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| 6/26/2000 12:00:00 AM

Muerte en el circo

Con la Roma antigua de fondo, emerge una cinta que promete ser un éxito de taquilla.

Muerte en el circo, Sección Cultura, edición 943, Jun 26 2000 Muerte en el circo
En el mundo de Gladiador la Roma de antes de Cristo todos aspiraban a la muerte. Había que hacer méritos para llegar a ella. Cada acto encontraba eco en la eternidad. Y ahí, en los campos de la eternidad, los hombres buenos descansaban para siempre.

Máximo (Russell Crowe), general del ejército romano, quiere volver a su casa. Lleva mucho tiempo sin ver a su hijo y a su esposa. Y merece el regreso pues ha sido firme y leal y se ha convertido, después de muchos años, en el gran líder de su pueblo y en el hijo verdadero del emperador Marco Aurelio.

Pero no. No es suficiente. Para vencer su nostalgia y ganarse su lugar en la paz aún tendrá que enfrentarse a una traición, sobreponerse a una tragedia y —después de un horrible revés de fortuna— someterse, en pleno centro del circo romano, al más sangriento de todos los oficios: el del gladiador.

La más reciente película de Ridley Scott es, como las mejores que ha hecho —Blade Runner, Los duelistas y Thelma y Louise—, un viaje en la búsqueda de la muerte romántica. Pero es, como las menos conseguidas —1492 y Tormenta—una historia que no cree en sí misma y que por eso recurre a imágenes efectistas y a elementos probados por otras historias.

Por eso, mientras el espectador asiste a Gladiador —no obstante la gran actuación de Russell Crowe, (quien estuvo nominado en la pasada entrega de los premios oscar a mejor actor por la cinta El informante), y los impresionantes efectos especiales—, siente que ya había visto esa película: porque se alimenta de la nostalgia de La odisea, las traiciones de Hamlet, la venganza romántica de Corazón valiente y la justicia divina de Ben Hur.

Sus imágenes son asombrosas. Sus enemigos son tan despiadados como los de Shakespeare. Su héroe merece la redención tanto como Ben Hur o William Wallace. Pero no. No es suficiente.

Si Gladiador fuera un libro, Scott le habría cambiado las palabras a los clásicos y lo habría editado con todo el dinero del mundo. Sus lectores aceptarían su talento. Pero sin duda descubrirían el engaño.

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