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| 7/11/1983 12:00:00 AM

OBREGON EN 30 MIL PINCELADAS

Una nueva exposición del pintor inunda el recinto de imaginación, fuerza, fantasía y magia.

OBREGON EN 30 MIL PINCELADAS OBREGON EN 30 MIL PINCELADAS
Escribir sobre un hombre que ha estado pintando durante más de medio siglo, pues Alejandro Obregón pinta desde antes de tener uso de razón, produce cierto temor. Después de los montones de papel escritos sobre Obregón, quien para muchos es el más importante pintor colombiano, se tiene la sensación de que no queda ya nada por decir, aunque eso de decir u opinar sobre la obra de un artista, especialmente de uno tan caótico y cósmico como lo es él, es mejor dejarlo a los criticos.
Sin embargo, cada nueva exposición del maestro como la que actualmente se realiza en la Galería Quintana de Bogotá, obliga a volver a escribir sobre esa pintura "con horizontes de trueno", así sea repitiendo una vez más lo que muchos han dicho ya (dejamos al lector el acertijo de identificar a quién pertenecen las afirmaciones aquí incluídas). De por sí la utilización del verbo escribir en reemplazo del verbo mirar para referirse a esos cuadros llenos de buhos, toros, pájaros indeterminados, barracudas, mojarras, y por supuesto, cóndores, es ya sospechoso. Porque poco se puede escribir sobre una pintura que parece no tener épocas cromáticas, como la de otros artistas, sino zoológicas. Y no es esta última ninguna categoría pictórica aunque es muy probable que más de un crítico haya intentado embutir la pintura de Obregón dentro de cualquier casilla de los ismos artísticos. Tal empresa sería una vana pirueta normativa, pues la verdad es que sus cuadros se muestran rebeldes a las categorizaciones. Lo único que se podría decir de ellos sin temor a equivocaciones es simplemente que están llenos de imaginación, fuerza, fantasía y magia.
Es precisamente esa magia que emana de los cuadros de Obregón la que hace de toda su obra un código cuyas claves presumiblemente son intuídas por toda suerte de espectadores, y que han hecho de Obregón un pintor casi popular. ¿Quién, después de ver un sólo cuadro suyo, no identifica inmediatamente la mayoría de ellos? Cuando alguien mira por primera vez sus cuadros el gusto por ellos no comienza poco a poco, lentamente, sino que se inicia como un estallido, cual cachetada de colores pegada con toda la fuerza. Esa misma fuerza con la que alguien vio a Obregón tumbar en alguna oportunidad media docena de marinos suecos en una pelea de burdel. Pero además de la fuerza de sus pinceladas -para quién le interese, Obregón gasta 30 mil pinceladas, ni una más ni una menos, en cada uno de sus cuadros- como elemento cultivador, está también el hecho de que sus pinturas tienen algo de inconcluso.
Hasta hay elementos muy obvios en su caligrafía, como el ostentoso brochazo perpendicular o diagonal, que son como un requerimiento a ver la obra en estado de provisionalidad, a tomar por inacabada la superficie donde siempre parece faltar un fragmento decisivo en la forma de sus animales que de por si son animales imperfectos. "no me gustan los animales demasiado perfectos -le dijo Obregón alguna vez a, un cachaco- Por eso no pinto caballos ni gaviotas. La armonía no puede ser absoluta en la pintura, tiene que haber alguna imperfección, algún riesgo, hay que acercarse peligrosamente hasta el error".
Más el error en nuestro caso es tratar de escribir algo sobre la pintura de Obregón, quien alguna vez con un escritor barranquillero ya desaparecido le dijo que su filosofía de la vida era: "Primun Vivere y en después philosofare". Y el autor de "La Casa Grande" le respondió "Pero eso no es Griego; es Cienaguero: el que se murió se jodió.". ¿O fue al revés la anécdota? ¿Quién le dijo a quién? No importa, pues como dice Obregón: "Hay que estar convencido pero sin creerselo mucho".

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