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| 12/19/2004 12:00:00 AM

Mirando desde el cielo

La muerte de dos legendarios fotógrafos este año deja huella en toda una generación de reporteros gráficos.

Mirando desde el cielo Sevilla, España,1933. Foto de Henri Cartier-Bresson.
En una tumba en medio de los Alpes franceses yacen desde el pasado 2 de agosto los restos mortales de Henri Cartier-Bresson, uno de los grandes artífices de la fotografía en el siglo XX.

Cartier-Bresson nació en 1908 en Chanteloup, cerca de París, en una familia de clase media. Su inclinación por el arte lo llevó a estudiar pintura junto con André Lhote y 'Cotener'. En 1931 en la Universidad de Cambridge perfeccionó sus estudios de filosofía y un año después descubrió la cámara Leica de 35 milímetros, con la cual se sumergió en el mundo de la reportería. Por ser esta pequeña, rápida y versátil, Cartier-Bresson pudo pasar inadvertido y así comenzó su gran producción fotográfica. La cámara terminó siendo la prolongación de su corazón y su cerebro, con ella congeló el tiempo y logró sus 'dibujos instantáneos'.

Cartier-Bresson es ya una leyenda. Se le considera el creador de una de las grandes posibilidades de la fotografía: la de fijar el instante decisivo, aquel que lleva en sí mismo la esencia de una situación. Trabajó para casi todos los grandes periódicos y revistas internacionales y siempre se le recuerda como un pensador de imágenes, con su cámara, su abrigo, su bufanda, su pipa y el humo que cubre su rostro, acechando su presa hasta lograr el esperado clic seguido de una sonrisa interior, un goce y una fotografía única.

En 1947, al lado de Robert Capa, David 'Chim' Symour y George Rodger, fundó la agencia Mágnum y comenzó a viajar por el mundo haciendo reportajes gráficos. Recorrió India, Birmania Pakistán, China, Indonesia, Cuba, México, Canadá, Japón, y la ex Unión Soviética. Cartier-Bresson fue un reportero, un fotógrafo de calle, y así atestiguó momentos decisivos de la historia: el asesinato de Ghandi, la construcción del muro de Berlín, los lupanares de México, el mundo mágico de Juchitán, la China comunista de Mao, la disciplina militar en Leningrado, los confines del alma en Cachemira y una infinidad de retratos de personajes del siglo XX.

Después de seis décadas de vagabundear por todos los rincones del planeta, Cartier-Bresson abandonó la fotografía y retornó a su primera pasión: la pintura. Sin embargo, para miles de fotógrafos su legado es su forma de entender el más noble de los oficios: "Sólo me interesa la fotografía que surge de la vida. El goce de mirar, la sensibilidad, la sensualidad, la imaginación, todo lo que llega al corazón, se junta en el visor de una cámara. Ese goce existirá siempre para mí "

El retratista

Con sus botas puestas y mientras realizaba un trabajo sobre las elecciones en Estados Unidos -que se llamaría 'Democracia' y que incluía retratos de políticos activistas y gente común y corriente- el pasado octubre murió en Texas Richard Avedon, uno de los más grandes retratistas del siglo pasado.

"Si pasa un día sin que haga algo relacionado con la fotografía, es como si hubiera dejado algo esencial de mi existencia, como si hubiera olvidado despertarme. Sé que el accidente de que sea fotógrafo ha hecho mi vida posible", dijo Avedon, quien comenzó su carrera de fotógrafo a los 10 años, cuando retrató al pianista y compositor ruso Sergei Rachmaninof, que vivía en un piso al lado de sus abuelos en Nueva York. Con 22 años y algunos estudios de filosofía en la Universidad de Columbia, ya era fotógrafo autodidacta. Por su creatividad y genialidad, Alexey Brodovitch, director artístico de la revista Harper's Bazaar, se fijo en él y le dio sus primeros encargos en el mundo de la moda. Con un estilo muy personal mostró el alma de las modelos, a las que sacó a las calles y cafés para lograr un efecto más realista. Sus fotos comenzaron a verse como obras de arte.

Avedon comenzó a viajar a Europa y realizó fotografías en exteriores en París, Roma, Palermo y Sicilia. En 1949 la revista Life le encargó un reportaje sobre Nueva York. Durante esos años retrató a todos los personajes famosos de la época como Charlie Chaplin (1952), Marilyn Monroe (1957),

Gabrielle Chanel (1958) y Francis Bacon (1979). También fotografió a Jean Renoir, John Ford, Ezra Pound, Truman Capote, Jorge Luis Borges y la familia Kennedy.

En la revista Vogue, donde trabajó desde 1966, siguió realizando imágenes de moda pero a la vez comenzó a interesarse por temas más periodísticos como reportajes de enfermos mentales, manifestaciones contra la guerra de Vietnam y la discriminación racial en las calles. Trabajó con Truman Capote para documentar los personajes más influyentes del siglo XX, con retratos de Pablo Picasso, Búster Keaton, Mae West y Frank Lloyd Wright. La simplicidad y el carácter arrollador que transmiten sus fotos son el sello de calidad de su obra.

En los años 80 pasó cinco años fotografiando a mineros, vaqueros y habitantes del oeste americano. El resultado fue un libro y una exposición de más de 750 retratos que se llamó Richard Avedon in the American West. En este trabajo quiso romper con el mito del oeste norteamericano, del mundo llano e idílico de cowboys, sheriffs y bailarinas de cabaret para mostrar otro aspecto: el de los obreros, los mineros y los latinoamericanos que envejecen prematuramente realizando los trabajos más duros. Estas imágenes provocaron indignación en los lectores, y el mismo Avedon debió comentar: "Todas las fotografías son exactas, ninguna de ellas es la verdad".

El legado de Richard Avedon es infinito, sus fotos ya son patrimonio de la humanidad y su amor por la fotografía, así como su incansable pasión por el trabajo, son un ejemplo para nuevas generaciones.

*Editor de fotografía de SEMANA

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