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| 10/17/1988 12:00:00 AM

La sonora Celia

Una vez más y cada vez mejor, Celia Cruz vuelve a Colombia, acompañada ahora por la Sonora Matancera.

La sonora Celia La sonora Celia
Aunque hace más de 30 años visita frecuentemente el país, cada vez que regresa se agotan las localidades de los sitios donde se presenta. Celia Cruz, la Reina Rumba, se ha mantenido desde 1950 como la figura máxima de la música cubana. Esta mujer, nacida en La Habana hace 60 años, ha sido testigo de todos los cambios que se han dado en la música caribeña en los últimos tiempos, especialmente a partir del triunfo de la revolución cubana.
Nacida en un hogar acomodado, Celia parecía destinada a la docencia y por eso su familia la envió a la universidad para que se preparara como maestra. Sin embargo, por cosas del destino, un día fue a parar en un programa radial para aficionados y desde entonces no ha parado de cantar. Su nombre está íntimamente ligado con el de la orquesta más famosa de Cuba, la Sonora Matancera a la que se unió en 1950. De ahí en adelante todo ha sido triunfo. Lleva grabados 71 discos de larga duración, que han sido éxito de ventas en todos los países de la cuenca del Caribe y en los Estados Unidos. Ha alternado con las figuras máximas de la música latinoamericana y, hasta el momento, no ha aparecido otra mujer capaz de poner en peligro su trono.
Celia ha interpretado todos los ritmos caribeños, desde el son hasta el merengue, pasando por el guaguancó, la rumba y la guaracha. Su primera gran época se desarrolló en los años 50, cuando se hizo famosa con la Sonora, con temas tan populares como "Burundanga", "Dile que por mí no tema" (su canción favorita) o "Yerbero moderno". Eran otros tiempos y Celia vivía cómodamente en La Habana, a la que añora volver algún día. En 1959 llegó al poder Fidel Castro y en 1960 Celia Cruz se fue de Cuba rumbo a Nueva York, "sin que me echaran, sin que me pisaran los callos, porque la decisión la tomé yo", le comentó a SEMANA.
Fue un momento en el que se presentó un corte abrupto, no sólo en la vida de la artista sino en el mundo de la canción caribe. Celia recuerda que en esos primeros años de la década de los 60 hubo un bajonazo en la música, que luego resurgió bajo la etiqueta de "Salsa" --un nombre tan génerico e impreciso como el de boom, con el que se rotula a ciertos escritores latinoamericanos. Lo cierto es que en Nueva York surgió un movimiento de compositores y cantantes de origen hispano, que recogían en los viejos ritmos campesinos de Cuba, Puerto Rico o República Dominicana, su nueva situación de inmigrantes. Hubo una influencia mucho más marcada de ritmos como el jazz, y la manera de interpretar la música también cambió: "Ahora hay bajos eléctricos, sintetizadores y otros instrumentos que dan un sonido más moderno. Además, la duración de los temas se ha alargado y canciones que en los 50 yo cantaba en 2 ó 3 minutos, ahora las hago en 6". Por lo demás, básicamente los ritmos son los mismos.
En un comienzo, recién llegada a Nueva York, Celia Cruz no ocultaba para nada sus sentimientos contra el nuevo régimen cubano, lo que no le dio buenos dividendos, ya que en ese momento muchas personas miraban con simpatía a la naciente revolución.
Celia aprendió la lección y hoy en día evita tocar detalladamente el tema, aunque afirma que no ha perdido la esperanza de regresar algún día, pero sabe que va a ser difícil "porque cuando esa gente se sube es difícil que se vaya".
La vida artística de Celia continuó en los Estados Unidos, donde trabajó con músicos neoyorquinos de origen puertorriqueño, como Tito Puente o Charlie Palmieri; con dominicanos como Johnny Pacheco, con el panameño Rubén Blades y con su Sonora Matancera, que también se radicó en Nueva York. Hizo parte de las estrellas de Fania, que agrupó a los "duros de la salsa" y, para sorpresa de todos, su voz se conserva intacta y las canciones que la hicieron famosa hace 30 años son las que la gente más le pide en sus presentaciones.
Si hay algo que llame la atención en la "guarachera de Cuba", es la alegría que irradia y que se puede resumir en ese grito, "azúcar", que se ha convertido en su tarjeta de presentación. Se considera una persona inmensamente feliz y la mayor tristeza de su vida la vivió en Nueva York, en 1962, cuando supo que su madre había muerto en La Habana "y no pude ir a su entierro. En ese momento estaba cantando y, a pesar de la tristeza tan grande que sentía, tuve que seguir en el escenario. Yo sí que viví eso de que el show debe continuar". En ese mismo año se casó con Pedro Knight, antiguo trompetista de la Sonora, de quien se había enamorado hacía varios años.
Pero, detrás de la artista famosa, de la cantante de éxito, hay otra Celia Cruz no menos fascinante. Se trata de una mujer hogareña, sencilla, que a pesar de la fama que la rodea disfruta haciendo las labores del hogar: lava las camisas de su esposo, cocina y limpia la casa. Es una mujer disciplinada, no toma licor, no fuma, bebe una taza de café caliente --sin azúcar-- antes de cada concierto y es parca en el comer. Esas condiciones son las que le han mantenido intacta su voz y que le permiten estar en constante actividad durante más de dos horas, en un escenario, cantando y bailando. Fuera de su esposo, la vida familiar de Celia Cruz gira alrededor de sus dos sobrinos. Con el resto de su familia sólo tiene contactos esporádicos, cuando intercambian cartas o cuando puede comunicarse telefónicamente con sus hermanos que viven en Cuba.
Para el futuro, Celia aspira a cantar hasta que la voz le aguante. En el aspecto económico es tan mesurada como en lo político y afirma que no es una mujer acaudalada. "Claro que si en este momento me quedara sin voz y no pudiera volver a cantar, Pedro y yo tendríamos los medios para vivir tranquilamente, fuera de que tenemos derecho a un auxilio del Estado americano, pues nosotros pagamos muchos impuestos".
Por ahora Celia está dispuesta a pasar sus días en Nueva York, su sede habitual cuando no está en las interminables giras que la llevan dos veces por año a Europa y Japón, en donde su música está conociendo un éxito similar al que alcanzó en los Estados Unidos. De Cuba, mejor no hablar. Afirma no conocer lo que ocurre, en lo que a música se refiere, en su país. Pero no oculta su descontento al recordar que recientemente, en España, uno de los integrantes de la Nueva Trova Cubana se sintió ofendido cuando le preguntaron su opinión sobre ella. Así mismo, considera una arbitrariedad que los libros sobre música, que se imprimen en Cuba, ni siquiera la nombren. "Para ellos no existe Celia Cruz. Entonces, para mí ellos tampoco existen".

