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| 9/18/2000 12:00:00 AM

La historia sencilla

La más reciente película de David Lynch es, al final, la historia de un aprendizaje.

La historia sencilla La historia sencilla
Ese es Alvin Straight. Es un anciano. Ya casi no puede moverse, pero, sometido por el peso de todos sus recuerdos, y convencido de la necesidad de hacer un sacrificio, se ha despedido de su hija y ha decidido recorrer, a bordo de su pequeña podadora John Deere, los 500 kilómetros que separan a Laurens de Mount Zion. Quiere pedirle perdón a su hermano. Quiere sentarse con él a ver las estrellas.

La historia sencilla ocurrió en la realidad y a David Lynch le fascinó desde el comienzo. No sólo le daba la oportunidad de contar la aventura de un hombre comprometido con un horizonte. Podía acercarse, también, a la inquietante imagen de un viejo que, gracias a la lentitud de una cortadora de pasto, deja atrás el peso de todo su pasado. Y, sobre todo, a la posibilidad de narrar, de nuevo, una historia puramente cinematográfica.

Sus pesadillas fueron el origen de Cabeza borradora. La deprimente biografía de John Merrick fue el punto de partida de El hombre elefante. Los abismos personales, los misterios cotidianos y la imagen de una oreja mutilada le dieron forma a Terciopelo azul. Una novela y una ironía sobre la base de El mago de Oz consiguieron Corazón salvaje. Pero siempre, detrás de todas las películas de David Lynch, ha estado la oportunidad de lograr, para el espectador, una experiencia de ángulos, planos y sonidos.

La historia sencilla, gracias al pulso de Lynch, es, entonces, un relato que sólo nos podría dar el cine. La música de Angelo Badalamenti le ha dado el eco que tanto necesitaba. La fotografía de Freddie Francis y el diseño de Jack Fisk han sabido retratar ese horizonte. Richard Farnsworth, en el papel de Alvin Straight, ha dado una lección sobre la precisión de la mirada. Y Sissy Spacek ha compuesto, sin problemas, a una hija que vive por su padre y, al tiempo, a una madre que trata de olvidar el dolor de no ver a sus hijos.

En manos de cualquier otro director podría haber sido, solamente, un viaje a 10 kilómetros por hora, pero Lynch, célebre por poner en evidencia el horror que subyace en lo cotidiano, ha conseguido, una vez más, una fascinante parábola sobre nuestro paso por el mundo. La historia sencilla es el curioso relato de un viaje de aprendizaje. Pero esta vez, como en El mago de Oz, no es sólo el viajero sino todos aquellos que éste encuentra en su camino, quienes, gracias al accidente de conocerlo, aprenden su lugar en el mundo.

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