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| 1/12/1987 12:00:00 AM

LA GUERRA DE LOS TITULARES

En el fragor de la información macabra sobre la matanza del Pozzeto, la prensa olvidó a veces ciertos detalles de interés

LA GUERRA DE LOS TITULARES LA GUERRA DE LOS TITULARES
Matanzas como la del restaurante "Pozzetto" no son solamente acontecimientos criminales. Son también, y casi en primer lugar, acontecimientos periodísticos. Ha llegado a decirse que son producidos por la propia prensa: los desequilibrados, los sicópatas, los esquizofreno-paranoicos (pues todos esos rótulos reciben, de acuerdo con las inclinaciones del experto consultado) cometen sus espectaculares crímenes con el objeto de salir en las páginas de los periódicos. Y el hecho es que salen --cuando no se ha dado el caso de que las docenas de sicópatas, esquizofrénicos y paranoicos que se contentan con vagar mendigando por nuestras grandes ciudades hayan merecido el mismo tratamiento.
Es el antiguo "complejo de Eróstrato", llamado así por el hombre que en el año 356 antes de Cristo prendió fuego a una de las Siete Maravillas de la Antiguedad: el Templo de Diana en Efeso. Eróstrato cometió su crimen con el propósito exclusivo de que se hablara de él. Los efesios, para evitar que el ejemplo cundiera, condenaron a muerte a quien mencionara su nombre. Y sin embargo, quien se salió finalmente con la suya fue el propio Eróstrato: incendió el templo, y se habló de él, y se sigue hablando de él. Hasta el punto de que hoy el famoso Templo de Diana es conocido casi únicamente por haber sido el edificio que Eróstrato incendió.
A pesar de los dos mil trescientos años que tiene el precedente, es decir, más años de los que tiene la prensa, esta, petulante, sigue reaccionando como los efesios cuando se presenta un hecho semejante: preguntándose si no será conveniente silenciarlo para impedir que se repita. El columnista de El Tiempo, Enrique Santos Calderón, plantea así si tanto despliegue periodístico en torno al crimen "no será el caldo de cultivo de futuros Campo Elías". Del mismo modo que hace treinta años, en la época de las matanzas cotidíanas de la Violencia, los directores de periódicos suscribieron un "pacto de caballeros" comprometiéndose a no mencionarlas con el objeto de que no se siguieran cometiendo. El pacto no funcionó (como no había funcionado la prohibición de hablar de Eróstrato), ni se cumplió. Pero su espíritu sigue inspirando esas denuncias que reiterativamente hace la propia prensa sobre la "mala prensa": como si el hecho de ignorar las malas noticias las evitara. Es un rezago del pensamiento mágico: también en tiempos de Eróstrato era costumbre matar al mensajero portador de malas nuevas.
Sin embargo, es un hecho que el "complejo de Eróstrato" existe. Se cometen crímenes terribles con el único objeto de salir en los periódicos, y esto va desde los rutinarios atentados de propaganda que ejecutan los grupos terroristas, hasta casos extremos como el de aquella presentadora de la televisión norteamericana que se suicidó en pantalla, mientras daba las noticias, porque quería que su muerte fuera transmitida en vivo y en directo en hora "triple A". Y ni siquiera esto es novedoso: hace treinta años se suicidó ante los micrófonos de la radio, "en el aire", el político cubano Eduardo Chibás, como dos mil y pico de años antes, en los mismos días del incendiario Eróstrato, un filósofo sofista llamado Peregrinos se había arrojado vivo al cráter del volcán Etna para llamar la atención del público sobre sus teorías.
Pero más interesante que el exhibicionismo, criminal o suicida, es el fenómeno de retro-alimentación que se produce en la prensa en estos casos. Así, por no perder la macabra "chiva" que habían dado sus competidores, las demás cadenas de televisión retransmitieron (tal vez ex usándose por hacerlo en diferido) el suicidio en pantalla de la presentadora. La competencia entre los medios obliga entonces a explorar todas las posibilidades macabras del suceso, inclusive las más inverosímiles: la especulación arbitraria sobre la posibilidad de que el asesino de "Pozzetto" hubiera perdido los testículos en el Vietnam, lanzada al viento por un cronista de El Tiempo, o la afirmación gratuita de que se trataba de un "superespía" porque su pasaporte registraba diversos viajes (argumento que convertiría en una verdadera Mata Hari al ubicuo ex presidente Misael Pastrana). Y también, al lado de tales seudoinformaciones, otras informaciones derivadas que le brotan como parásitos a la información original: el falso cura que reclamó el cadáver, las colas de deudos que fueron a llevarle flores al cementerio para tener, ellos también, sus segundos de pantalla o su cuota de página impresa.
Y en medio de tantas crónicas y subcrónicas, noticias y para-noticias, titulares escandalosos y especulaciones delirantes, ciertos detalles más prosaicos de la información propiamente dicha se pierden o no despiertan interés. El el caso, por ejemplo, de los casquillos de las balas. Sólo un periódico, Occidente de Cali, y solamente en un rincón perdido de la página 7, menciona que además de las balas calibre 32 largo procedentes del revólver del asesino fueron halladas en el restaurante vainillas de munición de revólver calibre 38, de pistola de 45 milímetros y de pistola de 9 milímetros.--

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