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| 7/27/1987 12:00:00 AM

PAISAJE PAISA

Los acuarelistas antioqueños a la vista del público en Bogotá

PAISAJE PAISA PAISAJE PAISA
Rapidez, agilidad, manejo certero de los elementos, claridad sobre lo que se va a ejecutar, son entre otros, los requisitos de todo acuarelista. Pero también los de cualquier negociante astuto o los de todo timador. No es por ello extraño que los antioqueños tengan a su haber la acuarela y el comercio, en los orígenes de su cultura artística y material.
La exposición "La acuarela en Antioquia", que se presenta por estos días en la Biblioteca Luis Angel Arango de Bogotá y antes en el Museo de Arte Moderno de Medellín, es un buen intento por recoger una muestra significativa del ejercicio de esta técnica, tan cara al espíritu paisa, tan apta para la nostalgia del mundo rural o para el brillo de la Naturaleza Muerta. Si bien no están todos los que son, todos los que están, son. Faltan Ricardo Rendón y César Uribe Piedrahíta, entre otros. Y aunque la obra del inglés Enrique Price se conoció muy tardíamente y por esto no creó mayor impacto, se justifica como un antecedente y un documento histórico.
Las ayudas museográficas para el público son precarias. Apenas aquí y allá unas notas biográficas de los artistas, mal redactadas, como si un proceso cultural tan importante quedara explicitado con suficiencia en un breve sumario de anécdotas biográficas. Es necesaria una cronología, que enmarque la evolución de esta técnica en el contexto del arte antioqueño y del arte nacional, y en fin, los curadores, cuya labor investigativa es meritoria, deben dejar el provincianismo y cuidar mejor la prosa del catálogo.
Curiosidades para aficionado son los encantadores e ingenuos paisajes con construcciones antiguas de Camilo Vieco (1879), así como la acuarela de Gabriel Montoya o ese bello y sencillo estudio titulado "Vasija de barro", pintado por Francisco Antonio Cano en 1898.
Pero entre tanto, paisajes, paisajitos, bodegones, retratos y floreros, empeñados en fomentar el mito del orígen de la raza o en recordar románticamente las perdidas imágenes, sobresale por méritos propios la obra maravillosa de Débora Arango, que desafió intuitivamente las convenciones visuales y morales de una comunidad regodeada en su iconografía. Allí están sus antecesores: Pedro Nel Gómez "el pintor de la patria" y Eladio Vélez; su copartícipe Carlos Correa. Pero ningún continuador.
Sociedad utilitaria como ninguna, la antioqueña ha dejado correr con pigmentos el agua que no ha de beber, para construír un canto a sí misma, como si en esos cielos jubilosos y en esas montañas perfumadas no rondara también el demonio y el derrumbe.

EDICIÓN 1879

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