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| 8/26/1996 12:00:00 AM

LA CASA GRANDE

En dos años de actividades, la Casa del Teatro se ha convertido en uno de los observatorios de la dramaturgia más interesantes del país.

LA CASA GRANDE LA CASA GRANDE
En la antigua sinagoga del barrio La Soledad, de Bogotá, algo nuevo está pasando. En el ir y venir de jóvenes dramaturgos, niños vestidos de carnaval y maestros consagrados, esta casona austera de tres pisos y miles de recovecos es hoy uno de los termómetros que mide la temperatura de la nueva dramaturgia nacional. Por la marginalidad de las actividades teatrales y por su ritmo lento, la Casa del Teatro Nacional quizá todavía no ha sido reconocida en su justa dimensión por el grueso del público. Pero, sin temor a exagerar, aquí se está gestando el nuevo movimiento teatral colombiano. Este proyecto no salió de la nada. Al contrario, es una de las últimas etapas de la Fundación Teatro Nacional. Quizá a muchos sorprenda saber que esta Casa dedicada a fomentar expresiones vanguardistas como la danza contemporánea, el 'teatro a domicilio', la cuentería o los textos de autores inéditos, tenga un lazo de sangre con la Fundación de Fanny Mikey, conocida precisamente por inventarse en Colombia un concepto diametralmente opuesto: el del teatro comercial. Pero, según Clarisa Ruiz, directora de la Casa del Teatro: "no se trata de una contradicción ni un cambio de rumbo, sino de la última etapa de un proceso ". La Fundación Teatro Nacional es más que la figura vital de Fanny Mikey, las puestas en escena para el gran público y los exuberantes festivales Iberoamericanos. Detrás hay una filosofía concreta que ha llegado a través de 15 años a la mayoría de puertos que se ha propuesto. Y La Casa del Teatro es la última de esas estaciones en su camino, después de la construcción de las salas de La Castellana y la de la calle 71. Hace dos años, buscando un espacio para ampliar las bodegas del Teatro Nacional, sus directivos descubrieron que la antigua sinagoga de la comunidad judioalemana estaba en venta. Y ésta les cayó como anillo al dedo, por su generoso espacio y su ubicación en la ciudad. Sin embargo, semejante descubrimiento ameritaba un uso más extensivo que el de una simple bodega. Desde entonces, bajo la batuta de Clarisa Ruiz, el alma del proyecto, se fue gestando la idea de convertirla en un gran observatorio cultural. Esta disponibilidad de espacio coincidió con el programa de las becas de Colcultura a las artes dramáticas, gracias a las cuales muchos grupos nuevos podían montar sus obras pero luego no tenían donde presentarlas. También era un momento en el que los alumnos de la Escuela Nacional de Arte Dramático y la Escuela Superior de Artes de Bogotá empezaban a madurar muchos de sus proyectos. Así fue surgiendo un fructífero matrimonio entre una entidad promotora de nuevos talentos y una de montajes que no contaban con los medios para su propia promoción. El resultado ha sido el rico abanico de obras y actividades que han desfilado por este escenario abierto: bailarines como Alvaro Restrepo y Humberto Canessa, cuenteros como Nicolás Buenaventura y Carolina Rueda, dramaturgos como Fabio Rubiano y Juan Luis Restrepo, teatreros de otras ciudades como Cristóbal Peláez, del Matacandelas, y Gilberto Martínez, de la Casa del Teatro de Medellín, han debutado en la capital en este sitio apacible y mágico, siempre dispuesto a acoger en su seno los brotes de una nueva expresión teatral. Esta intensa actividad, unida a sus talleres permanentes para niños, jóvenes y adultos, una videoteca con la memoria visual del Teatro Nacional y los Festivales Iberoamericanos, y un concepto integral de arte que acoge exposiciones de pintura, fotografía e incluso muestras gastronómicas, le han dado un estilo único a sus actividades. Gracias a ella, la tradicional atomización de las actividades dramáticas del país se ha visto contrarrestada por la unidad que le imprime este coherente proyecto que este mes cumple dos años de actividades ininterrumpidas. Tal vez sólo sea un grano de arena para las apremiantes necesidades de la escena colombiana, pero sin duda sí es una luz en la construcción de la joven dramaturgia nacional que merece hoy el reconocimiento de los artistas y de ese público que, entre otra cosas, también está ayudando a formar.

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