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| 1/13/2007 12:00:00 AM

Puente entre dos mundos

Más que un evento para iniciados, el Festival Internacional de Música de Cartagena se perfila como un proyecto cultural y educativo de honda trascendencia social.

Puente entre dos mundos En la plaza San Pedro Claver varios de los músicos que participaron en el festival ofrecieron conciertos gratuitos que acercaron la música clásica con la gente de la calle
Al oírlos tocar clarinete, cualquiera diría que Éuler López y Mark Simons son viejos amigos, pero en realidad acaban de conocerse hace un par de minutos. Hasta ese instante, a Éuler y a Mark los separaba un abismo: no sólo los 6.000 kilómetros entre Cartagena y Montreal, sino también la barrera del idioma. Éuler es un músico autodidacta que se ha abierto paso en la vida a pulso, mientras que Mark ha estudiado clarinete y dirección de orquesta en Canadá, Estados Unidos y Rusia, ha sido también director de orquestas juveniles y forma parte de I Musici, una de las agrupaciones que participaron en el Festival Internacional de Música de Cartagena y que ya ha grabado más de 40 discos.

El encuentro ocurrió el martes pasado a las 4 y media de la tarde en un amplio salón del hotel Hilton de Cartagena, donde I Musici preparaba su concierto del miércoles y los niños del programa de música del colegio Jesús Maestro, en el barrio Nelson Mandela, habían sido invitados para que asistieran al ensayo.

Hacia las 4 de la tarde ya sonaban los últimos acordes de la Sinfonía italiana de Félix Mendelssonn. Al terminar el ensayo, mientras los músicos guardaban sus instrumentos, los niños organizaron los suyos, algunos de ellos construidos por ellos mismos. En menos de un cuarto de hora, José Barros tomó el relevo de Mendelssonn. Vestidos de blanco, con mochilas terciadas y sombreros vueltiaos, unos tocaban flautas, xilófonos, violines y percusión, otros cantaban, otros bailaban. Comenzaron con La piragua, luego interpretaron unas versiones caribeñas de Brisas del Pamplonita; Ay, cosita linda, de Pacho Galán, y, por último, el coro interpretó un himno al amor y luego representaron una pieza teatral sobre la vida cotidiana en Cartagena. Los músicos canadienses no paraban de aplaudir. Unos tomaban fotos, otros comenzaron a mezclarse con los niños. Pero la que estaba más feliz era la violinista Francoise Morin, que el lunes en la mañana había ido a la sede del colegio y les había dado a los niños una clase con su violín (una joya de más de 250 años de antigüedad), que ellos pudieron tocar.

El percusionista Robert Slapcoff tomó un bombo y los niños le enseñaron los patrones rítmicos de la cumbia y el mapalé. De la nada surgió una fiesta y fue entonces cuando a Éuler y Mark los unió su pasión por el clarinete.

Édgar Vargas, un violoncelista de Bucaramanga que se radicó hace 10 años en Cartagena, es el profesor de los niños del Mandela desde hace tres y medio y estaba feliz. "Antes de este evento nos sentíamos solos, manifestó. Este no es el típico festival de los que se hacen en Cartagena sólo para los ricos. Si se mantiene, es la ruta segura para desarrollar la música en la ciudad". Algunas mamás acompañaron a sus hijos y tampoco podían ocultar su emoción. "Ahí están tres hijos míos. Ellos han luchado bastante para llegar hasta allá". Mark, mientras tomaba un respiro, señaló: "Lo que más me impresionó fue ver el orgullo en sus rostros".

Esa improvisada sesión de música que unió a Mendelssonn con José Barros y a Montreal con el Mandela fue un pequeño ejemplo práctico de uno de los objetivos de Julia Salvi, la creadora y presidenta del Festival. Ella es una caleña que vive en Europa desde hace 30 años. Es la esposa de Víctor Salvi, un arpista y constructor de arpas que nació en Chicago y que en los años 50 se radicó en Italia, la tierra de sus abuelos. Salvi alcanzó a tocar con los legendarios directores de orquesta Arturo Toscanini y Bruno Walter. Luego se dedicó a construir arpas, así como a coleccionarlas. A través de la Fundación Víctor Salvi, Julia decidió montar un festival de música clásica en Cartagena que no se quedara únicamente en los conciertos. Para ella esa es la punta de lanza. Porque los músicos también ofrecen talleres, interactúan con los estudiantes de música de Cartagena. "Sin el componente social y educativo, este festival no existiría". Por ese motivo, la Fundación ha montado un esquema de trabajo que abarca todo el año y que cubre todo el proceso. "Es necesario enseñar a tocar los instrumentos, pero también a repararlos y a construirlos".

Otra figura muy importante ha sido el maestro Charles Wadsworth, director artístico del festival. Además de pianista, ha sido entre otras cosas el fundador de la Sociedad de Música de Cámara del Lincoln Center de Nueva York y director artístico de diversos festivales de música de cámara en Estados Unidos. Wadsworth, quien acaba de recibir el premio Colombia es Pasión en la categoría Personajes amigos de Colombia, visitó Cartagena hace un par de años, eligió los escenarios y, lo más importante, convocó los músicos y eligió un repertorio de obras muy variado, que va desde el período clásico hasta mediados del siglo XX.

El resultado de este esfuerzo se vio la semana pasada: músicos de primer nivel en la calidez del Teatro Heredia, la iglesia de Santo Toribio y la capilla del hotel Santa Clara; llenos a reventar, conciertos al aire libre en la plaza San Pedro Claver. A pesar de las dificultades de sonido, las paredes de piedra de la iglesia se convirtieron en una escenografía de lujo para que las gentes de la calle (turistas, habitantes de la ciudad) fueran testigos de primera mano del virtuosismo de músicos que han grabado discos con los grandes sellos discográficos y que han ganado toda clase de premios en el mundo entero.

Por la noche, Éuler López estaba en la entrada del Teatro Heredia, donde ayudaba a ubicar al público en sus sillas. A pesar del agite, su mirada y su amplia sonrisa todavía reflejaban su alegría. No era para menos. Gracias a él, Mark Simons, un clarinetista canadiense que se ha presentado en el Lincoln Center de Nueva York y el Gewandhaus de Leipzig, había aprendido a tocar La pollera colorá.

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