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| 11/4/1996 12:00:00 AM

LA POETISA DE CRACOVIA

Con la obtención del premio Nobel de Literatura a la poetisa polaca Wislawa Szymborska se le acabaron sus plácidos años de anonimato.

LA POETISA  DE CRACOVIA LA POETISA DE CRACOVIA
La noticia era sin duda una de las más felices que había recibido en su historia como escritora, y el premio ni se diga: 1.200.000 dólares, suficiente para vivir cómodamente por el resto de sus días. Sin embargo lo primero que sintió Wislawa Szymborska al escuchar su nombre como Premio Nobel de Literatura 1996 fue angustia. El implacable sortilegio de la popularidad se le vino encima: "Esta es una situación difícil. Normalmente soy alguien que gusta mucho de su vida privada y ahora puedo avizorar que se avecinan algunos momentos difíciles", atinó a decir la poetisa polaca en sus primeras declaraciones a la prensa. Fue la misma sensación que sintió Gabriel García Márquez en 1982, cuya primera reacción en México ante la noticia fue salir despavorido a esconderse en la casa de Alvaro Mutis; y la misma de Czeslaw Milosz, el poeta polaco que pensó seriamente en retirarse de su oficio después de su elección como Nobel en 1980. El propio Milosz se encargó de advertirle desde Berkeley a Szymborska sobre las consecuencias del premio: "Wislawa, estoy conmovido y orgulloso. Si puedes, esquiva a los periodistas, escóndete donde sea. Yo mismo experimenté cuán penoso es el primer año como Nobel. Lo único que te quita es un tiempo que debiera estar destinado para escribir".
Pero la advertencia le llegó tarde. Acostumbrada al anonimato del pequeño hotel para escritores en Cracovia, a sus 73 años Wislawa Szymborska tendrá que soportar de ahora en adelante la sensación ambigua de la popularidad. Por un lado, el orgullo por el convencimiento de que su poesía ha violado el privilegio de los intelectuales para volverse patrimonio universal. Por el otro, la angustia del acoso de la prensa, de los organizadores de conferencias, de los críticos y de los nuevos lectores, capaces de hacer de su galardón un pequeño infierno.
Y es que Wislawa Szymborska, nacida en Bnin, pueblo de la región de Poznan, el 2 de julio de 1923, es particularmente tímida. Amante del silencio y el sosiego, satisface su talento analítico apenas desde las columnas literarias de las revistas culturales de Polonia y Francia, pero no duda un instante en evadir las conferencias y las entrevistas. Graduada en filología y sociología de la Universidad Jagellona de Cracovia, ocupa su tiempo entre las traducciones del francés y su creación poética, una obra filosófica escrita casi a la manera de aforismos existenciales que, sin embargo, conserva la frescura de la vida cotidiana. Aunque sus contemporáneos no discuten su trascendencia en las letras universales, Szymborska es ajena a los halagos propios y, más bien, protege su fama ante los expertos con una modestia que, según muchos, no corresponde a su grandeza: "Soy consciente de que el Nobel de Milosz era mucho más importante", dijo a la prensa mientras sus colegas hablaban de ella como una de las más grandes poetisas de Europa.
Sus poemas forman un hermoso y rico abanico de preguntas sobre el hombre y sus paradojas, una especie de sentencias inquietantes sobre el devenir del hombre en el espacio y el tiempo que le tocó vivir. La profundidad de su obra, unida a la exquisitez de su lenguaje, por demás de difícil traducción, la han hecho merecedora del gran premio de la Academia Sueca, el noveno que se le concede a una escritora y el quinto otorgado a un polaco, después de Henryk Sienkiewics, Wla-dyslaw Reymont, Isaac Bashevis Singer y Czeslaw Milosz. Pero serán la historia y sus lectores los que den verdadero sentido a su producción, pues incluso ella misma, como todo poeta, se ha negado a definir su obra. "Me sentiría como un insecto que por causas desconocidas él mismo se apresurase a la vitrina y se sujetase con el alfiler".
Por: Wislawa Szymborska, traducción A. Sobol-Jurczykowski
Pudo ocurrir.
Tuvo que ocurrir.
Ocurrió antes. Después. Más acá. Más allá.
No te ocurrió a tí.
Te salvaste porque fuiste primero.
Te salvaste porque fuiste último.
Porque solo. Porque la gente. Porque a la Izquierda.
Porque a la derecha.
Porque llovía. Porque la sombra.
Porque era un día soleado.
Por suerte había un bosque.
Por suerte no había árboles.
Por suerte un riel, un garfío, una tabla,
un freno,
un marco, una curva, un milímetro, un segundo.
Por suerte en el agua flotaba una navaja.
A causa de, ya que, y sin embargo a pesar de...
¿Qué hubiera pasado si la pierna, la mano
por un paso, por un pelo de la coincidencia?
¿Estás pues? ¿Directo del instante recién abierto?
¿Un solo ojo en la red y tú por ese ojo?
No termino de admirarlo, de callarlo.
Escucha
que rápido me late tu corazón.

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