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| 11/2/1998 12:00:00 AM

REQUIEM POR EL MAESTRO

Con una ceremonia sin antecedentes en el país, el mundo musical despidió al director titular de la Sinfónica de Colombia en el Teatro Colón.

REQUIEM POR EL MAESTRO REQUIEM POR EL MAESTRO
La muerte de Dimitir Manolov, director titular de la orquesta Sinfónica de Colombia, tomó por sorpresa al medio musical. Era un hombre delgado, ágil, de movimientos desgarbados y mirada curiosa que gustaba hablar un lenguaje metafórico y hasta cierto punto complejo. Adoraba la teatralidad y el dramatismoen la música; era ahí donde más evidenciaba su grado con honores del Conservatorio Chaikowski de Moscú. Ese sentido de lo dramático que tanto lo apasionaba fue la tónica de su funeral. Luz Stella Rey, directora del Teatro Colón y una de las personas más próximas a él en el día a día de ensayos y conciertos, fue quien se encargó de organizar meticulosamente la ceremonia. Manolov murió al medio día del viernes 25, día tradicional de los conciertos de la Sinfónica en el Colón. La orquesta, dada la enfermedad de Manolov, se presentó bajo la dirección de Irwin Hoffman. Mientras transcurría la primera parte, y siguiendo la tradición de la Iglesia Ortodoxa rusa, se cubrieron y retiraron los espejos. El ataúd se instaló en el corredor del segundo piso, exactamente ad portas del palco presidencial. Cuando la orquesta tocó los primeros acordes de la Quinta Sinfonía de Chaikowski, discretamente se abrió la puerta del palco presidencial y un suave reflector iluminó el ataúd: una especie de ritual que alcanzó su grado más emotivo cuando la trompa de la orquesta tocó la patética frase del Andante cantabile de la sinfonía, una de las páginas más conmovedoras e inspiradas de la obra de Chaikowski. Con los acordes del 'falso final' de la sinfonía, el ataúd se trasladó al foyer, y con sincronía perfecta el teatro se inundó con las voces del Coro Santafé de Bogotá, que cantó el Ave María, mientras el público entraba a rendir homenaje al maestro. Al día siguiente el salón se llenó de flores. Hacia el medio día, con la presencia del ministro de Cultura, Alberto Casas Santamaría, hizo su entrada al lugar monseñor Juan Miguel Huertas Escallón, 'Mayordomo de fábrica de la catedral primada' de Bogotá, y amigo de Manolov. La ceremonia parecía venir del interior de una catedral oriental: monseñor Huertas, cubierto por una capa negra ricamente bordada en oro del siglo XVIII, el aroma penetrante del incienso, fragmentos del oficio de difuntos y la Sinfónica de Colombia que, dirigida por Eduardo Carrizosa, tocó el Aria de la Suite en re mayor de Juan Sebastián Bach. En seguida, entre fragmentos del antiguo y el nuevo testamento, dos corales y el tenor Manuel Contreras, se interpretaron fragmentos del Réquiem alemán de Brahms, Réquiem de Duruflé, Ave verum corpus de Mozart, primer movimiento de la Sinfonía 6ª de Beethoven y el Ave María de Schubert. Conmovedor, los músicos no ocultaban en sus atriles el derrumbamiento que les produjo la inesperada muerte de su director.Manolov, nacido en Bulgaria, llegó a Colombia en 1981 para ponerse al frente de la dirección de la Filarmónica de Bogotá, que bajo su batuta se colocó entonces a la cabeza de las orquestas colombianas. Años más tarde regresó a su país para dirigir la ópera nacional búlgara. Regresó a Cali para dirigir la Sinfónica del Valle y finalmente aceptó el podium titular de la Sinfónica de Colombia.Creía firmemente en las posibilidades de popularización de la música clásica y no tenía temor de embarcarse en toda suerte de experimentos extramusicales para lograr su objetivo: manejos dramáticos de luces, la participación de actores y mimos y en una oportunidad hasta recurrió al concurso de Jaime Garzón. No siempre contó con la aprobación de los observadores. Sin embargo, en lo que sí estaban todos de acuerdo era en su autoridad, talento y sentido musical, que colocaron de nuevo a la Sinfónica de Colombia a la cabeza de las orquestas nacionales. Quizá por eso nadie escatimó esfuerzos para despedirlo como a un grande. Como despidió Milán a Verdi y a Horowitz en el foyer de la Scala, o París a Nurejev en el Palais Gardnier. Bogotá despidió a Manolov en su casa: el Colón.

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