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| 4/25/2006 12:00:00 AM

Ópera prima en París

¿Quién fue Ernesto Ponce de León? Nada menos que el autor de Ester, la primera ópera colombiana que se estrenó en 1874 con un éxito enorme pero no volvió a representarse nunca. Hasta hoy, que Rondy Torres, un joven y talentoso músico colombiano, la acaba de reestrenar en París.

Ópera prima en París Ópera prima en París
La noche del 22 de marzo Rondy Torres presentaba una rara ópera de un colombiano casi desconocido en una sala de la Cité Universitaire, al sur de París. He sido aficionado a la música clásica desde niño, y no tenía la menor idea de que se tratara de la primera ópera escrita por un colombiano, a finales del siglo xix. Tampoco sabía quién era Rondy Torres. Llamé a Rondy, la víspera, y acordamos una entrevista un par de días después, en un café del Barrio Latino.

Entré a la función con una curiosidad casi ansiosa. Me senté al costado izquierdo, muy cerca del escenario. Poco a poco el lugar se fue llenando de gente. Leí el programa con detenimiento. Unos minutos más tarde salieron los músicos. Me sorprendió que todos fueran tan jóvenes. Luego apareció Rondy, el director, un muchacho escuálido, de mediana estatura, vestido de negro, un tanto informal. Saludó al público con simpatía y seguridad. Inmediatamente levantó las manos, me impresionó su manera de dirigir y su pasión. Se sabía la obra de principio a fin, nota por nota, voz por voz. “La obra me corre por las venas”, me dijo después en el café. Eso y más fue lo que vi mientras empuñó la batuta e hizo sonar la ópera, sin pasar las páginas de sus partituras. Cuando a uno de los barítonos se le olvidó entrar, Rondy debutó como solista y cantó con vigor la primera frase. El barítono sintió tal estímulo, que de ahí en adelante no tuvo más remedio que hacerlo, hasta en los gestos, como todo un profesional.

Rondy Torres y el grupo de jóvenes lograron conmover a los asistentes con el reestreno de la ópera, y hasta accedieron a repetir uno de los números tras la ovación. Ahora, el acontecimiento se hace mucho más interesante si se conoce un poco la historia de la obra y de su autor. Ester fue compuesta por José María Ponce de León (1845-1882), que la terminó en 1874. Tuvo un éxito total en la época, pero tras su última presentación en el Coliseo Maldonado de Bogotá (que es el actual Teatro Colón), nunca más fue puesta en escena. Nunca, hasta el 22 de marzo pasado en París. La ópera, que consta de tres actos, se basa en el libro del mismo nombre del Antiguo Testamento. Ester es la heroína judía, que salva y ayuda a vengar a su pueblo, tras casarse con el Rey Azuero de Persia, que no sabe del origen de su mujer. La obra se sitúa entre el oratorio y la ópera romántica, como lo exigía la época. El estilo tiene influencia italiana, tal vez un poco de Rossini o de Verdi, aunque en algunos momentos da una sensación de zarzuela. Además no es exagerado decir que en un par de números del segundo y tercer acto se escucha perfectamente el ritmo de bambuco. Esto no deja de ser llamativo, sobre todo si se tiene en cuenta cierta reticencia, común en las elites colombianas de ese tiempo, hacia la música popular.

El libreto de Ester es una adaptación de la obra de Racine, el gran poeta dramático francés de finales del siglo xvii. Esto da cuenta, en parte, de la influencia francesa de Ponce de León, quien vivió en París hasta un poco después de que estallara la guerra con Prusia. Cabe anotar que todavía no está claro si el compositor estudió realmente en el Conservatorio de Música de París. Lo que sí es cierto es que, una vez regresó a Colombia, desarrolló una obra musical prolífica, a pesar de que murió joven. Además, fue director de la Banda Militar de Bogotá: en la época no había orquesta sinfónica. Pero Ponce de León no escapó al desdén de muchos musicólogos, y en buena medida se debe a que le faltaba rigor al escribir sus partituras, como se puede constatar en algunos de sus manuscritos.

