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| 6/1/2003 12:00:00 AM

Lejos del paraíso

Un matrimonio atrapado en las convenciones de una época que se parece a la nuestra.

Director: Todd Haynes
Protagonistas: Julianne Moore, Dennis Quaid, Dennis Haysbert.

Tarde o temprano descubrimos que Lejos del paraíso es, en verdad, una película norteamericana de los años 50. Sí, fue presentada por primera vez en el Festival de Venecia del año pasado y hace unos meses recibió los principales premios de la crítica de Estados Unidos, pero las dudas de sus personajes, el suspenso que encuentra en la cotidianidad de las familias acomodadas, los acentos de su estupenda banda sonora, las palabras temerosas de sus diálogos y la delicada composición de sus imágenes nos hacen sentir que estamos viendo uno de los dramas más atrevidos de aquellos años. Todd Haynes, el gran director de las no tan conocidas Safe y Velvet Goldmine, ha querido devolvernos a un tiempo en el que la sociedad era testigo de todos nuestros actos y cualquier paso en falso podía aislarnos para siempre.

Es por esa mirada que no parpadea, por la terrible cámara escondida de 'las buenas costumbres', que Frank y Cathy Withaker no pueden dormir en paz. Quienes los conocen, en el escrupuloso Connecticut de finales de los 50, piensan en ellos como la pareja perfecta. Mona Lauder, periodista de una importante revista para mujeres, los llega a llamar "Mr. y Mrs. Magnatech" -porque él trabaja en aquella empresa- en un elogioso artículo sobre su feliz vida familiar. Sí, así es. Todos los miran. No sospechan, los implacables jueces que inventan rumores y nunca pueden creer lo que están oyendo, que el pobre Frank, después de sus largas jornadas de trabajo, sale en la búsqueda de breves y tormentosas relaciones sexuales con hombres sin nombre. Saben, eso sí, que Cathy es tan buena, tan noble, tan generosa (lo dicen, claro, con cierta preocupación) que incluso es capaz de tocarle un brazo a su jardinero de raza negra.

Lejos del paraíso es un homenaje a los relatos morales que el alemán Douglas Sirk filmó en el Hollywood de los años 50, pero, como la cotidianidad de nuestros días aún está cargada de suspenso y la felicidad todavía es un proyecto que frustra, la película no se queda en la parodia de una estética sino que resulta relevante y conmovedora para todos los tipos de espectadores. Quiero decir que lo que en verdad la hace inolvidable es que los Withaker no pueden escapar: viven en un mundo en donde el homosexualismo es una enfermedad que no tiene cura y en donde los niños aprenden a discriminar justo cuando les enseñan a ser tolerantes. Quiero decir que Haynes, el autor, ha conseguido narrar un extraño melodrama en el que los límites entre las virtudes y los vicios constantemente se ponen en duda o, mejor, en el que el peor de los vicios es el reclamarles a los demás que no posean nuestras supuestas virtudes. Es un drama ejemplar, por supuesto, pero sus personajes principales jamás encuentran un lugar en el orden de las cosas sino que reciben, como premio de consolación, el no pertenecer y el errar por siempre y para siempre.

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