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| 10/21/1996 12:00:00 AM

LOS TONOS DE LA LLUVIA

El artista colombiano Luis Fernando Peláez expone en el Museo de Antioquia de Medellín, una obra que da cuenta de su sensibilidad urbana.

LOS TONOS DE LA LLUVIA LOS TONOS DE LA LLUVIA
El público que ha tenido la oportunidad de seguir de cerca la trayectoria del artista antioqueño Luis Fernando Peláez, se ha familiarizado con su expresión de la urbe en concordancia con las transformaciones que van generando el desarrollo de las ciudades. La arquitectura le otorga a Peláez los elementos de análisis e interpretación que luego compone, con un aporte íntimo y trascendente, ahondando en la ausencia, en la estética del silencio y, en definitiva, en la soledad. La utilización del vidrio desdibuja los contornos y transporta al espectador a un tiempo húmedo que resulta ser la metáfora de esa disolución en la que caen las cosas cuando el tiempo transcurre inexorable. Pero también es una invitación a lo que el artista menciona como la "mirada que retorna", y que no es más que volver a ver lo antes visto con el nuevo lenguaje de los cambios. Si bien el paisaje se altera, también el hombre lo hace gracias a su influencia. La mecanización de la vida actual y el hermetismo que lo aisla en un mundo íntimo y único, va dejando huellas en el espacio urbano y en la morada primordial. "La casa es hermética _afirma el escultor_ porque en su interior está la morada, lo esencial, pero también la vida se disuelve cuando se mecaniza, se urbaniza, se masifica. Este es el nuevo paisaje al que me refiero. La individualidad es otra forma de ausencia. Es un testimonio del paisaje contemporáneo". En la obra conviven elementos del tiempo natural, la lluvia, y del tiempo histórico, la ciudad. La maleta aloja las experiencias que componen los recuerdos de un recorrido que no es más que el viaje por la existencia. Es al mismo tiempo la metáfora del devenir, de lo inmemorial. En medio de este tiempo detenido está la silla, el paisaje interior. La casa de la memoria es el paisaje subjetivo que tiende a disolverse en el paisaje contemporáneo. La luz incidente es la aliada de la lluvia porque también transforma las cosas, dinamiza la mirada. "Da la entonación, dice Peláez. Las lluvias negras hablan de la noche, las lluvias blancas, de la luz, y las grises de lo urbano, el color local". La silla y la maleta son el tiempo de la espera, la soledad. El equipaje con la antena receptora es el bagaje de la memoria que invita a sensibilizarse con la espera, con el viaje universal. En la casa está presente el óxido que deja la combinación tiempo-vida. Lejos del vértigo del mundo, la obra se sustrae en un efecto de territorio estático que no se transforma sino por acción del tiempo. Sin embargo, las antenas permanecen como agentes receptores de algo que pasa pero que no se percibe activamente. "Yo no utilizo los reflejos de la realidad sino mundos virtuales que producen resonancias interiores", afirma el artista. Por ese motivo es el espectador quien reconstruye, a partir de su propia mirada, de su evocación, de su memoria infantil, del olvido, ese nuevo paisaje.

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