Sin embargo, el talento de Ponce de León era apreciado por grandes intelectuales y artistas de la época. Es representativo que, por ejemplo, Rafael Pombo haya escrito el libreto de su ópera Florinda. Más aun, es necesario poner en relieve el contexto de su obra: las condiciones para crear óperas eran bastante difíciles en Colombia. Es claro que no había orquestas nacionales de calidad y no había ni siquiera imprentas para partituras musicales. Esto sin mencionar que grandes genios como Wagner y Verdi estaban vivos y sonaban en Europa, y el primero ya sonaba en América. Dicho sea de paso, el trabajo de Ponce de León estaba a tono con el movimiento operático de la época en las grandes ciudades latinoamericanas. No obstante, las conexiones de este movimiento se dieron, en principio, a través de Europa y de sus compañías de ópera, sobre todo las italianas, y no entre sus creadores.

Lo anterior no es un corto despliegue de erudición, simplemente lo aprendí con Rondy. La entrevista en el café del Barrio Latino (en el que trabajó como mesero hasta hace un poco más de un año) se convirtió en una maravillosa cátedra de musicología. Ese día sentí en las explicaciones de este joven de veintisiete años el mismo entusiasmo y la misma cadencia que usó para dirigir Ester. Además de estudiar dirección de orquesta, Torres está haciendo, precisamente, un doctorado en musicología en la Universidad París iv. Su tesis es sobre el origen de la ópera colombiana, y uno de sus objetos de estudio es la obra de Ponce de León. Para este año logró una primera financiación del Estado francés. También trabaja como monitor en la universidad y dicta algunas clases. En su tiempo libre dirige obras musicales y trata de recuperar óperas y obras líricas de América del Sur. Con este objetivo fundó, en compañía de algunos amigos, el grupo Voces Nuevas, que intenta divulgar las obras de ese género del “Nuevo Mundo”, que se han olvidado o perdido. O que se desconocen porque los manuscritos nunca pudieron ser editados.

Torres admite que buena parte del trabajo de logística y de relaciones públicas le toca hacerlo solo, cosa que aborrece. Sabe también que está en un tipo de empresa para la que las financiaciones suelen ser escasas. Pero se siente más que satisfecho con la recompensa de sus amigos, de su empeño en sacar las cosas adelante. Basta con saber que ninguno de los jóvenes recibió un solo euro por el montaje ni por le presentación del 22 de marzo. Le sacaron tiempo a las actividades de las que viven, o sobreviven, para trabajar con Rondy, como ya lo han hecho en varias ocasiones. Aunque la única vez en la que no faltó ni un solo músico para tocar Ester fue la noche del reestreno, sus compañeros están enormemente motivados.

Todo esto se notaba durante la función. Al final, cuando pude abordar a los solistas y a algunos de los intérpretes, llovieron loas a la labor del joven director colombiano. Dijeron que lo admiran por su precisión para dirigir, por su talento, por la manera de asumir su trabajo. Los franceses, que eran la mayoría, sintieron tan propia la obra como sus colegas latinoamericanos. La solista que hizo el papel de la Reina Ester, una muchacha francesa de origen español, y con un futuro promisorio, no ahorró elogios. Al preguntarle por el trabajo de Rondy, respondió: “Es maravillosa la entrega que logra de todos en una obra tan difícil, con tan pocos ensayos y sin ninguna remuneración económica. Esto es impresionante, hace parte de su magia”. Rondy percibe muy bien esa retribución. Por eso no me extrañó que, durante nuestra conversación en el café, insistiera en que quieren seguir adelante con Ester, con otras obras de la época y con el grupo Voces Nuevas. Bien saben él y sus compañeros que no será tarea fácil, pero parecen tener claro que la pasión es buen antídoto contra la adversidad.

Durante la entrevista me llamó la atención su mirada, a la vez calma e inquisitiva, que deja entrever un sarcasmo siempre dispuesto. La mirada de esos hombres que son capaces de reírse del mundo y de sí mismos, igual que de su propia muerte. Esa misma mirada, entrelazada con sus palabras, me hizo sentir que Rondy es ajeno a cualquier mesianismo en su oficio, o en cualquier otra cosa. Sin embargo, tiene algo muy claro y lo sostiene: quiere volver a Colombia, a trabajar en Colombia. Es obvio que le martillan frases manidas como “es un país en el que está todo por hacerse”, o “hay que trabajar aunque escaseen el apoyo y los recursos”. Sólo que Rondy va más lejos: materializa esos lugares comunes. No se cruza de brazos. No se para en la queja con esa actitud fatalista –y a menudo hedonista– de su generación, de la mía y de las otras. Este muchacho talentoso simplemente pone manos a la obra, sin aspavientos y con determinación. .

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