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| 9/16/2006 12:00:00 AM

¡La vida es un cabaret!

Con la compleja puesta en escena del musical 'Cabaret', el Teatro Nacional celebra 25 años de labor y conquista su cédula de ciudadanía artística.

¡La vida es un cabaret! El teatro La Castellana quedó convertido en un gran cabaret llamado el Kit Kat Club. La luneta del teatro perdió sus sillas para dar cabida a las mesas donde el público podrá casi tocar a los actores y bailarines
"¡La vida es un cabaret!", proclama, entre desencantada y resuelta, Sally Bowles, la protagonista del musical creado por Fredd Ebb (lírica) John Kander (música) y Joe Masterhoff (historia). Esta es la pieza maestra del género que subió por primera vez a escena en 1966 con la mismísima Lotte Lenya. No mucho después el estreno londinense contribuyó en la consagración de ese monstruo de la actuación que es Judy Dench.

El Teatro Nacional celebra 25 años de su fundación justamente con Cabaret, que al ser llevado al cine en 1972 bajo la dirección de Bob Fosse convirtió en mito a Liza Minelli. Y han superado las expectativas. Tras dos horas de canto, baile y actuación se llega a la conclusión de que aquí ganan todos. Gana la obra misma. Porque a medio siglo de su estreno demuestra la vigencia de su contenido en el mensaje de diversidad y tolerancia, más allá del relato que se desarrolla en la Alemania nazi. Gana el Teatro Nacional. Porque sale victorioso con un montaje cuya complejidad demanda experiencia y un equipo de producción que incluye director de escena, musical y coreógrafo.

Gana el auditorio. Jamás en Colombia una producción se concibió tan en función del público. El interior del teatro La Castellana se modificó, los decorados salen del escenario e invaden el interior de la luneta donde se instalaron las mesas del Kit Kat Club, donde ocurre la trama. En las mesas está el público, tan cerca de los actores que hasta se les oye respirar. Y ganan los actores. Cuando en Colombia el talento está maniatado por el corsé de los clisés de los melodramas de la televisión, aquí despliegan realmente su talento, con personajes complejos que demandan actuar, cantar y bailar en complicadas coreografías.

Las figuras del elenco

Jorge Alí Triana, con asistencia de Pedro Salazar, es el maestro concertatore del complejo engranaje que alterna escenas de peso dramático, abigarradas coreografías y números musicales, sin desviarse de los contenidos de respeto y tolerancia que son la espina dorsal del argumento. Nada fácil. César Escola se encargó de la parte musical. Su orquesta está en vivo al fondo del escenario y escala la intensidad y textura del original.

Con los actores-cantantes hay sorpresas. La mayor es Sebastián Martínez. Si la televisión le dio el reconocimiento, Cabaret le da la respetabilidad. Musicalmente tiene la astucia de colorear ampliamente su canto para hacer de su instrumento un efectivo medio de expresión. Entiende bien que de su actuación depende el ritmo general, no ahorra esfuerzo para conseguirlo y consigue el punto justo de histrionismo que demanda Emcee, el presentador del Kit Kat Club.

María Cecilia Sánchez es Sally. Lo hace bien y lleva su personaje a buen puerto. Carga sobre sus espaldas el fantasma de la Minelli, a quien en su tiempo se le censuró su excesiva categoría musical. No se amilana y hace dos momentos francamente importantes, el célebre Mein Herr y el Maybe this time que cierra el acto I y que hace con desgarro.

Para el rol de Cliff, sin duda el más comprometido del elenco, está la actuación de Rodrigo Candamil, por fin en una obra a la altura de su talento y casta. Hay momentos de su desempeño musical que, por buen sonido, sugieren atender más el cultivo de su voz. Ahora bien, no debería sorprender que Yolanda Rayo, Fräulein

Schneider, lo haga tan extraordinariamente bien, pero cada vez que canta el espectáculo va a las estrellas.

Como tampoco debería sorprender que los bailarines lo hagan con tan buenos resultados. Sin embargo, sí habría que destacar la flexibilidad con que asumen diversos estilos. En la coreografía que abre el acto II, Alexander Zapata hace toda suerte de figuras de la danza académica y corona con Pirouetées à la seconde, de alto bordo balletístico.

Hace 25 años los pioneros, con Fanny Mikey al frente, trabajaban en la puesta de El Rehén, primer montaje de Teatro El Nacional de la calle 71. Hoy, 25 años después, este mismo grupo de gente sigue dando la brega. Ahora celebran en La Castellana, teatro que desarmaron para convertirlo en el Kit Kat Club y proclamar, como Sally: "¡La vida es un cabaret!"

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