El ánqel de la guarda
Para los entendidos en música antillana, la clave del éxito de la Sonora Matancera, fuera de sus cantantes, está en las trompetas. Todos están de acuerdo en que su sonido brillante y esas descargas que ponían eléctricos a los rumberos, son el sello que hizo inconfundible a la agrupación cubana.
Detrás de esos vientos milagrosos estuvo un hombre, alto y delgado, que es considerado como uno de los mejores trompetistas en la historia de la música cubana. Pedro Knight fue el encargado de consolidar el sonido de esas trompetas, allá por los años 50. Muy tímido, callado y preocupado sólo por su trabajo, Knight fue la primera trompeta de la orquesta hasta que se retiró, a finales de los años 60.
Pero hubo un hecho que cambió drásticamente la vida de este cubano. En 1962, luego de un largo romance, se casó con Celia Cruz, la mujer más importante del mundo de la salsa. A partir de ese momento, Pedro se convirtió en la sombra de su mujer, la acompaña a todas las giras, maneja sus negocios, sus contratos, está pendiente de sus citas y vigila constantemente su salud. La dedicación de "cabecita de algodón" a su mujer ha llegado a extremos tales, que dejó de tocar su trompeta para poder estar disponible a toda hora para acompañarla en las giras.
Con más de 60 años, Pedro Knight es ya una figura en la historia de la música caribeña. A su lado tocaron virtuosos de la trompeta como Calixto Leicea y "Chocolate" Armenteros, quien lo sucedió en la dirección de los vientos de la Sonora. Ahora, retirado del todo de la interpretación, en ocasiones alterna cantando con su esposa, pero prefiere mantenerse alejado del mundo del espectáculo. Lo único que le interesa es cuidar a Celia, que encontró en él a su "ángel de la Guarda".--

EDICIÓN 1879

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