para hacer un Mozart "turbulento pero sin caer en el patetismo", de dirigir las sinfonías de Beethoven con ferocidad y transparencia, pero también con un legítimo sentimiento de grandiosidad, a Brahms con la complicada dualidad clásico-romántica, a Dvorak como "si de un ensayo que se convierte en presentación se tratara", a Grieg y Sibelius para "dar rienda suelta a su fiebre romántica", a Tchaikovsky sin eludir la carga emocional y sentimental que demanda.

Pero donde se revela como un auténtico genio es en la música francesa que, pese a las apariencias, es muy calculada y cerebral: no en vano de su versión del Bolero de Ravel se ha dicho que hacia el final la orquesta "no sin ironía, suena como una banda de jazz".

Karajan parece negarse a convertirse en un mito porque sigue vivo y continúa 'siendo' uno de los más grandes directores de nuestro tiempo, y el necesario punto de referencia de su arte y de una manera de hacer la música: apolínea y no dionisíaca.

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