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| 4/4/1994 12:00:00 AM

MEDELLIN INDIGENA

Tres años de excavaciones y de hallazgos históricos convirtieron al cerro El Volador, de Medellín, en monumento nacional y, de paso, en parque arqueológico y ecológico.

MEDELLIN INDIGENA MEDELLIN INDIGENA
EN UN PRINCIPIO FUERON EL VALLE Y las montañas, y los indios labrando sus parcelas a orillas del río Aburrá. Hoy, 2.300 años después, son las casas, las vías y los rascacielos los que enmarcan el mapa urbano de la Medellín contemporánea. Ciudad asociada con gente blanca, cuna de empresarios y de intelectuales... ¿Quiénes recuerdan su pasado indígena? En pleno centro de la capital antioqueña se levanta El Volador, un cerro tutelar considerado una verdadera ventana al pasado: tal es la cantidad de recuerdos dejados allí por los primeros habitantes de esas tierras templadas, y que están a punto de exhibirse a los ojos del público merced a la declaratoria del lugar como monumento nacional.
El sitio ha sido visita obligada de buscadores de tesoros desde las primeras décadas de este siglo. Pero tres años de excavaciones arqueológicas en lo que en un futuro cercano se denominará Ecoparque El Volador, han ocasionado hallazgos que no tienen que ver con guacas repletas de oro, pero sí de historia. En cada fragmento de cerámica encontrado, pertenecientes casi todos a cofres y ollas cuyo uso hoy sería equivalente al de los ataúdes, puede verse, como en una pantalla, lo que era la vida de los primeros labriegos antioqueños: desde el siglo III antes de Cristo cosechaban y consumían maíz y fríjol, y ya en el siglo XV después de Cristo eran expertos en telas, tejidos y textiles.
Estos indios aburráes, así llamados por habitar las riberas del hoy llamado río Medellín, criaban curíes y tenían como mascotas lo que los españoles llamaron en sus crónicas "perros mudos". Levantaban sus bohíos en la parte baja del monte y enterraban a sus muertos en el cerro El Volador, cuya altura acercaba a los difuntos al cielo. Allí, en medio de rituales de fiesta que incluían hasta tres días de baile, bebida y recuerdos del desaparecido, se construían complejas fosas que representaban una vivienda confortable para el comienzo de una nueva vida. Estas fosas, de las cuales hay 16 en todo el cerro, son las piezas disponibles de un rompecabezas histórico que ocupa a un equipo de antropólogos de la Universidad de Antioquia, dirigido por el profesor Gustavo Santos Vecino.
Dice Santos: "La misma diferencta entre los cofres en los que depositaban los restos humanos, nos muestra la estratificación social imperante en la época". No había caciques como en otras tribus andinas, pero sí una jerarquización de funciones y un consecuente rango diferencial. La llegada de los españoles dio al traste con la organización imperante. El colonizador esclavizó a los indios con la institución de las encomiendas, y éstos fueron desapareciendo por aniquilación o por emigración en busca de lugares donde no hubiera llegado la hostilidad foránea. Ya en el siglo XVII, los últimos aburráes que quedaban, escalafonados como último peldaño de la sociedad colonial, fueron reunidos en un resguardo ubicado en San Lorenzo donde hoy queda El Poblado y que, paradójicamente, es el barrio de mayores pergaminos en Medellín.
Los aburráes desaparecieron, pero a las puertas del siglo XXI viven en Medellín cerca de 500 indígenas provenientes de distintas tribus y regiones: paeces y guambianos (Cauca), emberáes catíos y emberáes chamí (Antioquia), chamí (Risaralda), ingamos y kamsás (Putumayo), arwacos (Sierra Nevada de Santa Marta), zenúes (Córdova) y huitotos. Las nuevas generaciones de esta raza comparten ciudad con niños de origen predominantemente blanco. Y en los paseos de escuela, conocen las costumbres de sus antepasados en las visitas a El Volador, cerro de 130 hectáreas donde los huecos dejados por los arqueólogos se convirtieron en verdaderos túneles del tiempo.
Por eso, y por ser un saludable manchón verde en medio de tanta urbanización, los defensores de El Volador aprovecharon el boom despertado por los hallazgos arqueológicos y lograron que se pusieran ojos sobre el cerro, no sólo del Concejo de Medellín con su declaratoria de Ecoparque en 1992, sino del Ministerio de Educación, que en febrero lo declaró monumento nacional, con la rareza de ser la primera zona urbana ungida con este honor en Colombia. La más reciente declaratoria de monumento nacional había ocurrido en 1945, cuando el turno fue para el hoy saqueado Parque de San Agustín.
Para corresponder a este sitial de privilegio, en El Volador se construye toda una infraestructura ecológica, administrativa y de servicios para albergar a los visitantes ávidos de aire puro y de un recuento de historia precolombina y colonial. En los hasta hace poco campos de pastoreo, se plantaron especies autóctonas como guayacanes y gualandayes. A finales de este año habrá dos plazoletas: la del Viento y la de la Vida, que serán escenarios de certámenes culturales y de un festival anual de cometas. Y contiguo a la sede administrativa se erigirá un salón donde, además de un pequeño museo con muestras funerarias de la cultura aburrá, se podrán realizar exposiciones itinerantes tanto de temas arqueológicos como de carácter artístico.
Así, y gracias al legado que hoy da un brinco de dos milenios de historia, El Volador le hará compañía al cerro Nutibara, el del tradicional Pueblito Paisa, en los catálogos que muestran los sitios turísticos por excelencia de Medellín.-

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