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| 8/25/2007 12:00:00 AM

Más Pacífico que nunca

Cali celebró una nueva versión del Festival Petronio Álvarez, con grandes sorpresas. Se anunció un mayor apoyo a la música del Pacífico colombiano. Crónica de Juan Carlos Garay, quien fue miembro del jurado.

Más Pacífico que nunca El grupo Ancestros, con Esteban Copete en la marimba, ganó este año en la categoria libre del Petronio Álvarez
La undécima versión del Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez empezó con una ola de contrastes. La noche de la inauguración, la ministra de Cultura, Paula Marcela Moreno, anunció que el festival pasaba a contarse oficialmente entre los más importantes del país (al lado del Mono Núñez o la Leyenda Vallenata, por ejemplo), lo cual significa una subvención mayor por parte del Ministerio. Al mismo tiempo que recibíamos esa buena noticia, un terremoto azotó a Perú. Y como la costa Pacífica es un solo nervio, el remezón avanzó hacia el norte y amenazó con un tsunami que barriera las costas de Tumaco y Buenaventura.

La situación habría sido desastrosa para el país y seguramente habría obligado a suspender el festival. Por fortuna pasó el peligro, se desvaneció la angustia y comenzó la música. Durante tres días desfilaron por el teatro al aire libre Los Cristales, de la ciudad de Cali, cerca de 50 agrupaciones de Chocó, Valle, Cauca y Nariño. Algunos hicieron acopio de ingenio y voluntad para llegar hasta allá, partiendo desde sus remotos pueblos por vía fluvial hasta el mar, luego en lancha hasta Buenaventura y finalmente en bus a Cali: un trayecto que llega a sumar hasta 12 horas. Pero el esfuerzo vale la pena. Los músicos ya saben que anualmente tienen una cita para medirse entre los mejores exponentes del currulao, la juga, el aguabajo y otros tantos exquisitos géneros musicales que siguen siendo desconocidos para el resto del país.

Organizado por la Secretaría de Cultura y Turismo de Cali, el Festival de Música del Pacífico tuvo su primera versión en 1997 y desde entonces se distingue por la calidad de la producción: cada agrupación tiene 12 minutos para interpretar sus canciones, y el cambio de una a otra se realiza tan rápido, que el evento fluye en una emoción constante. El festival lleva el nombre de Petronio Álvarez en honor al compositor de la canción Mi Buenaventura, que para muchos es el himno de la región. Pero el otro nombre a que hace honor es el de 'Pacífico': en 11 años no se ha presentado ningún disturbio, a pesar de lo caldeado que se puede tornar el ambiente por la competencia musical y los licores de destilación casera que circulan por las gradas, con nombres tan rimbombantes como sus efectos: tumbacatre, biche y arrechón.

El instrumento de mayor presencia en la música del Pacífico es la marimba de chonta. De origen africano, la marimba ya sonaba en Colombia en 1758, cuando el fraile español Juan de Santa Gertrudis la escuchó en algún lugar entre Tumaco y Barbacoas, y anotó en sus crónicas que este instrumento de "cañutos de guadua tajados de mayor a menor" tenía "un ronquido suave que se oye a más de media legua". De algún modo, el asombro ante el sonido de la marimba de chonta sigue siendo el mismo. La primera noche, por ejemplo, se hizo un silencio profundo cuando Esteban Copete, el nieto de Petronio, interpretó en su marimba una versión dulce de Mi Buenaventura. El jurado terminó otorgándole a Copete el primer lugar en la categoría libre.

Pero si el primer puesto representa la victoria, el segundo representa la dignidad. En ese sentido, la gran sorpresa este año fue el grupo bogotano La Revuelta, con una propuesta juvenil de currulao en que a veces se asomaba un poco de hip-hop. La Revuelta es hoy el ejemplo más vital de ese arte capitalino que se fija en lo autóctono. Sus integrantes parten de un contacto indirecto con la música: conocieron el currulao primero a través de los medios de comunicación y luego programando viajes hasta la zona en calidad de aprendices. Su director, Juan David Castaño, ha dicho que la agrupación es "hija adoptiva del Pacífico colombiano", y a veces esa condición de hijos adoptivos otorga una mayor perspectiva a la hora de crear. Por eso es comprensible que una porción considerable del público haya depositado en este grupo sus esperanzas.

Otra parte esencial del festival son los remates. Al concluir cada sesión de las eliminatorias, la gente se desplaza en una verdadera procesión de tambores del teatro Los Cristales a la Loma de la Cruz. La última noche, la horda llega hasta la puerta del hotel Los Reyes, donde se hospedan los músicos. Allí, ya sin ánimos de competencia ni limitantes de tiempo, los músicos se entregan a una improvisación frenética y la gente baila hasta la madrugada. La Policía colaboró este año, cerrando una de las calles aledañas al hotel y preocupándose más por cuidar a los festejantes que por impedirles el festejo. Sin duda el apoyo gubernamental ha ayudado a legitimar la que es hoy una de las fiestas más alegres y pacíficas que acontecen en el año.

Las cosas apenas empiezan a ponerse emocionantes para el Festival Petronio Álvarez. Una entidad como el Smithsonian Institute de Washington ya se fijó en el valor de nuestra música del Pacífico y editó en el nivel internacional el disco Arriba Suena Marimba, del grupo Naidy. Con esa exposición al mundo, con el nuevo aval del Ministerio de Cultura y con el amor de un público que ha venido creciendo, la música es la gran ganadora. La cita es, desde ya, en el próximo Petronio.

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