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| 7/10/2000 12:00:00 AM

Pelos de perro

Una particular exposición que condensa todo tipo de propuestas.

Pelos de perro Pelos de perro
La Galería Valenzuela y Kleener está llena de chispazos y pelos de perro. Está llena de astronautas y estudiantes de filosofía. Está llena de máquinas que funcionan con el vacío y que, sorprendentemente, nacen bajo el mismo principio con el cual nació la ley de la gravedad: la casualidad, el azar (y parece tan simple... a Newton le cae una manzana en la cabeza —algo se dispara en su cerebro, una ficha cae, arrastra todo el dominó y— ¡Eureka!). La tarjeta de invitación de la muestra, Transcripciones y traslaciones edificantes, dice algo como “Los ojos ven. La mente imagina; trans-forma, da-forma, trans-cribe”. Y, revisando paso a paso el proceso de cada artista para llegar a lo que está colgado en la galería, hay algo de Newton en cada uno de ellos.

Hay algo de Newton en la obra de Giovanni Vargas que, a partir de una enfermedad desconocida que estaba acabando con el pelo de su perra, presenta una obra impecable, conmovedora, sólida; 10 dibujos hechos con el pelo de su mascota. Cada pelo reemplaza la línea del lápiz y el resultado técnico es asombroso. Hay dibujos de un par de equipos de fútbol en el que se notan los pliegues de la camisa de cada jugador, la atadura de los cordones de los guayos; las flexiones de sus rodillas, una ceja levantada. Dibujos de un par de niños dándose golpes con unos guantes de boxeo y la mueca del rostro de uno de ellos mientras recibe un puño. Dibujos bíblicos en los que un hombre sacrifica un cordero, clavando un puñal en su garganta, delante de otros cinco personajes que, con unos trazos elementales, comunican toda la angustia de la escena. La magia en este caso, como en el de los otros tres artistas que participan en la muestra, Beltrán Obregón, Elías Heim, Lucas Ospina, es que esa pequeña biografía personal es apenas el motor de algo mucho más poderoso, de algo mucho más potente que supera con creces la anécdota; después de ver las 10 obras de Giovanni, ¿a quién le importa la suerte de su perra? ¿a quién le importa si la manzana que le cayó a Newton era roja o si fue en la mañana o al caer la tarde o si Newton tenía hambre o dolor de estómago? En el arte contemporáneo, y sobran los casos, cierta mediocridad técnica y conceptual se disfraza con un discurso lleno de citas prestadas y autorreferenciales. El discurso de Giovanni tiene que ver con la familia y los grupos y confiesa que todo se le vino a la cabeza a raíz de esa situación perro-amo y, a pesar de todo, no se necesita entrevista para entender y conmoverse con la obra.

Es universal. Es tan universal como la serie Apolo de Beltrán Obregón. Sus pinturas toman como punto de partida la famosa misión espacial estadounidense que llevó al hombre a la Luna. Beltrán sostiene que empezó a trabajar la serie a partir de unas fotografías que halló en el archivo de su padre, el escritor Mauricio Obregón. Son obras que tienen como soporte, en lugar de lienzos, aluminio. Y Beltrán sostiene que tomó la idea de unas obras de Goya hechas en latón. Y nada de eso alcanza, medianamente, a importar en el momento de ver y apropiarse de este conjunto que, como toda la obra de Beltrán, respira algo impecable. Y se podrían seguir enumerando particularidades con las obras de Elías Heim y Lucas Ospina pero, en el caso de ellos, sería casi que perder el tiempo. Hay algo más notable a primera vista: el humor. Elías presenta unos aparatitos que, en teoría, deberían girar con el movimiento de la gente. Son aparatitos para instalar en galerías y museos pero, debido a la ausencia total de público, deben traer un motorcito a bordo. Y Lucas, en un ataque directo contra la misma galería que no se define como casa o espacio artístico, acomodó un par de pinturas —deliberadamente kitsch— que podrían venir ‘instaladas’ con la casa; incrustadas en la pared. Y junto a ellas una serie de cuatro dibujos-ilustración que arrancan una sonrisa misógina. Y no vale la pena narrarla, vale la pena verla, vale la pena ver toda la exposición y acariciar esos pelos de perro.

EDICIÓN 1888

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